martes, 30 de julio de 2013

Historia de la Pobreza (siglos I al XI)


Del siglo I al siglo XI

Para leer la historia de la pobreza


Por Bernardo López Ríos *

* Católico, Apostólico y Romano, fiel a las enseñanzas de Su Santidad el Papa Francisco, de Su Santidad Benedicto XVI, Papa Emérito, del Concilio Vaticano II y del Magisterio de la Iglesia Católica

El hombre es un pobre que precisa pedir todo de Dios

Saint Jean-Marie Vianney, Cura de Ars


La felicidad del hombre no requiere abundancia de bienes; una medianía le basta

Imitación de Cristo, Beato Tomás de Kempis

Preámbulo

Los pobres, en cuanto tales, habían sido los grandes olvidados de la historia. Sin embargo, desde su origen, la Iglesia ha acogido a los pobres y a la pobreza como cuestiones permanentes que la interpelan sin cesar. Continuamente resuena aquella frase penetrante: Bienaventurados los pobres

Pero ya hace algunos decenios que los historiadores han mostrado su predilección por el mundo de los olvidados. Los ausentes de la historia se han visto invitados a entrar en ella: emigrantes, desarraigados, esclavos, cautivos, víctimas del hambre y de la miseria...

El servicio a los pobres y la búsqueda de la pobreza, indisociablemente unidos entre sí, forman la trama y la cadena de una inmensa tarea llevada a cabo por Paul Christophe, profesor en el Instituto Católico de Lille y en el Seminario de San Sulpicio, en su obra Pare leer la historia de la pobreza, de la cual presentamos la siguiente reseña:

La primera dificultad de los historiadores ha sido la de definir qué es un pobre, ya que el contenido de esta palabra ha ido variando considerablemente a lo largo de las épocas. Michel Mollat ha dado para la Edad Media una definición que puede ser considerada con validez para todas las épocas:

El pobre es el que, de forma permanente o temporal, se encuentra en una situación de debilidad, de dependencia, de humillación, caracterizada por la privación de medios, variables según las épocas y las sociedades, de poder y de consideración social: dinero, relaciones, influencia, poder, ciencia, calificación técnica, nacimiento honorable, vigor físico, capacidad intelectual, libertad y dignidad personal. 

Viviendo al filo de cada día, no tiene ninguna oportunidad de elevarse sin la ayuda de otro. 

Esta definición puede incluir a todos los frustrados, a todos los marginados, a todos los abandonados, a todos los preteridos por la sociedad; no es específica de ninguna época, de ninguna región, de ningún ambiente. 

Tampoco excluye a los que, por ideal ascético o místico, quisieron desprenderse del mundo o que, por abnegación, escogieron ser pobres entre los pobres.

Introducción

El servicio a los pobres y la búsqueda de la pobreza, sea cual fuere la manera de responder a esta doble preocupación, no ha cesado de hurgar en la conciencia de la Iglesia en su anuncio del Evangelio.

Ante la realidad del mundo de los pobres, la Iglesia ha tenido que interrogarse continuamente. Edifica con bastante rapidez una doctrina que define al rico, no ya como propietario, sino como administrador de sus bienes. 

Los nombres de San Basilio, San Gregorio de Nisa y San Gregorio de Nacianzo, San Juan Crisóstomo para el Oriente; los de San Ambrosio y San Agustín, San León y San Gregorio Magno para el Occidente, son sus más eminentes representantes. 

Los teólogos y canonistas del siglo XIII perfeccionaron esta enseñanza en una época en que muchos pobres se veían reducidos a una necesidad extrema. Ellos afirmaron que los pobres tienen también derechos.

Basada en la enseñanza de los Padres griegos y latinos, se desarrolló una tradición del servicio de los pobres: asistencia a los hambrientos, defensa de los oprimidos, liberación de los cautivos, creación de las “matrículas” y del “domus Dei”. 

El Obispo era el “defensor de los pobres” y la hospitalidad monástica conoce un desarrollo espectacular. Los bienes eclesiásticos constituyen el “patrimonio de los pobres”. La jerarquía eclesiástica administra los dones de los fieles. Los pobres se ven asistidos y encuentran su lugar en una pirámide de “órdenes” que pasa por ser la estructura ideal de la ciudad terrena.

Paralelamente se desarrolla una búsqueda de la pobreza voluntaria. Es practicada individualmente como ascesis o forma parte de las reglas monásticas que exigen el desprendimiento personal y la distribución de los servicios comunitarios. La pobreza radical vivida en el monasterio tiene que hacer al cenobita totalmente disponible para Dios y para la oración...

A partir del siglo XI, la pobreza voluntaria, vivida individualmente en medio de la riqueza colectiva de las abadías, les parece insuficiente a todos los que han sido seducidos por el ejemplo de Cristo y de los Apóstoles y desean imitarlos en el desprendimiento, uniéndose al mismo tiempo a los verdaderamente pobres.

1. La comunión fraternal

Siglos I y II



El cuadro de la comunidad primitiva de Jerusalén que nos trazan los Hechos de los Apóstoles (2, 44; 4, 32-37) corresponde sin duda a una cierta realidad. Pero el autor de los Hechos compone también probablemente un cuadro idealizado adrede, para presentarlo como ejemplar o para trazar en él una anticipación significativa de las condiciones de vida en el Reino: todos los creyentes vendían sus bienes y propiedades para repartir su precio entre todos según las necesidades de cada uno... 

Esta forma de vida comunitaria no era practicable más que dentro de un grupo restringido. El aumento del número de discípulos (Hch 6,1) revelaría la dificultad de un reparto equitativo de los socorros distribuidos entre los indigentes.

