martes, 30 de julio de 2013

El Padre Lebret y el desarrollo de los pueblos.


La economía mundial al 
servicio del hombre


El Padre Lebret y el desarrollo de los pueblos

Por Bernardo López Ríos *

* Católico, Apostólico y Romano, fiel a las enseñanzas de Su Santidad el Papa Francisco, de Su Santidad Benedicto XVI, Papa Emérito, del Concilio Vaticano II y del Magisterio de la Iglesia Católica

Si yo amo a Dios, no puedo permanecer tranquilo en mi confort. A la civilización ficticia del confort levantada por el capitalismo, oponemos el ideal de una civilización del servicio. L. J. Lebret, O.P.

Introducción

Curiosa coincidencia el que el año de nacimiento de tres de los grandes economistas con sentido humano en el siglo XX, haya sido el año de 1897: Ludwig Erhard, Manuel Gómez Morín y Louis Joseph Lebret.

Experto internacional en las cuestiones relacionadas con la teoría y la práctica del desarrollo, el Padre Lebret fue nombrado, en 1962, jefe de la delegación de la Santa Sede a la conferencia de las Naciones Unidas para la aplicación de la ciencia y la técnica en beneficio de los países menos desarrollados. Hemos de recordar que la Iglesia, con el Papa Juan XXIII en la Encíclica Mater et Magistra, había declarado que el problema del subdesarrollo era el más grave del siglo XX.

Las raíces familiares

Louis Joseph Lebret nació en Minihic, Francia. Su padre era primer oficial carpintero en la marina de guerra, casado con una joven Bedel, la cual murió pronto; sin embargo, en la familia Lebret de clase media ya había dos niños: Pierre y Louis. El papá volvió a casarse con una amiga de la infancia, Anne-Marie Poidevin, quien fue para los jóvenes Lebret una verdadera madre. Louis le tenía una gran ternura y hablaba de ella con gran emoción. Su muerte constituyó para él un golpe muy duro.

Louis fue un niño muy dotado, con una prodigiosa memoria y una extraordinaria vivacidad intelectual que le permitía comprender las cuestiones escolares antes de que el maestro hubiera terminado su explicación, y era capaz de aprender de memoria un texto antes de que sus compañeros hubieran terminado de leerlo.

Aunque su salud era un tanto frágil, esto no le impidió ser, durante toda su vida, un extraordinario trabajador, ni participar en los juegos y trabajos a los que puede dedicarse cualquier muchacho bretón de la costa. Desde esta experiencia infantil puede comprenderse el gusto que siempre tuvo por las actividades alternadas: trabajo intelectual-trabajo manual; trabajo de la tierra-trabajo industrial.

En su medio ambiente semimarítimo, semicampesino, aprendió a hacer de todo: arrastrar algas marinas para fertilizar un campo de manzanos, ordeñar una vaca, cultivar la tierra, y otros trabajos específicamente marinos.

Louis pasó su infancia y su juventud entre personas de un excepcional valor humano, formados en la ruda escuela de la vida, que afrontaban constantemente el peligro y, de alguna manera, vivían en la inseguridad. En su familia hubo, además de numerosos sacerdotes y religiosas, un Monseñor Lebret, quien al parecer fue un gran Obispo misionero.

Estudios

Tras la escuela primaria, Louis ingresó a la Institution Saint-Malo. Fue el clásico “buen alumno” de los primeros lugares; en 1914 se graduó como bachiller en matemáticas, materia en la que había sido iniciado por uno de sus primos, el Abate Francois Lemaire.

El mar

Al estallar la Primera Guerra Mundial, en 1914, Louis, con diecisiete años de edad, es alumno de Preparatoria en la Escuela naval, en Saint-Charles de Saint-Brieuc, pero sólo permaneció allí por unos meses. A los dieciocho años entra a la Armada y escala rápidamente puestos de responsabilidad, teniendo que participar en múltiples acciones de guerra (1915-1918) y es condecorado caballero de la Legión de Honor.

Entre 1921 y 1922 es enviado a Beyrut, Líbano y es director del movimiento del puerto y oficial adjunto de la base de Levante. Fue así como Louis pudo salvar una pequeña nave (“Hardi”), casi perdida ya delante de Saida (Sidón).

