miércoles, 20 de noviembre de 2013

Para leer la Historia de la Pobreza (siglos XIX y XX)

Siglos XIX y XX

Para leer la historia de la pobreza

Por Bernardo López Ríos *

* Católico, Apostólico y Romano, fiel a las enseñanzas de Su Santidad el Papa Francisco, de Su Santidad Benedicto XVI, Papa Emérito, del Concilio Vaticano II y del Magisterio de la Iglesia Católica

El hombre es un pobre que precisa pedir todo de Dios

Saint Jean-Marie Vianney, Cura de Ars 


La felicidad del hombre no requiere abundancia de bienes; 

una medianía le basta

Imitación de Cristo, Beato Tomás de Kempis

Preámbulo

Los pobres, en cuanto tales, habían sido los grandes olvidados de la historia. Sin embargo, desde su origen, la Iglesia ha acogido a los pobres y a la pobreza como cuestiones permanentes que la interpelan sin cesar. Pero ya hace algunos decenios que los historiadores han mostrado su predilección por el mundo de los olvidados. Los ausentes de la historia se han visto invitados a entrar en ella: emigrantes, desarraigados, esclavos, cautivos, víctimas del hambre y de la miseria...

El servicio a los pobres y la búsqueda de la pobreza, indisociablemente unidos entre sí, forman la trama y la cadena de una inmensa tarea llevada a cabo por Paul Christophe, profesor en el Instituto Católico de Lille y en el Seminario de San Sulpicio, en su obra Para leer la historia de la pobreza, de la cual presentamos la siguiente reseña:

La primera dificultad de los historiadores ha sido la de definir qué es un pobre, ya que el contenido de esta palabra ha ido variando considerablemente a lo largo de las épocas. Michel Mollat ha dado para la Edad Media una definición que puede ser considerada con validez para todas las épocas:

El pobre es el que, de forma permanente o temporal, se encuentra en una situación de debilidad, de dependencia, de humillación, caracterizada por la privación de medios, variables según las épocas y las sociedades, de poder y de consideración social: 

dinero, relaciones, influencia, poder, ciencia, calificación técnica, nacimiento honorable, vigor físico, capacidad intelectual, libertad y dignidad personal.

Viviendo al filo de cada día, no tiene ninguna oportunidad de elevarse sin la ayuda de otro. Esta definición puede incluir a todos los frustrados, a todos los marginados, a todos los abandonados, a todos los preteridos por la sociedad; no es específica de ninguna época, de ninguna región, de ningún ambiente.

Tampoco excluye a los que, por ideal ascético o místico, quisieron desprenderse del mundo o que, por abnegación, escogieron ser pobres entre los pobres.

1. La Iglesia y la cuestión social

La vitalidad del catolicismo social alemán se había manifestado no sólo por las sociedades obreras de Kolping y por la acción de Monseñor Ketteler, sino también por la preparación activa del Concilio Vaticano I en el plano social.

Sabido es que el Concilio, abierto el 8 de diciembre de 1869, fue suspendido por el Papa Pío IX el 20 de octubre de 1870, debido a la guerra franco-alemana y a la ocupación de Roma por las tropas italianas.

Esta suspensión del Concilio dejó archivados muchos votos y decretos. El canónigo Moufang, de la diócesis de Maguncia, había propuesto un proyecto sobre el derecho de la Iglesia a socorrer la miseria de los pobres. Treinta y dos Obispos de Alemania y de Europa Central habían firmado un “postulatum” relativo a las sociedades obreras de Kolping.

Había sobre todo, entre los proyectos de decretos elaborados por la comisión político-eclesiástica, un esquema relativo al problema social: “La obligación de aliviar la miseria de los pobres y de los obreros”.

El primero de sus tres capítulos recuerda a todos que el uso de las riquezas tiene que ser conforme con el plan de Dios y con el destino del hombre. El segundo capítulo recomienda las obras de misericordia con los pobres, y sobre todo con los pobres vergonzantes.

Todos tienen que practicar la caridad: los encargados de los negocios públicos, los ricos que han de dar cuenta de su gestión, los ministros de Cristo que han de recordar que los bienes de la Iglesia son el patrimonio de los pobres y no propiedad del Clero.

El tercer capítulo es especialmente interesante. Después de denunciar las causas que impiden el ejercicio de la caridad, define los deberes de cada uno y distingue las exigencias de la justicia” (los empresarios –“domini”- han de pagar al obrero un salario suficiente que le permita vivir), las exigencias de la “equidad” (sugiere una participación de los obreros en los beneficios que enriquecen a los patronos) y las exigencias de la “caridad” (exige asignaciones para la enfermedad y hasta cierta “promoción” de los obreros).