Al respecto, el Padre Manuel Loza Macías, S.J., nos ofrece las siguientes precisiones:

Son dos los textos de los Hechos de los Apóstoles que suelen citar quienes suponen que los primeros cristianos practicaban el comunismo. Uno es: Todos los que habían abrazado la fe vivían unidos, y tenían todas las cosas en común; y vendían las posesiones y los bienes, y los repartían entre todos, según que cada cual tenía necesidad (2, 44). 


Otro es: Ninguno decía ser propia suya cosa alguna de las que poseía, sino que para ellos todo era común... Pues no había entre ellos menesteroso alguno, porque los dueños de campos o casas los vendían, traían el producto de lo vendido y lo ponían a los pies de los Apóstoles, que lo repartían entre los necesitados (4,32 y 34).

Y con la pretensión de corroborar esta hipótesis comunista se cita el caso de Ananías y Safira, que fueron castigados con la muerte por no entregar todo el precio de la venta de una posesión. Sin embargo, hay que advertir varias cosas, para poder tener un conocimiento correcto de lo que tales textos narran:

Primera: para ser cristiano no era obligatorio vender sus bienes y dar su precio a la comunidad. El castigo de Ananías y de su mujer fue por haber mentido a Dios (5,4; 5,9). Pues el mismo San Pedro dijo a Ananías: Acaso sin venderla (la propiedad) no la tenías para ti, y una vez vendida, no quedaba el precio en tu poder ?

Segunda: no era una práctica generalizada, pues precisamente por lo singular de su acción se menciona el caso de Bernabé. Si hubiera sido la práctica común y corriente no habría merecido tanto énfasis: José, llamado Bernabé por los Apóstoles, levita, chipriota de linaje, como poseyese un campo, habiéndolo vendido, trajo el dinero y lo puso a los pies de los Apóstoles (4,36). 

Además, se precisa en otro pasaje que una buena cristiana era dueña de una casa: Reflexionando – Pedro, después de su liberación milagrosa de la cárcel – se fue a la casa de María, la madre de Juan, por sobrenombre Marcos, donde estaban muchos reunidos en oración (12,12).

Tercera: no afirman los textos citados que no hubiera ricos y pobres, sino que para que no hubiera menesterosos, los ricos vendían lo que fuera preciso para evitar esa indigencia, y el precio se repartía entre los necesitados.

Cuarta: los que se desprendían de sus bienes para este fin, lo hacían por la motivación del amor: un corazón y un alma sola (4,32) y no por la lucha de clases.

Quinta: El uso de los bienes propios con ostentación o injusticia, sí es reprobado claramente por el Apóstol: sois vosotros los que hacéis injusticias y cometéis fraudes, y esto con hermanos. ¿No sabéis que los injustos no poseerán el Reino de Dios? (I Cor 6, 8-9). 

Y en el caso de las convivencias previas a la Eucaristía reprende: mientras uno pasa hambre, otro está ebrio. Pero, ¿es que no tenéis casas para comer y beber?¿O en tan poco tenéis la Iglesia de Dios, y así avergonzáis a los que no tienen? (I Cor 11, 21-22)

En conclusión: los primeros cristianos no practicaban el comunismo, si por esa palabra se quiere entender el comunismo moderno en sus diversas especificaciones, entre ellas el marxismo. Tenían un fuerte sentido del amor, predicado y vivido por Cristo, y por esa motivación, no permitían que sus hermanos permanecieran en la indigencia. 

Para aliviarla, los que tenían ayudaban a los que no tenían, incluso con la venta de lo propio. Pero también entonces había quienes, por desgracia, no procedían según los dictados de la fe recibida y eran indiferentes a la pobreza de otros.

Sea de ello lo que fuere – señala Paul Christophe el testimonio ejemplar de los Hechos sobre la puesta en común de los bienes de Jerusalén – comprendido como un gesto libre – parece que siguió siendo el ideal de los cristianos en los dos primeros siglos. 

Para ellos se trata, no tanto de compartirlo todo, sino más bien de una actitud fraternal, tal como la que ha de reinar entre los aue han realizado un nuevo nacimiento en el bautismo. Se han hecho hermanos al ser hijos del mismo Padre.

Se abandonan los bienes no por deseos de ser pobre, sino para que no haya pobres entre los fieles (Dom Jacques Dupont).

Se trata ante todo de librarse del poder de las riquezas. El reproche va dirigido expresamente al que está poseído por sus bienes en vez de ser él su señor, a aquel que prefiere su fortuna a la salvación propuesta por Cristo. 


La pobreza absoluta se hace necesaria cuando la posesión de bienes constituye un obstáculo para la salvación.

La llamada del rico contiene una severa advertencia para los que se entregan a la codicia, a la ambición, al afán desenfrenado de riquezas. Se sitúa al mismo tiempo en la perspectiva de un mundo que está cercano a su fin.

La posesión de bienes no es un pecado.  Cristo no les exige a todos el abandono de sus bienes y la pobreza material. Tuvo amigos ricos. 

En el Evangelio hay ricos buenos y malos. Por otra parte, como dice expresamente Jesús, los hombres serán juzgados según sus buenas obras: limosna, hospitalidad, buen uso de las riquezas.

Los apologistas, como San Justino, ven en la comunidad de bienes una de las manifestaciones de la conversión a la fe cristiana, un cambio de corazón. El que da los bienes recibidos de Dios se convierte en un imitador de Dios.

Para el Antiguo Testamento, el hombre era un huésped y un extranjero en la propiedad de Yahvé (Lv 25, 23). Para el Nuevo, el cristiano, rico o en situación acomodada, es un administrador de Cristo.

El Evangelio no precisa los detalles de una distribución o de una forma de compartir.

Los Padres de la Iglesia se guardan también de precisar normas que pudieran frenar el dinamismo evangélico y entibiar el espíritu fraternal.

San Ignacio de Antioquia y San Policarpo de Esmirna recomiendan a sus corresponsales que atiendan a las viudas, que ayuden a los pobres, que den limosna. 