Los Hermanos Predicadores

Muy joven aún, Louis había pensado en la vocación sacerdotal y ella se precisó cuando, en la Escuela de Marina de Rochefort, se vio forzado a permanecer en el hospital marítimo de la ciudad. En un primer momento pensó entrar en la Trapa de Briquebecq, cerca de Cherburgo, pero pronto comprendió que un temperamento como el suyo no se avenía con una vida puramente contemplativa.

Durante su estancia en Beyrut, Louis se decidió, a los veintiséis años de edad, por los dominicos, habiendo hecho un retiro para elegir su vocación con los padres Jesuitas de Lahlé, en el Líbano.

Hizo su noviciado en Angers y sus estudios de filosofía y de teología en Holanda; en pequeño pueblo de Rijckholt se encontró con dos excepcionales maestros que habrían de marcarlo profundamente: el Padre Augier y el Padre Sertillanges. Otro ejemplar modelo sería el Padre Alberto Lagrange, fundador de la Escuela Bíblica de Jerusalén, en donde incluso ahora realizan investigaciones arqueológicas los estudiosos de todo el mundo, para profundizar en el conocimiento de la Biblia.

Justicia y Caridad

El Padre Lebret continúa trabajando para la gente del mar, funda un periódico y hasta un sindicato para su promoción social.

De errores fundamentales no puede esperarse una situación sana. El liberalismo económico, el marxismo y la demagogia son los tres errores básicos que, hasta el presente, han decidido la orientación y las actividades de nuestra marina… Contra ese estado de cosas nos unimos para propugnar una organización profesional imbuida de una sana doctrina social y económica. Porque la solución no vendrá sin la contribución de los profesionales.

Los nuevos estudios que emprende lo llevan a conocer de cerca las ideologías y los sistemas económicos del siglo XX, en particular el marxismo y el capitalismo. Descubre así su vocación de sociólogo humanista y comienza una dura lucha contra la injusticia, la miseria y la opresión que padecen los hombres y, en particular, los pueblos del llamado Tercer Mundo.

El Padre Lebret reúne equipos de estudiosos, crea instrumentos de trabajo, emprende investigaciones y encuestas, analiza a  fondo la realidad socio-económica para proponer soluciones concretas a problemas concretos.

Viaja, imparte cursos, escribe libros, siempre orientado a la misma finalidad: crear una economía a la medida del hombre (alma y cuerpo) y luchar contra todo tipo de subdesarrollo.

La meta es siempre la salvación del hombre.

El grupo “Economía y Humanismo”

Con el fin de que su obra dé mayores frutos, el Padre Lebret funda una institución que será famosa: “Economía y Humanismo”. El 24 de septiembre de 1941, los estatutos de esta asociación eran depositados en la prefectura de Bouches-du-Rhone, en Marsella. Ese mismo día se celebra la fiesta de Nuestra Señora de la Merced y el Padre Lebret se sentía feliz por esta coincidencia, porque, para él, “Economía y Humanismo” debía tener, entre sus objetivos principales, el de consagrarse a liberar a los cautivos del mundo moderno: los proletarios de Francia, de Europa, de los demás continentes.

La Asociación “Economía y Humanismo” tiene por fin:

1. Estudiar, mediante encuestas y otros medios de investigación apropiados, las realidades humanas, económicas y sociales, en su actual complejidad.

2. Provocar entre sus miembros, o fuera de ellos, trabajos científicos capaces de elaborar una doctrina espiritualista, poniendo la economía al servicio del hombre.

3. Suscitar en el seno de las diversas profesiones o de ciertas regiones económicas, técnicos o profesionales capaces de determinar las condiciones concretas del Bien Común de su profesión o de la región estudiada, y susceptibles de participar en los esfuerzos públicos o privados de reorganización económica y profesional

Los medios de acción previstos para lograr estos fines eran los siguientes:

La creación en Francia y en el extranjero, de uno o muchos centros de estudio de las cuestiones sociales; la organización de los servicios que serán necesarios para la elaboración y utilización de encuestas económicas y sociales; la creación, tanto en Francia como en el extranjero, de escuelas de formación para la acción, destinadas a los futuros dirigentes de organizaciones profesionales u otras categorías de personas interesadas en los trabajos de la asociación; la publicación de una revista, de boletines y de otros documentos para hacer conocer los trabajos y la doctrina de economía humana de la asociación; la organización de cursos, de conferencias, de exposiciones, de filmes y de todos los medios de propaganda, de enseñanza y de acción.