El documento invitaba finalmente a los Obispos a trabajar por la supresión de la miseria obrera. En la introducción, el redactor desconocido deploraba el número cada vez mayor de los trabajadores que caen en la miseria, y comenzaba con esta frase significativa:

“No podemos guardar silencio”. No se sabe si la comisión directora conservó este esquema. De todas formas, la interrupción del Concilio no permitió alertar al conjunto de los Obispos sobre el problema obrero. Fue preciso esperar todavía veinte años para ver la aparición de un documento de alcance universal.

Los laicos toman el relevo

Durante los dos decenios que siguieron al vaticano I, se pronunciaron sin embargo muchas voces sobre los remedios que aplicar para mejorar la condición del proletariado industrial.

La renovación del compromiso de los cristianos en Francia se lleva a cabo a partir del descubrimiento del catolicismo social alemán

Fue una verdadera revelación para Albert de Mun y para René de La Tour du Pin, dos oficiales de carrera, llevados presos a Renania durante los desastres de 1870. Volvieron a Francia con la voluntad de servir a la Iglesia reconciliándola con el pueblo.

El aplastamiento brutal de la Commune les hizo medir mejor el abismo que los separaba. Durante toda su vida, Albert de Mun guardará el recuerdo de aquello.

El encuentro con Maurice Maignen, fundador con Le Prevost y Myionnet del Instituto de hermanos de San Vicente de Paúl, y con un círculo de jóvenes obreros, boulevard de Montparnasse, acabó de transformar a de Mun. Maurice Maignen evoca apasionadamente ante él el drama de la Commune: “¡Los verdaderos responsables!

¿Sois vosotros, los ricos, los grandes, los que vivís bien, los que os divertís tanto que pasáis al lado del pueblo sin verlo, sin conocerlo, sin saber nada de su alma, de sus necesidades, de sus sufrimientos...!”.

El 23 de diciembre de 1871, Albert de Mun, René de La Tour du Pin, Emile Séller, León Gauthier y otros se reúnen en torno a Maurice Maignen.

Deciden fundar una obra nueva: la creación de círculos en cada distrito de París y a través de toda Francia, para reconciliar al pueblo y a la Iglesia, para reconstruir un nuevo orden social inspirado por un espíritu cristiano. El domingo 7 de abril de 1872 se fundó en Belleville el primer grupo.

El domingo siguiente, Monseñor Mermillod, auxiliar de Lausana y de Ginebra, fue a predicar a Santa Clotilde: en una iglesia llena de gente ofreció el apoyo de su palabra a la obra naciente de los Círculos católicos obreros.

Los Círculos se desarrollaron rápidamente. En 1878 reunían a más de 30,000 miembros. Pero pronto vino la decadencia, ya que los obreros difícilmente toleraban el “patronazgo” de unos dirigentes salidos del mundo aristocrático y a menudo del ambiente militar.

Por otra parte, los mismos fundadores se fueron confrontando entre sí, a propósito de los objetivos de la obra. Maurice Maignen quería mantenerla en el terreno religioso y lamentaba el abandono de una formación cristiana seria de las familias obreras. Albert de Mun dejó el ejército y se dedicó a la vida parlamentaria, esforzándose en traducir en leyes los deseos de los Círculos.

León Harmel desconfiaba del recurso a los poderes públicos, mientras que La Tour du Pin se dedicaba más bien a la investigación doctrinal.

En efecto, La Tour du Pin estimuló un consejo de estudios, con la finalidad de elaborar una doctrina social, necesaria más que nunca por entonces. Este consejo publicaba “Avis” regularmente sobre las conclusiones a las que iba llegando...

En marzo de 1881, el conde de Breda y La Tour du Pin dirigieron al vaticano dos memoriales, presentando una síntesis de sus trabajos.

Estos documentos, dirigidos a Roma por unos laicos, “forman, cronológicamente hablando, el primero de los dossier que desembocaron en la encíclica “Rerum novarum” (Charles Molette).

Denunciando la libertad ilimitada del trabajo, Breda demuestra la necesidad de “cierta intervención del Estado” para proteger a los obreros contra las consecuencias de la concurrencia internacional.

Llega incluso a proponer al Papa una iniciativa que podría alcanzar un relieve singular: que el Papa apelase a los gobiernos europeos, invitándoles a una conferencia en el Vaticano y en la que el Pontífice defendería la causa de los pobres, no tomando él mismo las decisiones, sino haciéndose el abogado de los obreros...