El Pastor de Hermas evoca los deberes de los ricos; recuerda que son responsables de la muerte de los desesperados y que no pueden entrar en el Reino sin abandonar una parte de sus bienes en provecho de los pobres. 

Hermas compara la ayuda mutua que se prestan “la vid y el olmo” con la que ha de existir entre el rico y el pobre. Invita a los pobres a rezar al Señor para que haga prosperar los bienes de los ricos y exhorta a los ricos a que atiendan a las necesidades de los pobres.

Los textos subrayan algunas urgencias, especialmente la actitud cristiana con los huérfanos y los niños expuestos, destinados a la muerte, a la esclavitud o a la prostitución. El Obispo es responsable de ello y tiene que encontrar a una familia a la que confiar el niño.

La pobreza que es alabada desborda, por el contrario, ampliamente la condición material de los necesitados. Es de orden espiritual. Cristo invita a sus oyentes a buscar un alma de pobre, aunque sean ricos. Jesús no pretende revolucionar el orden social. Los pobres de los que habla son a menudo los humildes. 

Los pobres de espíritu que aparecen en las Bienaventuranzas del Evangelio según San Mateo son los que tienen hambre de justicia, o sea de rectitud delante de Dios; San Mateo añade a la serie “los puros de corazón”, que espiritualizan la idea de pureza exterior y cultual, así como la bienaventuranza de los “mansos”, designación que tiene tan sólo un alcance moral, lo mismo que las otras dos, igualmente adicionales, de los misericordiosos y de los que trabajan por la paz (los “pacíficos”).

Ya el “Magnificat” (Lc 1, 51-53), la oración de la Virgen María, opone los pobres, humildes y hambrientos, a los ricos, impíos y orgullosos. No invita a poner a los pobres en el lugar de los ricos, sino a una inversión en la escala de valores, que permita construir una sociedad fraternal según los deseos de Dios.


2. ¿Puede poseer un cristiano?

Siglos III y IV

Las palabras tan radicales de Jesús podían conducir a los ricos a la desesperación e impedir su conversión. La llamada del joven rico (Mt 19, 16-30; Mc 10, 17-31; Lc 18, 18-30) contenía algunas fórmulas abruptas: 

“Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, y Dios será tu riqueza; y anda, sígueme a mí”. Y sobre todo: “Más fácil es que pase un camello por el ojo de una aguja que no que entre un rico en el Reino de Dios”.

¿Habrá que tomar al pie de la letra estas afirmaciones y deducir de ellas que los ricos no pueden salvarse? La cuestión se planteó naturalmente el la iglesia de Alejandría a finales del siglo II. Encrucijada de civilizaciones, la ciudad servía de crisol a todas las creencias. 

Favorecía el sincretismo, así como el liberalismo religioso y todos los proselitismos. EL Cristianismo encontraba un terreno propicio en este centro intelectual brillante, dotado de una célebre biblioteca. Nacido en ambiente judío, se encontró allí con el pensamiento y la cultura griegas. Asumirá lo mejor del humanismo y de la filosofía antigua.

Pero la comunidad cristiana presenta allí algunos contrastes singulares. Es grande la distancia entre la plebe del puerto y los ricos dirigentes. Por otra parte, los monjes del desierto de Nitria, a un centenar de kilómetros, son un recuerdo vivo de las consignas del Evangelio.

Pagano convertido al haberse acercado a la fe por medio de la filosofía, Clemente (de Alejandría) viajó mucho para escuchar a los maestros más prestigiosos. Las lecciones de Panteno lo retuvieron finalmente en Alejandría. 

Clemente le sucedió al frente del centro teológico más antiguo, que atraía no sólo a los catecúmenos, sino también a las personas acomodadas, filósofos o paganos: la escuela de Alejandría. A través de sus obras, Clemente propone un camino hacia el conocimiento de Dios. Desea atraer a los hombres a la conversión y a la vida según el Evangelio.

¿Habrá que estimular las prácticas ascéticas y la renuncia al mundo? 

Ni mucho menos. Clemente prefiere que los cristianos transformen el espíritu de la ciudad con el ejemplo de una vida dirigida por el amor a Dios y al prójimo y por el testimonio de un corazón liberado de la esclavitud de los bienes. Su moral no supone ninguna mutilación.

Para su auditorio de gente notable, Clemente plantea expresamente la cuestión:¿qué rico puede salvarse? Tal es incluso el título del opúsculo en que comenta la llamada al joven rico (Mc 10, 17-31). 

Clemente constata que los filósofos antiguos practicaron ya la pobreza total. Jesús propone por consiguiente algo distinto de un desprendimiento exterior. Los discípulos lo comprendieron de ese modo, dado que no se explica su desconcierto (frente a la llamada de Jesús al joven rico) si tenemos en cuenta que ellos habían renunciado ya a sus bienes.

El precepto nuevo viene de Dios. Es anunciado por el Hijo de Dios que no ordena una acción visible como los filósofos antiguos, sino algo más divino y más perfecto. Se trata de despojar el alma de todas las pasiones, de desarraigar del corazón todo lo que es extraño al mismo. 

Por otro lado, ciertas recomendaciones del Señor suponen la posesión de bienes. ¿Cómo dar de comer al pobre y vestir al que está desnudo, si uno está despojado de todo? Además, las riquezas son buenas. Vienen del Creador. Se adquieren por el trabajo o por herencia.

Destruyamos, no ya nuestros bienes – escribe Clemente de Alejandría -, sino las pasiones que pervierten su uso... Esos bienes de los que se nos dice que hemos de deshacernos, comprendamos bien que son las pasiones del alma... No ganáis nada empobreciéndoos de vuestro dinero, si seguís siendo ricos en pasiones.