El Manifiesto de 1942

En plena guerra mundial, en una Francia dividida en dos y ocupada por el enemigo, en momentos de penuria, aparece el “Manifiesto de 1942”, firmado, entre otros, por los seglares Gustave Thibon y Francois Perroux, y por los religiosos M.F. Moss, Jacques Loew y L.J. Lebret.

Tras haber rechazado la economía liberal y la social estatal, el Manifiesto proponía la economía comunitaria, definida a nivel sociológico y filosófico. La antropología es deliberada y abiertamente cristiana: la del hombre imagen de Dios.

Nuevos avances

Se preconiza el respeto a la naturaleza (ecología) y a la dignidad del hombre; se habla de la prioridad de la seguridad sobre la abundancia y del equilibrio sobre la especialización; e condena la economía colonialista.

El Padre Jacques Loew (joven abogado procedente de una familia acomodada que, convertido al Catolicismo, entró a la Orden de los Dominicos) hace su famosa encuesta sobre los estibadores de Marsella, haciéndose él mismo uno de ellos y convirtiéndose en uno de los primeros sacerdotes obreros (entre 1940 y 1950, el Cardenal Suhard, de París, había concedido permiso a algunos sacerdotes para trabajar en las fábricas como obreros, sin distinguirse de ellos exteriormente).

La encuesta que realizó el Padre Loew entre los portuarios, fue calificada por Francois Perroux como una de las mejores del siglo. El Padre Loew se convirtió en uno de los precursores del movimiento misionero de posguerra y en el fundador de la Misión obrera de San Pedro y San Pablo.

Al Padre Lebret le interesó mucho la colaboración fructífera entre teólogos, economistas y sociólogos, ya que desde la fundación de “Economía y Humanismo”, había visto la necesidad de recurrir a filósofos y teólogos para cierto tipo de reflexión profunda que exigía soledad y técnica, imposibles de lograr  en hombres tan sumergidos en la acción como los llamados “equipistas”.

De 1945 a 1950 (el periodo de oro de “Economía y Humanismo”), los trabajos prosiguen en todos los sentidos: estudio del marxismo y diálogo con los comunistas; movimiento comunitario, reforma de la empresa, movimiento misionero, investigación histórica, etc. A todos los niveles: investigación fundamental, educación y difusión, acción internacional.

El encuentro con el subdesarrollo latinoamericano

1947 es un año decisivo en la historia de “Economía y Humanismo”. En este año el Padre Lebret imparte un curso en la Escuela libre de Ciencias Políticas de São Paulo, Brasil, visita otros países de Sudamérica y regresa por los Estados Unidos.

“Un compañero fraternal” va a ser, desde entonces, el Padre Lebret para los países subdesarrollados. A su regreso de Brasil, el Padre Lebret es otro hombre. Acaba de descubrir el subdesarrollo a través de sus manifestaciones más degradantes para el hombre: el hambre, los tugurios, el analfabetismo, la mortalidad infantil, el desempleo, etc. En adelante, los países pobres serán su angustia.

Quien reflexiona únicamente sobre el montón de estadísticas puede, ante la dispersión de diversos elementos de niveles de vida, mantener el corazón frío y elaborar sin angustia las teorías del crecimiento de la inversión y del desarrollo.

Pero ¿cuántos de quienes han viajado a través del mundo subdesarrollado y subequipado han podido resistir una conmoción que ningún revelamiento estadístico es capaz de igualar?

El espectáculo multiplicado de tantas miserias y de tanta hambre, contrastando violentamente con la belleza extraordinaria de sitios y paisajes; la multiplicidad de recursos mal empleados y el lujo insolente e inconsciente de tantos privilegiados, golpeaba su corazón.

Lo más grave, no es la miseria de los pobres, sino la inconsciencia de los ricos.

Aunque en Europa acababa de terminar la espantosa guerra, los problemas europeos le parecían mínimos e irrisorios al lado de los que él acababa de descubrir.

