viernes, 19 de julio de 2013

A Dios por la ciencia




A Dios por la ciencia

Por Bernardo López Ríos *

* Católico, Apostólico y Romano, fiel a las enseñanzas de Su Santidad el Papa Francisco, de Su Santidad Benedicto XVI, Papa Emérito, del Concilio Vaticano II y del Magisterio de la Iglesia Católica

El espacio sideral

Si en alguna ocasión tenemos la oportunidad de contemplar el firmamento en una noche despejada, podríamos observar alrededor de 6 mil estrellas, y con un telescopio y cámaras fotográficas es posible contar miles de millones de estrellas.

La Galaxia en la que se encuentra nuestro planeta es la Vía Láctea, y en ella se calcula que existen más de 400 millones de estrellas. Y a medida que continúan las observaciones se descubren nuevas galaxias, de las que se conocen alrededor de 500 millones actualmente.

Nuestro planeta Tierra tiene una magnitud enorme, sin embargo, se necesitarían otros mil trescientos planetas como la Tierra para igualar la magnitud del planeta Júpiter, y más de un millón para igualar al Sol.

El Sol es la estrella más familiar para todos nosotros, pero nuestra imaginación tal vez se quede corta si tratamos de formarnos una imagen adecuada de la estrella Betelgeuze, cuya magnitud equivale a 27 millones de soles, y la estrella Antares a 113 millones de soles. Las dimensiones de Orión suponen una masa 400 millones de veces mayor que el Sol.

Si ahora comparamos la deslumbrante luz del Sol con la de otras estrellas, por ejemplo con Alción, necesitaríamos la luz de 600 soles para igualarla en luminosidad. Y para quedarnos con la boca abierta podríamos imaginar a la estrella Cephis que es 60 mil veces más luminosa que el Sol.

La luz tiene una velocidad de 300 mil kilómetros por segundo, o sea, que daría ocho vueltas a la Tierra en un segundo.

Pues bien, a pesar de esa vertiginosa velocidad, la luz de la Luna tarda en llegar a nosotros un minuto y medio; la luz del Sol tarda ocho minutos y medio; la luz de Sirio, brillante estrella de nuestro firmamento, se tarda nueve años en llegar a nosotros.

La luz de la estrella Polar tarda 46 años, y es de notar que estamos hablando de las estrellas más cercanas a nosotros.

La luz de la estrella Betelgeuze tarda en llegar a nosotros como 100 años; la luz de la galaxia más cercana, la gran nebulosa espiral de Andrómeda, que se compone de miles de millones de estrellas a 70 mil años luz, y hay otros mundos de estrellas, cuya luz tarda en llegar a nosotros más de un millón de años. Eso, refiriéndonos a los que conocemos.

Habrá estrellas cuya luz, emitida antes que existiera la primera pareja humana, aún no ha llegado a nosotros. Habrá estrellas que quizás ya no existan, y sin embargo, nos está llegando su luz, que emitieron cuando aún existían hace millones de años.

Desde el gran astrónomo Galileo sabemos que las estrellas no están inmóviles, como se pensó en la Antigüedad. El Sol se mueve en el espacio a 30 kilómetros por segundo; Aldebarán a 54 kilómetros por segundo, y hay galaxias cuya velocidad se ha calculado en 25 mil kilómetros por segundo.

Sin embargo, tanto el movimiento de los planetas como el de las estrellas del Universo no es caótico, sino que está sujeto a un orden.

Nuestro planeta gira alrededor del Sol a 30 kilómetros por segundo y cada día recorre nada menos que 2 millones y medio de kilómetros, y nosotros también con él.

Es tan preciso y regular el movimiento de los cuerpos celestes que pueden conocerse con exactitud matemática sus posiciones en el espacio.

El cometa Halley era conocido desde dos años antes de Cristo, pero fue el astrónomo inglés Edmund Halley quien lo estudió en 1682, y predijo que reaparecería en 1758, y cada 76 años.