Así pues, Clemente de Alejandría tranquiliza a los ricos sobre sus posibilidades de salvación. Lo importante es liberarse del amor desordenado al dinero y utilizar las riquezas en provecho de los necesitados.

San Cirilo de Jerusalén, considerado en vida como un excelente defensor de la fe católica, llama herejes a los que ven una obra del demonio en las posesiones, las riquezas y los cuerpos. Sus “Catequesis” se niegan a imponer a todos los cristianos las renuncias particulares de los monjes. Las riquezas vienen de Dios.

San Epifanio de Salamina compuso una suma de las herejías antiguas, el “Panarion” (“botiquín de medicinas”). Nos habla allí de la secta de los “apostólicos”. Confinados en ciertas regiones de Frigia, de Cilicia y de Panfilia, se llaman también apotácticos o apotactitas, ya que han renunciado al matrimonio y a la propiedad. 

Epifanio no les reprocha la práctica de la pobreza y la abstención del matrimonio, sino el que quieran imponer su estado de vida a todos los cristianos. El Obispo de Salamina no acepta sus pretensiones de identificarse con toda la Iglesia y de entrar ellos solos en el Reino de los cielos.

Los ricos que han recibido el bautismo, aunque no renuncien a todos sus bienes, no se verán privados del Reino de Dios, con tal de que no pongan su confianza en sus riquezas, se porten convenientemente y sepan dar con agrado a los necesitados.

El cristiano puede guardar legítimamente sus bienes, adquiridos por el trabajo o heredados. Se trata de una tradición reconocida ya en el siglo V. Clemente de Alejandría, que se planteó claramente la cuestión, responde con la afirmativa. 

Los Obispos y los Concilios reprueban a los que pretenden exigir a todos los cristianos el abandono de sus propiedades. Las riquezas son buenas; vienen de Dios. Los Padres de la Iglesia se muestran unánimes en este punto.

3. La elaboración de una doctrina

Siglos IV y V

Los “Padres de la Iglesia” son los escritores de los primeros siglos, frecuentemente Obispos, cuyas opiniones se impusieron y cuya autoridad se afirmó de forma paralela a la autoridad indudable y más antigua de la Escritura. 

Después de la paz constantiniana y el final de las persecuciones, el Cristianismo se extiende por todas las dimensiones del imperio romano. Fuertes personalidades, pertenecientes a familias ya cristianas, oyen la llamada del Señor y buscan a Dios en la soledad.

Se trata de escritores comprometidos en todas las controversias de su época.

Los Padres del siglo IV tienen que enfrentarse particularmente con el problema de la miseria de los humildes y de los pobres. 

Todo un pueblo de artesanos y de campesinos vive en condiciones de penuria, en las ciudades y en el campo. Alojadas de forma muchas veces sórdida y aplastadas por los impuestos, esas pobres gentes son explotadas vergonzosamente por los usureros. 

Al contrario, los ricos propietarios de tierras, sustraídos por su poder de la acción de los magistrados, despojan a los pobres y acumulan un lujo extraordinario, que constituye un verdadero insulto a la condición de los indigentes.

En este contexto económico, caracterizado por la ausencia casi total de clases medias, los Obispos protestan contra la injusticia, invocan la dignidad del hombre y ponen los fundamentos de un nuevo orden social.

Los ricos son administradores

Seducido primero por la vida monástica, Basilio es nombrado Obispo de Cesarea, en Capadocia. Lucha contra la herejía arriana y sostiene la causa de los pobres. El vigor de sus ideas pudo hacer pensar que ponía en entredicho el derecho de propiedad. No es así. 

San Basilio admite perfectamente la honrada posesión de bienes adquiridos por el trabajo o por la herencia. Pero la propiedad no está destinada únicamente al provecho de su posesor. Es un pecado del rico conservar la posesión de sus riquezas tan sólo para sí, reservándoselas para su uso exclusivo.

El rico no es más que el administrador de los bienes que posee. Tiene que acordarse de la finalidad para la que Dios se los ha confiado. Si las riquezas han caído en sus manos, es porque posee una habilidad y un saber capaces de hacerlas fructificar en provecho de todos.

El lujo es una usurpación

San Basilio denuncia el lujo desmesurado del que están rodeados los ricos de Capadocia. Les reprocha haber imaginado mil ocasiones para gastar y emplear su dinero...

Así es como los ricos tienen inmensas cuadras llenas de caballos. Su tren de vida exige una infinidad de criados. En cuanto a sus casas, nada es demasiado hermoso para ellas. Si todavía queda alguna fortuna, se la esconde en tierra. 

El lujo desmesurado de los ricos le parece a San Basilio una ofensa a la desnudez de los pobres, cuyas casas se derrumban y cuyos hijos se mueren de hambre.

San Gregorio Nacianceno, amigo de San Basilio, hace eco de las enseñanzas del Obispo de Cesarea... Denuncia las ambiciones de los ricos que amplían sus propiedades a costa de las de los pobres. 

Les reprocha a los comerciantes de trigo que se enriquecen como criminales, aprovechándose de los tiempos de escasez.

San Gregorio de Nisa, hermano de San Basilio y fundador de la teología mística, desarrolla un tema esbozado por San Gregorio de Nacianzo: la igualdad primitiva de los hombres. Los bienes de la tierra, en su origen, eran comunes. 

No existían esas palabras funestas de mío y tuyo. Como consecuencia de la falta original, hubo una distribución, pero ésta tenía que ser justa... Por tanto, el rico tiene que compartir sus rentas. Puede usar de sus bienes, pero no abusar de ellos.

Las grandes fortunas son sospechosas

Durante once años, Juan, apodado Crisóstomo (“boca de oro”) por su elocuencia, reúne en Antioquia a una muchedumbre ávida de escuchar sus predicaciones y sus catequesis bautismales. 