Invitado por universidades, por gobiernos, por instituciones de la Iglesia, por grupos de planificación, etc., el Padre Lebret continúa visitando América Latina y surgen obras diversas así como nuevas esperanzas en Colombia, en Chile, en Venezuela (país en donde forma parte de una misión con la Oficina de Coordinación y Planificación, junto al Presidente de la República).

El “problema del siglo”

Al comienzo de los años cincuenta, el Padre Lebret es un convencido de que “el problema del siglo” es lograr el desarrollo: un cambio total en las estructuras socioeconómicas que ataque las causas de los males sociales, un cambio que produzca no únicamente un mayor crecimiento económico, sino la “elevación humana” de los pueblos.

Para responder a este reto, el Padre Lebret funda en 1958 el IRFED, un instituto tanto de formación como de investigación. Para esta tarea se requiere de técnicos (no de tecnócratas), de hombres animados por un gran respeto y por un gran amor a la gente, es decir, de un auténtico espíritu de servicio.

Así, el IRFED cada año recibe un centenar de estudiantes, de diversas edades y cultura, que acuden a él para adquirir la formación que les permita trabajar eficazmente en el desarrollo, y otros, que llegan ya con una experiencia de trabajo en un país subdesarrollado.

Además de estos cursos, el IRFED acoge estudiantes particularmente de América Latina, de África Negra, de África del Norte, del Medio Oriente y del Extremo Oriente. El IRFED también participa en trabajos sobre el terreno cuando algún gobierno o algún otro organismo le solicitan que se encargue de la preparación de un plan de desarrollo.

En 1959, el Padre Lebret realiza un estudio acerca de las condiciones de vida y de las necesidades de la población del Vietnam; en Dahomey, lleva a cabo un inventario previo a la planificación; entre 1959 y 1961, participa en el estudio general sobre las perspectivas de desarrollo en el Senegal, país del que el Padre Lebret llega a ser consejero permanente del gobierno; tres años más adelante realizará importantes trabajos en Ruanda.

La aspiración de la humanidad es el desarrollo y no únicamente el crecimiento económico: se trata de todo el hombre y de todos los hombres.

La definición de aplicación universal del Padre Lebret, es que el desarrollo, como operación, significa:

La serie de pasos por los que transita una población determinada y todas las fracciones que la componen, para ir, de una fase menos humana a una fase más humana, al ritmo más rápido, con el menor costo posible, teniendo en cuenta la solidaridad entre las subpoblaciones y las poblaciones.

Esta definición se aplica a todos los planos de la vida social, desde el plano local hasta el plano internacional. Se trata de un enfoque integral, ya que incluye todos los aspectos del desarrollo: económico, biológico, cultural, político, administrativo, espiritual. Siempre es el hombre el que ocupa el centro de la perspectiva.

Lo opuesto a la miseria no es la abundancia, sino el valor. No se trata, ante todo, de producir riquezas, sino de valorar al hombre, a la humanidad, al universo…

La producción primera que hay que lograr es la de los bienes esenciales, luego la de los convenientes… Es mil veces preferible una vida dura a una vida lánguida y voluptuosa.

El Padre Lebret afirmaba lo anterior, porque estaba convencido de que el auténtico progreso humano debe ser integrado y ponderado:

Si se busca sólo el progreso material, el progreso espiritual se paraliza.

En definitiva, el desarrollo integral del hombre y el de los pueblos debe desembocar en una civilización solidaria, en una civilización del amor.

Experto del Concilio Vaticano II

El Padre Lebret llegó a gozar de toda la confianza, tanto del Papa Juan XXIII como del Papa Paulo VI. Como mencionamos al principio, en 1962 el Padre Lebret fue nombrado jefe de la delegación de la Santa Sede a la conferencia de las Naciones Unidas para la aplicación de la ciencia y la técnica en beneficio de los países menos desarrollados.

Antes de ser nombrado experto del Concilio, el Padre Lebret había trabajado para el Secretariado del Episcopado Francés, para la Conferencia del Episcopado Latinoamericano (CELAM), para los Obispos de África y para los de Vietnam.