El cometa Donati (1858), que fue el más brillante del siglo XIX, reaparecerá en el año 3870, y sabemos que Londres no presenciará un eclipse total de Sol sino hasta el año 2150.

Este maravilloso Universo que habitamos nos invita a conocerlo más y más, y a palpar que ha sido hecho con inteligencia.


Isaac Newton

Uno de los más grandes científicos y estudiosos del Universo, Isaac Newton (1642-1727), al final de su magna obra intitulada “Los Principios Fundamentales Matemáticos de la Filosofía de la Naturaleza”, escribió:

El orden admirable del Sol, de los planetas y de los cometas no pudo proceder sino del plan y según la orientación de un Ser Omnisciente y Omnipotente. Y si todas las estrellas fijas son otros tantos centros de sistemas solares semejantes al nuestro, entonces todo el Universo, que evidentemente está ordenado según un plan único, es el reino de un solo y mismo Soberano. De ahí se sigue que Dios es en efecto un Dios divino, sabio y omnipotente, un Ser que está sobre todo, y que es infinitamente sabio.

Newton era además un hombre consecuente en su vida práctica con sus descubrimientos, pues siempre que oía o leía el nombre de Dios, se descubría la cabeza con gran respeto.

Las abejas y las matemáticas

Pero la perfección con la que Dios creó el Universo no solamente la encontramos en los planetas y demás cuerpos celestes, sino también en los seres vivos.

Las abejas, al cerrar las celdillas hexagonales, donde depositan la miel, resuelven un problema de matemáticas, que sólo se puede resolver después de diez o doce años de estudio.

El sabio Rameaur se lo propuso a los matemáticos de su tiempo, y solo König, celebridad matemática de entonces, pudo resolverlo, pero con una pequeña diferencia. Parecía que las abejas cometían una pequeña equivocación.

Pasado algún tiempo naufragó un barco, y el capitán se defendió diciendo que los cálculos que él había hecho estaban bien; la equivocación dependía de las tablas de logaritmos que había usado, las cuales estaban equivocadas.

Oyó esto Maclaurin, quien no se avenía a que las abejas se equivocaran en el problema; corrigió los logaritmos, resolvió nuevamente el problema propuesto por Rameaur y vio que… ¡¡¡LAS ABEJAS TENÍAN RAZÓN!!!

El equivocado había sido König.

Otro gran investigador de la naturaleza y fundador de la botánica moderna, Carlos Linneo (1707-1778), en su “Sistema de la Naturaleza” escribió:

Salía yo de un sueño cuando Dios pasó de lado contra mí, le vi y me llené de asombro…

He rastreado las huellas de su acción en las creaturas, y, en todas, aún en las más ínfimas y cercanas a la nada… ¡qué poder, qué sabiduría, que insondables perfecciones he encontrado!

Las flores de Francis

Un célebre filósofo escocés apellidado Beotti tuvo un día la idea de enseñar palpablemente a su hijo la necesidad de aceptar un  Ser Supremo que rige el Universo.

En el jardín de su casa trazó, con surcos, el nombre de su hijo. Los surcos eran de grandes dimensiones y en ellos sembró semillas de diversas flores que cubrió con tierra.

Pasaron los días y la fina lluvia escocesa hizo germinar las flores y un día el muchacho de diez años llegó jadeante a decirle a su padre:

-       Papá, papá, mi nombre ha brotado en el jardín. Mi nombre está escrito con flores. Ven y lo verás. Está muy claro, perfectamente claro, dice: FRANCIS; sí papá, mi nombre ha brotado escrito con flores.

Su padre sonrió sin dar importancia al asunto. El niño insistió:

-       Ven a verlo papá, ven y verás lo claro que está.
-       Eso no tiene nada de extraño, hijo, es la casualidad, es el azar.
-       No papá, no puede ser la casualidad. Mi nombre está muy claro, dice: FRANCIS, con letras muy grandes y muy hermosas.