Nombrado Obispo de Constantinopla en el año 397, se convierte en el defensor de los pobres y empieza a tronar contra los acaparadores.

Llega a suscitar la cuestión del origen de las riquezas. Admite la honestidad de los bienes adquiridos por el trabajo y por la cría de ganado. Jacob recibió la recompensa de sus esfuerzos. Incluso Abrahán fue enriquecido directamente por Dios... 

San Juan Crisóstomo reprueba las fortunas considerables que no han podido realizarse sin injusticia, ya que rozan con miserias innumerables, impidiendo al pobre poseer el más pequeño lote de tierra. Condena la propiedad que se basa en el robo y no en la bendición de Dios.

Por otra parte, cada día se renueva el despojo de los pobres. San Ambrosio, antiguo gobernador de Milán, estaba bien situado para saberlo. Nombrado Obispo cuando no era más que simple catecúmeno, se pone a estudiar para enseñar a los demás. 

Independiente frente al poder, toma la defensa de los pequeños contra las imposiciones de los poderosos.

Su opúsculo sobre “Nabot el pobre” comenta el pasaje del libro de los Reyes (1,21), que narra la historia de Nabot, asesinado por el rey Acabque deseaba su viña. El comienzo de la obra da el tono: “La historia de Nabot es antigua en el tiempo, pero es también una historia de cada día”. 

El Obispo de Milán acude a la escuela de San Basilio de Cesarea; se inspira en él para describir los apuros del padre de familia que no sabe qué hijo vender primero para pagar sus deudas... 

A los ricos de este mundo el Obispo de Milán les recuerda que deberían... repartir sus recursos entre los pobres, puesto que no son más que administradores de los mismos.

La medida del don

A través de los escritos de San Basilio, de San Juan Crisóstomo, de San Ambrosio y de San Agustín, se descubre una enseñanza: lo que se condena es el lujo inaudito que contrasta violentamente con la miseria del pobre.

Lo que es constante en los Padres de la Iglesia es que los recursos tienen que servir para uso de todos...

La verdadera cuestión es la de examinar si los cristianos pueden conservar todos sus bienes cuando a su lado hay pobres que mueren de hambre. La medida del desprendimiento del rico se establece según la escala del infortunio del pobre. 

No se trata de preguntarse qué se puede guardar, sino de saber qué es lo que hay que dar. San Juan Crisóstomo y San Ambrosio de Milán no hablan solamente para los ricos. 

Sus ideas afectan también a los pobres, puesto que también ellos pueden encontrar una miseria mayor que la suya y tienen también obligación de aliviarla.

La tradición más constante de los Padres es que el pobre tiene que recibir lo necesario. La noción patrística de administración es muy rica. La distribución de lo superfluo en limosnas no es más que el aspecto pasivo. 

Los Padres admiten perfectamente el aspecto positivo: el de una buena administración que aumente el capital, para permitir luego una distribución más abundante. 

Decir que la limosna es a la medida de lo superfluo, no es traducir exactamente el pensamiento de los Padres. El dinero puede ser guardado por personas especialmente aptas para administrarlo en interés de todos. 

Pero, por otra parte, es posible que uno esté obligado a dar incluso de lo necesario, cuando está en presencia de una desnudez absoluta.

En todo caso, San Agustín piensa que sería posible una acción en el terreno legal contra un propietario absolutamente refractario a sus deberes de administrador.

Una enseñanza tradicional

En un Occidente profundamente trastornado por el choque de las grandes migraciones de pueblos enteros, hubo dos Papas que recogieron esta herencia doctrinal de los Padres de la Iglesia y la apoyaron con su autoridad.

San León Magno (440-461), que tiene una idea muy alta de su misión y sitúa al Papado en el centro de la Iglesia, no cesa de recordar a los cristianos sus deberes con los pobres, a través del conjunto de sus homilías.

San Gregorio Magno (590-604), cuya influencia habría de marcar a la teología moral de los siglos VII al XII, compone un breve tratado que, copiado una y mil veces, pasa a ser un libro clásico: “Regla pastoral”. 

En él, no solamente se traza el ideal de vida del pastor, sino que se indican igualmente los puntos esenciales de la enseñanza que los predicadores tienen que transmitir. 

San Gregorio pone al frente de su razonamiento sobre las riquezas el destino de los bienes. De ahí concluye que sus posesores tienen que procurar lo necesario a los que carecen de ellos. Se trata de un deber de justicia. 

Su omisión equivale a un homicidio. Esto indica la importancia de una obra semejante, que debe considerarse como la primera encíclica social.

4. La pobreza voluntaria

Siglos IV-XI

Con la conversión de los dirigentes del imperio, la desaparición del martirio como coronamiento normal de la vida cristiana atenúa la tensión escatológica del Cristianismo. La tibieza y la mediocridad corren el riesgo de instalarse, debido al aumento del número cristianos y de conversiones a veces interesadas. 

La huida “fuera del mundo” toma el relevo de la mística del martirio y se presenta como otro camino de acceso a la perfección.

La subida al desierto

Con San Antonio, el padre y modelo de los monjes, que murió hacia el año 350, más que centenario según la leyenda, la ruptura con el mundo se caracteriza ante todo por la renuncia radical a los bienes. 

Aldeano egipcio, cristiano de nacimiento, Antonio decide seguir al pie de la letra las palabras de Jesús al joven rico: “Si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes...”.

Rompe, pues, con el mundo y se adentra en el desierto. Reparte allí su tiempo entre el trabajo y la oración. 

Arrastra a numerosos imitadores que acuden a su lado en el Medio Egipto, o en sur de la Tebaida, o también al noroeste, en el desierto de Nitria y el desierto de Scete. Su irradiación es aún mayor con San Atanasio de Alejandría. 

Este último lo da a conocer en Occidente, durante sus destierros en Tréveris y en Roma. Con su “Vida de San Antonio”, redactada hacia el 360, contribuye mucho al impulso de la vida monástica.