La ascensión de Paulo VI al Pontificado significó para el Padre Lebret un sitio más relevante. El nuevo Papa sentía por él una afectuosa admiración. Recibido en audiencia privada con frecuencia, el Padre Lebret expuso sus puntos de vista sobre las esperanzas nacidas por el anuncio del esquema sobre “la Iglesia en el mundo”.

El Padre Riedmatten, observador de la Santa Sede en la ONU y quien trabajó al lado del Padre Lebret durante el Concilio, recuerda que en febrero de 1965 el Padre Lebret desplegó toda su capacidad para la redacción del capítulo sobre la comunidad internacional:

“Después de mucho trabajar el problema de la guerra, el Padre Lebret dio una admirable síntesis de toda su doctrina. Los miembros de la comisión estuvieron unánimes: era esto lo que había que inscribir en la “Constitución Pastoral Gaudium et Spes, sobre la Iglesia en el Mundo Actual”. Yo fui encargado de dar a su exposición la forma conciliar”. 

El Padre Lebret también había puesto todo su empeño en la redacción del capítulo sobre la vida económica y social.

La Pontificia Comisión “Justicia y Paz”

Debilitado y próximo a morir, el Padre Lebret estaba en la última sesión del Concilio. El Papa Paulo VI lo recibió en audiencia y le recomendó no ir más allá de sus fuerzas.

El esquema XIII, al que tanto interés había puesto el Padre Lebret, se había concretado en la Constitución Pastoral Gaudium et Spes:

El Concilio, considerando las inmensas calamidades que oprimen todavía a la mayoría de la humanidad, para fomentar en todas partes la obra de la justicia y el amor de Cristo a los pobres, juzga muy oportuno que se cree un organismo universal de la Iglesia que tenga como función estimular a la comunidad católica para promover el desarrollo de los países pobres y la justicia social internacional (Gaudium et Spes n 90).

El Padre Lebret pensaba que el “Secretariado para la Justicia en el Mundo” debía tener, ante todo, una función doctrinal. Si, siguiendo las enseñanzas del Papa Paulo VI, “el desarrollo es el nuevo nombre de la paz”, el papel del Secretariado consistiría, sobre todo, en pensar una doctrina coherente del desarrollo integral y armonizado, así como en una acción capaz de concretarla en hechos.

Aunque el Padre Lebret murió antes de que el proyecto lograra concretarse, el Padre Cosmao, su discípulo y sucesor en el IRFED, llegaría a formar parte, poco tiempo después, de la Comisión “Justicia y Paz”.

La Encíclica Populorum Progressio

En junio de 1966, un mes antes de morir, el Padre Lebret estaba otra vez en Roma, esta vez como miembro de la comisión pontificia para el estudio de los problemas de la familia, de la población y de la natalidad. Este fue su último trabajo: un trabajo para la Iglesia, para el Papa, el trabajo de un “auténtico hombre de Iglesia”.

Menos de un año después de la muerte del Padre Lebret, el Papa Paulo VI daría a conocer la “Encíclica Populorum Progressio, sobre la necesidad de promover el desarrollo de los pueblos”. El Padre Lebret es expresamente citado en ella y su influencia en la redacción de este gran documento se descubre en cada párrafo.

Se comprende así que el Papa Paulo VI haya dicho que tenía veneración y devoción por el Padre Lebret y que la Encíclica era un homenaje a su memoria.

Un hombre de Dios

¿Quién fue exactamente el Padre Lebret? ¿Un economista? ¿Un sociólogo? ¿Un filósofo? ¿Un teólogo? ¿Un contemplativo? ¿Un hombre de estudios? ¿Un hombre de acción? ¿Un profeta?

Es difícil responder. Sin embargo, fue todo esto a la vez, pero sobre todo, fue un hombre de Dios.

Un año y medio antes de morir, tuvo, por última vez, la alegría de celebrar la Santa Misa en Boloña, precisamente en la Basílica de Santo Domingo. Ese día anotó en su diario:

Durante la acción de gracias ante el altar de Santo Domingo, me sentí hondamente conmovido y me puse a llorar. Es todo el mundo el que refluye en mí y comprendo mejor nuestra tarea como Orden de Predicadores: tomar a toda la humanidad para hacerla avanzar hacia Dios, por Cristo.