El padre volvió a responderle:

-       Fue el viento, hijo, que hizo volar las semillas y las fue sembrando y resultó tu nombre como podía haber resultado el mío o el de tu Mamá.
-       No papá, replicaba el niño. Las flores nunca nacen ordenadas y menos en forma de letras, y nunca formando un nombre. ¡Oh, no papá, algún ser inteligente ha andado en este asunto! Tal vez tú has escrito mi nombre y has sembrado las flores.

El papá por fin le dijo a Francis:

-       Sí, hijo, he sido yo. Y lo he hecho para enseñarte que de la casualidad no puede surgir un orden complicado, sino que se requiere una inteligencia ordenadora.

Fíjate en ti, hijo, ve tus manos, tus dedos, tus pies, tus ojos, tus oídos, tus brazos. Todo tan bien hecho, tan complicado, tan útil. La casualidad no ha podido juntarlos.

Graba siempre en tu corazón esta convicción: los caminos certeros de los astros, la fecundidad de la tierra, la belleza de la naturaleza, el resplandor de los luceros, las riquezas del Universo tan variadas, desde el copo de nieve hasta la potencia de las olas… todo eso está en perfecta armonía y orden.

Y ese orden no es fruto del azar, ni de la casualidad, es fruto de la inteligencia. Un Ser infinitamente inteligente dio orden a cuanto vemos y a ese Ser lo llamamos DIOS.

A Dios no lo podemos ver porque es un Espíritu, pero vemos su huella y la huella de Dios es la Creación visible y ordenada.

Johannes Kepler

Uno de los fundadores de la moderna Astronomía, Johannes Kepler (1571-1630), al descubrir la tercera ley del movimiento planetario, escribió:

Es grande nuestro Dios; y grande es su poder e infinita su sabiduría. Alabadle, vosotros, oh cielos y tierra, y el Sol y la luna y las estrellas en vuestro lenguaje…

Que le alaba mi alma, a El, al Señor, al Creador, todo cuanto pueda. Suya sea la gloria, el respeto, la alabanza en todos los siglos de los siglos. Amén.

Epílogo

Para concluir, invitamos ahora a lector a la lectura detenida del contenido del siguiente link:


Bibliografía

-  Jaime Balmes, Filosofía Elemental, Lógica, Ética, Metafísica: Estética, Ideología Pura, Gramática General o Filosofía del Lenguaje,  Psicología, Teología Natural (Teodicea), Historia de la Filosofía, Colección “Sepan Cuantos…”, Núm. 241, Editorial Porrúa, México, 1998

-  Antonio Brambila, Que Dios es la mar de raro, Editorial Geyser, México, 1973

-  Walter Brugger, Diccionario de Filosofía, Editorial Herder, Barcelona, 1978

-  Rafael Gómez Pérez, S.J. Humanízate, Buena Prensa, México, 1982

-  Juventud en tu fe, Buena Prensa, México, 1979

-  J. Javaux, ¿Dios demostrable?, Editorial Herder, Barcelona, 1971

-  Saturnino Junquera, S.J. Las estrellas gritan: “HAY DIOS”, Folletos “ID”, Núm. 2-E, Editorial Sal Terrae, Santander, España, 1961
                                          
-  Primacía del hombre… ¿por qué?, Folletos “ID”, Núm. 101-E, Editorial Sal Terrae, Santander, España, 1962

-  Salomón Rahaim M. S.J., Compendio de Filosofía, México, 1978

-  Oswaldo Robles, Propedéutica Filosófica, Editorial Porrúa, México, 1967

-  Tihamér Tóth, El joven observador, Editorial Poblet, Buenos Aires, 1946

-  Jaime Vélez Correa, S.J. Al encuentro de Dios, Filosofía de la religión, Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), Conferencia del Episcopado Mexicano, Colección de textos básicos para seminarios latinoamericanos, Vol. 1, México, 1990




  

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