La reunión de numerosos discípulos presentaba ciertos inconvenientes, bien sea por las dificultades de avituallamiento, bien debido a una emulación en los rigores ascéticos que podían resultar excesivos.

Consciente de estos peligros, San Pacomio (+ 346) funda en Tebaida, en Tabennisi, una comunidad monástica agrupada en el interior de un claustro. Los anacoretas (= subidos al desierto) o solitarios (monos: solo) o ermitaños (eremos = desierto) se convierten entonces en cenobitas (koinos bios = vida común). San Pacomio extiende esta institución cenobítica a todo Egipto. 

En ella, la desposesión de los bienes se inspira más bien en el ejemplo de los primeros cristianos de Jerusalén (Hch 4, 32-24). Se vive la pobreza en la perspectiva de la puesta en común de los bienes. El alimento, el vestido, los instrumentos de trabajo se les proporcionan a cada uno, bajo el control del superior. Pero nadie puede poseer nada como bien propio.

La regla de trabajo introducida en los monasterios de San Pacomio tiene por objeto la subsistencia de la comunidad y la asistencia a los pobres. Tiene que permitir la oración y evitar las tentaciones.

San Agustín y la vida fraternal

A diferencia de San Basilio, San Agustín insiste menos en el desprendimiento de los bienes y en la ascesis que en la comunión fraternal... Lo esencial de la vida monástica tiene que comprenderse bajo el ángulo de la “vida en común”. Los hermanos y las hermanas deben compartirlo todo en su vida...

A diferencia de San Pacomio, que había adoptado un principio de estricta igualdad en este compartirlo todo, San Agustín, atento a las personas, prefiere que el alimento y el vestido se le distribuyan a cada uno según sus necesidades. 

Tampoco quiere que los pobres reciban en la vida monástica más que lo que tenían en el mundo.

Esta vida de fraternidad compartida la extendería San Agustín de buen grado a todo el clero... Sin embargo, deja a su clero que opte libremente: o seguir viviendo independientemente o llevar con él una vida en común.

Por su ductilidad, los escritos de San Agustín permitirán muchas adaptaciones. Estarán en el origen de la inspiración de los canónigos agustinos y de los regulares, de los premostratenses y de los dominicos...

Casiano y el modelo monástico

En un mundo sometido a las invasiones bárbaras, Juan Casiano nos ofrece una visión escatológica de la vida: se trata ante todo de estar presente a Dios y de practicar un desprendimiento integral.

Casiano se forma en la escuela de los cenobitas y de los anacoretas que vivían en el delta del Nilo y en el interior de Egipto, en Scete y en los centros monásticos de las Celdas y de Nitria. Ordenado diácono en Constantinopla y sacerdote en Roma, se dirige a Marsella donde funda monasterios de San Víctor para hombres y de San Salvador para mujeres.

A petición de los Obispos y de los monjes de Lérins, Casiano pone por escrito las costumbres y las enseñanzas recibidas de los monjes de Egipto. 

Sus “Instituciones cenobíticas” (hacia el 420-424) y sus “Conferencias” (Collationes:  hacia el 425-426) transmiten a Occidente, suavizando algunos puntos, las costumbres litúrgicas y la espiritualidad del monaquismo oriental... la perfección evangélica no es posible más que en la vida monástica, que exige la huida del mundo y una renuncia total. 

El abandono de todos los bienes es el punto de partida obligado de la vida monástica y por tanto de la perfección... Muchos monjes de Lérins o de otros lugares se convierten en Obispos y presentan el ideal monástico como el único modelo de perfección cristiana; también aquí el abandono de los bienes y la continencia caminan a la par. 

Algunos laicos practican entonces la vida ascética y deciden vivir en continencia. Constituyen una nueva categoría de cristianos, en camino hacia la perfección monástica: los “conversos”.

San Cesáreo y la versión pastoral del monaquismo

Cesáreo, atraído por la fama de Lérins, se convierte allí en un monje distinguido por su austeridad. Nombrado Obispo de Arles (502-542), traslada a su residencia episcopal su género de vida monástico... el laico tiene que redimir por la práctica de la limosna el disfrute de los bienes de este mundo, que no tiene el coraje de sacrificar por completo. 

Al no atreverse a renunciar a todos sus bienes, el cristiano distribuye parte de ellos para hacerse perdonar la posesión de los demás. Al final de este razonamiento, San Cesáreo llega a afirmar que los pobres son necesarios para la salvación de los ricos.   

La Regla del maestro

Redactada probablemente a comienzos del siglo VI, en el sur de Roma, por un abad “perfectamente informado de las cosas monásticas y preocupado de la eficacia”, la “Regla del maestro”, inspirada por otra parte en las obras de Casiano y de Cesáreo, “supone una larga experiencia de las instituciones y de los hombres” (A. De Vogüé, Introduction de la Régle du Maitre (Sources chrétiennes 105). Cerf, Paris 1964, 122

El maestro exige de los candidatos que se presentan a la puerta del monasterio una renuncia inmediata y total de sus bienes... Este desprendimiento le permite al monje una obediencia absoluta... 

Pero el monasterio conserva la propiedad y los productos de sus terrenos... Los frutos de los terrenos servían para la vida cotidiana de los monjes, para las necesidades de los forasteros de paso y para los pobres que pedían limosna... 

Las tierras se arriendan a los laicos... Para evitar disiparse con las “preocupaciones por el mañana”, por los “negocios seculares”, los monjes no se entregarán al trabajo de los campos. No podrán realizar más que trabajos de artesanía y de jardinería dentro del monasterio.