Detrás del altar, el cráneo de Santo Domingo me impresiona mucho. De lo que tenía entre estos huesos salió la comprensión de un plan que salvó a la Iglesia, en unión con un corazón que no veo, pero que estaba en conexión con este cerebro de un hombre iluminado de fe y quemado por el amor.

Un momento importante de mi vida, y nuestra acción se asemeja a la de ese hombre audaz que dispersa una quincena de discípulos por las universidades de entonces, a fin de aprender antes de enseñar.

Actualmente el mundo tiene necesidad de una visión de razón y de fe: nuestra tarea… La Iglesia busca nuevos modos para su mensaje y su presencia… Jamás tuvo ella tantas posibilidades en sus manos.

Como se ve, el Padre Lebret amaba apasionadamente a su Orden, a la Orden de Predicadores fundada por Santo Domingo, maestro de caridad y de misericordia. Orden a la que perteneció Santo Tomás de Aquino, quien le dio la armadura intelectual que en las arenas movedizas del pensamiento moderno, como diría el Papa Paulo VI, permitió al vigoroso marinero que fue el Padre Lebret, capear la tormenta y poner la proa hacia arriba.

Usando la expresión de San Ignacio de Loyola, podemos afirmar también que el Padre Lebret fue un hombre contemplativo en la acción y, sin que el propio Padre Lebret lo pretendiera, nos ha dejado una excelente descripción de lo que fue su vida:

Luchar por la justicia entraña mucho: obliga a rectificarse, a rechazar cualquier compromiso dudoso, a multiplicar las marchas, a emprender procesos, a remover la opinión, a secundar e inspirar a los legisladores, a turbar la tranquilidad de los funcionarios, a multiplicar reuniones, a estudiar la economía, los códigos y la historia, a fundar periódicos, a escribir libros, a agrupar a los trabajadores, a fundar movimientos, a penetrar en los partidos políticos, a recorrer el mundo, a intervenir ante el Estado y en las conferencias internacionales, a encontrarse presente en cualquier sitio donde una persona esté amenazada, una minoría sea aplastada, una nación pequeña oprimida, a fin de imponer el respeto a sus derechos y ayudarlos a liberarse y progresar.

Fue esta visión dinámica del mundo y de sus problemas, de la acción del hombre para hacerlo más fraternal, la que suscitó alrededor del Padre Lebret tantas vocaciones y entusiasmo.

¿Qué nos diría hoy?  

La respuesta es fácil cuando tenemos el privilegio de contar con otro gran personaje del siglo XX, trabajador en las agotadoras jornadas picando piedra en las canteras, quien viajó hasta nuestro país para visitarnos y decirnos:

… tampoco los modelos culturales ya afianzados en los países más industrializados aseguran totalmente una civilización digna del hombre. Con frecuencia se exaltan los valores inmediatos y contingentes como claves fundamentales de la convivencia social y se renuncia a cimentarse en las verdades de fondo, en los principios que dan sentido a la existencia…

En continuidad con mi venerado predecesor Paulo VI, he hablado en repetidas ocasiones de la civilización del amor. Una meta sumamente atractiva y, a la vez, exigente que se debe mirar a la luz del misterio del Verbo encarnado (Juan Pablo II. Encuentro con el Mundo de la Cultura, nn 548 y 562, Segunda Visita Pastoral a México, 1990). 

Finalmente, en un fragmento del diario del Padre Lebret, leemos desde la profundidad del corazón:

A la vuelta del convento una pobre se presenta para pasar la noche al abrigo de la lluvia. Uno se pregunta si no sería mejor ayudar estas miserias una a una, en lugar de querer reformar el mundo…



Bibliografía

* Louis Joseph Lebret, O.P. Desarrollo=Revolución Solidaria, Desclée de Brouwer, Colección “Nuestro Tiempo”, Bilbao, 1968

- Dimensiones de la Caridad, Herder, Barcelona, 1967

- Dinámica concreta del desarrollo, Herder, Barcelona, 1969 

- Principios para la Acción, Ediciones Paulinas, Bogotá, 1982

* Francois Malley, O.P. El Padre Lebret, La economía al servicio del hombre, Ediciones Carlos Lohlé, Buenos Aires, México, 1969

* Historia Gráfica de la Iglesia, Obra Nacional de la Buena Prensa, México, 1990

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