... aun con las mejores leyes del mundo, siempre habrá ricos y pobres, patrones y obreros; por consiguiente, incluso desde el punto de vista de este mundo, la caridad, el espíritu de sacrificio y la resignación siempre serán necesarios para la verdadera paz social.

Pero, debido al pecado original, la práctica de las virtudes no será nunca universal; tiene que haber leyes humanas, precisamente porque, al haber caído la humanidad, no bastan los medios de persuasión para impedir las injusticias. Sobre todo en el terreno de los intereses materiales domina generalmente la tendencia a los abusos, a los excesos de codicia, al egoísmo; por tanto, la ausencia de todo freno es mala en sí misma y se da siempre en detrimento de los más débiles...

... en la situación actual del mercado, son indispensables ciertas reformas internacionales para llegar a resultados serios a favor de los obreros.

En los orígenes de la encíclica social

La cuestión romana y el cisma de Inglaterra presentaban para la Santa Sede un inconveniente de primer orden para la reunión de una conferencia de este tipo, pero las dificultades que encontraban los católicos sociales indujeron al Papa a hablar públicamente. 

En el Vaticano empiezan a acumularse dossier, procedentes no sólo de Francia, sino también de Alemania y de otros países en que se mantenía contacto entre la Iglesia y el mundo obrero.

Las peregrinaciones de la Francia del Trabajo a Roma desde 1885: los patrones y obreros buscaban una solución.

La Conferencia Internacional de Berlín convocada en 1890 para iniciar una legislación obrera. El Emperador Guillermo pidió ayuda al Papa.

En Austria, el barón de Vogelsang, protestante convertido al catolicismo bajo la influencia de Ketteler, denuncia la miseria inmerecida de los obreros y sostiene vigorosamente la necesidad de una intervención del Estado.

En Inglaterra, el Cardenal Manning interviene en 1889, en la huelga de portuarios de Londres y obtiene de los patronos ciertas ventajas para los obreros.

En efecto, la huelga de los estibadores de Londres en 1889, de más de 250 mil obreros había estancado la vida económica de la Nación y dejó sin pan a miles de hogares; en centenares de buques se pudrían las mercancías. Los obreros eran agitados por Burns.

Gracias a la mediación del incansable Cardenal Maning, quien influyó en favor de los cargadores de muelles, se logró la solución que fue llamada “la paz del Cardenal“.

En Estados Unidos, el cardenal Gibbons acepta la defensa de los “caballeros del trabajo”, en 1886-1887... Mediante algunas modificaciones en sus estatutos, León XIII admitió su legitimidad.

Apoyado por la gran mayoría de Obispos norteamericanos, Gibbons había dirigido a Roma un memorial exponiendo la idea de que en los Estados Unidos “la Iglesia tenía que basarse en el pueblo o verse condenada a muerte”.

Monseñor Mermillod abrió en Suiza el camino al catolicismo social. Deseaba ayudar a los católicos de Ginebra, que eran en su mayoría emigrantes pobres.

A su alrededor se agrupó la Unión de Friburgo, en la que se reunían los que trabajaban en la elaboración de una doctrina social confrontando los diversos puntos de vista: franceses como La Tour du Pin y Milcent, austríacos como el conde de Blome y Vogelsang, suizos como Descurtins y Pitón, el teólogo alemán Lehmkuhl, etc.

Su impulsor fue Monseñor Mermillod y las cuestiones materiales quedaron resueltas por el conde de Blome, que subrayó el trabajo insustituible realizado por La Tour du Pin:

“El es el verdadero fundador de esta Unión; el concibió la idea; él la organizó y es él, aunque no aparezca, el que sostiene y mantiene su creación”.

En Friburgo se fue elaborando una doctrina social católica progresivamente. Su contenido quedó ampliamente sancionado en la encíclica de León XIII.

La encíclica Rerum novarum

Alertado regularmente sobre la necesidad de proteger a la clase obrera a partir de todas las iniciativas de los católicos sociales y de los informes que le enviaban, León XIII adquiere la convicción de que hay que reunir todas las buenas voluntades y que él mismo tiene que tomar posición en el asunto.

En aquellos finales del siglo XIX resultaba urgente una intervención pontificia. Mientras el desarrollo industrial llegaba a su apogeo – su símbolo era la Torre Eiffel, levantada para la exposición universal de 1889 -, las manifestaciones populares se hacían cada vez más violentas (Anzin en 1884, Decazeville en 1886, Fourmies el 1 de mayo de 1891, Chicago en 1886) y el movimiento obrero se ve solicitado por las doctrinas de Proudhon, de Lasalle o de Marx.