El discernimiento de San Benito
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Sea cual fuere la importancia de las reglas monásticas que la preceden, la que iba a imponerse en el monaquismo occidental se identifica con un nombre, el de San y Benito. Disgustado de la vida disoluta de Roma, adonde había ido a formarse, Benito abandona la capital para experimentar la vida solitaria cerca de Subiaco... 

Su regla, redactada probablemente entre 530 y 560, depende de la “Regla del maestro” y, a través de ella, del propio Casiano. Se inspira también en las reglas de San Pacomio, de San Basilio y de San Agustín. 

Se esfuerza por conciliar las ideas complementarias de la vida cenobítica. Del Maestro y de Casiano saca el eje vertical de la vida del monje: la importancia del abad y las virtudes de la obediencia y de la humildad. De la regla de San Agustín saca el eje horizontal de la existencia monástica: las relaciones fraternales y la comunidad de bienes.

La regla de San Benito intenta ser una “regla muy sencilla para principiantes” y deja al juicio del abad las adaptaciones necesarias. Le corresponde a éste discernir lo que cada uno de los monjes puede tener. 

Por eso la renuncia total a los bienes no se hace en el momento de entrar en el monasterio, sino después del tiempo de probación necesario, a fin de dejar a salvo la libertad del candidato.

En el momento de la integración total en la comunidad, la desapropiación debe ser total. Nadie podrá retener nada como propio, sino que cada uno recibirá según sus necesidades. El abad puede añadir un suplemento de comida, si el trabajo es más intenso, y decide de la calidad del vestido y del calzado, según el clima y las condiciones locales.

A diferencia de la “Regla del maestro”, San Benito prescribe a los monjes el trabajo manual, seguramente para evitar la ociosidad, “enemiga del alma”, pero sobre todo para imitar la tradición de los antiguos y de los apóstoles (48, 8). 

También en este caso le corresponde al abad distribuir el trabajo con prudencia, “a causa de los débiles” (48, 9). 

“A los hermanos enfermos y delicados les asignará una obra o un oficio apropiado, de manera que no estén ociosos y que la violencia del trabajo no los aplaste o les haga huir. El abad debe tener en cuenta su debilidad” (48, 24-25).

Por las tradiciones que recoge y sintetiza, por su sentido del equilibrio y de la adaptación, la regla de San Benito estaba dispuesta para alcanzar una gran difusión. 

Fue la que conservó Carlomagno en su deseo de unificar al mundo monástico. Los carolingios presentarán como tipo ideal al monje entregado a la oración litúrgica, a la observancia de las reglas, al estudio de las letras y de la teología, y sometido a una clausura rigurosa.

5. El servicio a los pobres: misión de la Iglesia

Siglos IV-XI

Durante la Alta Edad Media, Oriente conoce sobre todo una pobreza urbana persistente. En efecto, se queda al margen de las invasiones germánicas; los desamparados acuden a las grandes ciudades: Constantinopla, Éfeso, Cesarea, Antioquia, Jerusalén, Alejandría. Las malas cosechas y las faltas de rentas obligan a los deudores a huir de los usureros que les ahogan y a refugiarse en las ciudades. 

Allí se aprovechan de la distribución de víveres y pueden ejercer algunos humildes oficios. En las grandes ciudades malvive una turba de marginados, que sufren a menudo de desnutrición y son presa de las epidemias.

Al contrario, las invasiones germánicas arruinan y despueblan a las ciudades de Occidente. La miseria se diluye a través de los campos, que se convierten – sin olvidar a Roma, que sigue aún manteniéndose – en lugar de confrontación de ricos y de pobres.

En los tiempos merovingios, el pobre lucha por sobrevivir. La peste y las guerras hacen aumentar el número de refugiados y de prisioneros,, de enfermos y de inválidos. Los recién nacidos abandonados, las mujeres desamparadas, las viudas incrementan el número de pobres y de mendigos. 

El campesino es ciertamente libre, pero se ve endeudado y aplastado, sufriendo el patrocinio de un poderoso.

Los monjes y los clérigos, los que rezan, ocupan la cima del orden social. Entre los laicos, los trabajadores y los campesinos, los pobres y analfabetos, ocupan la parte más baja de la escala, por debajo de los que combaten.

En la época carolingia, los pobres son más bien los débiles, los humillados, frente a los poderosos. Pero hay además una multitud de indigentes, de desgraciados reducidos a la ruina, víctimas de las nuevas invasiones de normandos, húngaros o sarracenos. 

Los pobres están a merced de los poderosos que les despojan de su grano o de su ganado. Su condición precaria se hace dramática en primavera, cuando se han agotado las reservas.
   
La asistencia organizada

San Basilio y la asistencia  social: El Obispo de Cesarea no se contenta con defender en sus homilías la causa de los pobres, sino que aparece como uno de los primeros organizadores de la ayuda caritativa. 

Apenas nombrado Obispo, funda el establecimiento al que en el siglo V bautizaron con su nombre: la “basilíada”. 

Planeado al principio como hospedería o posada destinada a acoger a los forasteros y vagabundos, el proyecto desemboca en un conjunto de construcciones que forman una verdadera ciudad de los pobres, hasta el punto de desplazar el centro de la actividad ciudadana. 

San Basilio tiene que justificar incluso la amplitud de esa fundación ante el gobernador de la provincia.

El ayuno, fuente de limosnas

La tradición de los primeros siglos cristianos relaciona íntimamente el ayuno con la limosna, tal como lo vemos sintetizado ejemplarmente en León Magno. 

No se trata solamente de una limosna que acompañe al ayuno, sino de un ayuno que se convierte en fuente de limosnas más abundantes.

El cristiano no se priva de cierta cantidad de alimento sólo por abstinencia, sino por amor fraternal. La parte de alimentos que se ahorra tiene que ser útil a los hermanos... Viene oportunamente a recordar al cristiano que los bienes que los bienes no se le han dado para su uso exclusivo, sino como a un administrador. 

Enseña al propietario que, si es necesaria cierta apropiación, el destino original de los bienes es permitir la subsistencia de todas las creaturas humanas...

Los concilios merovingios codifican una práctica que se desarrolló notablemente en tiempo de las invasiones, cuando los Obispos alimentaron a las poblaciones hambrientas...

Las iglesias ofrecen también un asilo a los perseguidos, que ven en peligro sus vidas. Más aún, del siglo V al VIII, las guerras entre los francos, burgundios y godos arrojan al mercado muchedumbres de prisioneros de guerra...

San Eloy negocia la compra de cautivos que los comerciantes desembarcan en el puerto de Marsella. San Amando redime a los cautivos y los instruye. Muchos de ellos le ayudaron luego en la evangelización de los valles de Escaut, de Scarpe y de Lys....

Los bienes de la Iglesia son bienes de los pobres... Esta expresión aparece en el Concilio de Agde (506) y se repite luego en Clermont (535), Orleáns (538 y 541), Arles (554), Macon (581-583), Paris (614), etc...

En el Pontificado de San Simplicio (468-483) y sobre todo de Gelasio (492-496), las rentas de las iglesias deberán dividirse en cuatro partes: una parte para el Obispo y sus deberes de hospitalidad, otra para los clérigos, la tercera para los pobres y la cuarta para la restauración de edificios.

Las fundaciones hospitalarias

En un tiempo en que no existe la institución hotelera, la función de la hospitalidad corresponde a todos los cristianos; los laicos o los clérigos pudieron ejercerla a título particular...

En los siglos VI y VII, los Obispos realizan el primer esfuerzo hospitalario... Las casas religiosas, dedicadas a la acogida de los pobres, enfermos y peregrinos reciben el nombre de “xenodochia” u “hospitalia”. Consta de su existencia, en el siglo VI, en Rouen, Reims, Metz, Burdeos, Chalons sur Marne y Verdún.

La ciudad de Le Mans, encrucijada natural de caminos, estuvo dotada muy pronto de todo un equipamiento hospitalario. 

Entre el año 513 y el 616 se crearon seis fundaciones, la primera por obra de laicos y las otras cinco por tres Obispos sucesivos; aunque no fueran sus propietarios, los Obispos tienen que proteger a los hospitales situados en sus diócesis...

Los capitulares carolingios procuran renovar la calidad de la acogida en las casas episcopales... La casa episcopal tiene que acoger a todos los que se presenten. Los Obispos tienen la obligación de recibir a su mesa a los pobres y necesitados.

La “matrícula” de los pobres

La obligación de asistir a los pobres es tan imperativa para las iglesias que se manifiesta además en otra institución: la “matrícula de los pobres”.

Creada en el oriente egipcio en el siglo IV, una especie de oficina de beneficencia, funciona en toda la parte oriental del imperio con el nombre de “diaconía”. El monaquismo la extendió por Occidente. 

En África y en Italia, en el siglo V, el término griego cede su lugar a la palabra “matrícula”, es decir, lista o registro. Organizada en Roma por San León Magno y Gelasio, la matrícula toma el relevo de la “annona publica” y se extiende en el siglo VI por todas las ciudades y poblaciones mayores de las Galias.

Esta institución se encarga de los pobres válidos, pero sin trabajo, de las mujeres sin recursos, sobre todo viudas... La Iglesia les da asilo, comida y vestido.

La hospitalidad monástica

 En efecto, los monjes tienen que adoptar, de manera ejemplar, la enseñanza prescrita a todos los cristianos, en relación con los bienes que administran.

La “Regla del maestro” subraya el vínculo existente entre el ayuno monástico y la limosna. La regla de San Benito exige que se reciba a los pobres y a los peregrinos con mayor respeto que a los ricos, pues representan a Cristo. 

La regla mixta, que recoge la regla de San Benito y las de otros legisladores, centra todo el servicio de acogida y de beneficencia en la “puerta” del monasterio. 

El “portarius” dispone de una parte de las rentas del diezmo cobrado sobre el producto del trabajo y del suelo, así como de las limosnas, para repartir cada día pan, cerveza, queso, ropa, zapatos y mantas, a los necesitados...

En el siglo XI, en Cluny existen tres oficios destinados a la acogida de los transeúntes... 

En la abadía de Cluny,  convertida en cabeza de una orden monástica poderosa, se organizan distribuciones excepcionales en las grandes solemnidades: una libra de carne para todos los pobres que se presenten el último domingo antes de Cuaresma (domingo de los hachones) y el día de Todos los Santos; ropa de pascua; zapatos en Navidad.

En 1018, la abadía de Cluny socorre a 17,000 pobres. Durante las hambres frecuentes en el siglo XI (1002, 1007, 1022, 1031), San Odilón, el Abad, llega a vender los tesoros de la abadía para alimentar a los pobres. 

También las otras abadías están obligadas a organizar estas distribuciones excepcionales.

Bibliografía

* Paul Christophe, Para leer la historia de la pobreza, editorial Verbo Divino, Navarra, España, 1989

- Mario Ángel Flores, El pensamiento social de los Padres de la Iglesia, Colección Doctrina Social Cristiana, No. 8, Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (IMDOSOC), México 1988

Manuel Loza Macías, S.J.:

Iglesia primitiva: ¿comunista?, Temas de actualidad, Confederación USEM (Unión Social de Empresarios Mexicanos), junio, México, 1982. 

Mensajes sociales para el mundo de hoy, Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (IMDOSOC), México 1992

- Carlos Wagner, Los pobres en el mundo, Latinoamérica y México, en Palabra, revista doctrinal e ideológica del Partido Acción Nacional, año 17, núm. 69, julio-septiembre, México 2004, pp. 11-34

- Historia Gráfica de la Iglesia, Obra Nacional de la Buena Prensa, A.C., México 1990

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