Los cristianos lúcidos saben que existe una miseria insoportable.

Redactada por el Padre Liberatore, jesuita italiano, revisada y corregida por los Cardenales Zigliara y Mazella, la encíclica “Rerum novarum” aparece el 15 de mayo de 1891. Sea cual fuere su participación en la elaboración del texto, León XIII la cubrió con su autoridad...

León XIII repite, en efecto, siguiendo a sus predecesores, que si los hombres y las naciones viviesen cristianamente, no sería necesario crear organizaciones y prever remedios.

El trabajo es presentado como una expiación costosa. Se define la desigualdad entre los hombres como una ley de la naturaleza (en términos similares al diccionario de teología de Bergier).

La evocación de las clases superiores y de las clases inferiores, la asimilación del pobre al obrero, del rico al patrono, subraya esta idea de desigualdad natural...

Pero, después de criticar “el falso remedio” que es el socialismo, la “Rerum novarum” aporta puntos de vista realmente nuevos en la Iglesia. Esta toma nota de la condición obrera específica, denuncia la “miseria inmerecida” de los trabajadores, preconiza en el terreno social la acción de la justicia y de la caridad.

El salario justo no es ya el salario convencional mediante un contrato, sino el que permita al obrero atender a sus necesidades. Tiene que proporcionarle un ahorro para los días difíciles y facilitarle la adquisición de un modesto patrimonio. La caridad tiene un terreno muy amplio. Se manifiesta en todo lo que afecta ala dignidad humana. Anima y vivifica la justicia.

León XIII recomienda igualmente todas las formas de asociación. Utiliza en la encíclica una variedad de palabras y de fórmulas para evitar que su pensamiento quede encerrado en cualquier tipo de sistema. Subraya los beneficios de toda asociación y recomienda tanto a las que agrupan sólo obreros como a las que reúnen a la vez a obreros y patronos... La encíclica constituía un verdadero momento fundador.

En ella se fijó la posición de los católicos en la cuestión social: se proclamaron los derechos y deberes de los patrones y de los obreros; se enalteció al trabajo, pues no puede equiparársele a una mercancía cualquiera, ni la ley de la oferta y la demanda es suficiente para establecer la justicia en el salario; se indicaron al Estado sus deberes en el orden económico-social; se hizo apología de las asociaciones profesionales, obreras y patronales, a las que el Estado debe reconocimiento y protección, y se defendió la correcta noción de propiedad privada reconocida ya por los Santos Padres.

Desde entonces quedó establecida la Doctrina Social de la Iglesia.

El tiempo de las fundaciones
  
El impulso dado por la encíclica “Rerum novarum” se tradujo durante los decenios siguientes en múltiples iniciativas. Sensibilizados por la miseria del mundo obrero, los cristianos se esforzarán cada vez en mayor número en conocerla mejor para mejorar realmente su condición.

En Francia, inspirándose también en la encíclica “Au milieu des sollicitudes” (20 de febrero de 1892), que exigía la aceptación de la república, algunos católicos se pusieron a realizar un programa social, no ya apoyándose en las clases privilegiadas, sino a partir de los propios obreros.

Mientras que los católicos sociales de tipo paternalista prosiguen el desarrollo de múltiples obras y quieren crear sindicatos mixtos (es decir, que agrupasen a patronos y a obreros), los demócratas cristianos reconocen el derecho de iniciativa y la responsabilidad del pueblo. 

Los obreros tienen que tomar en sus manos su destino, promover nuevos dirigentes y contribuir ellos mismos a su liberación.

Fundado en Reims en 1891, el primer círculo cristiano nació de la iniciativa de unos trabajadores que acudieron al párroco de Saint-Rémy para estudiar la cuestión social según la enseñanza cristiana, “ya que hoy, en la Iglesia, el viento sopla de este lado...”.

Animados por León Harmel, se crean otros círculos, dirigidos por los obreros. Se reúnen en una federación que celebra su primer congreso en Reims en mayo de 1893. Ferdinand Leclercq, militante obrero cristiano del norte, logra que se adopte allí una moción a favor de los sindicatos independientes, patronos de un lado y obreros de otro.

La mayoría del congreso opina con él que el único camino adecuado a la mentalidad de los obreros es el del sindicalismo obrero independiente.

Hay jóvenes sacerdotes entusiastas que afirman la necesidad de ir al pueblo. Los “curas demócratas” se hacen conferenciantes o periodistas como Naudet o Garnier, o diputados como Lemire o Gayraud.

El primer cura demócrata que entró en la Cámara de Diputados bajo la terecera república fue Lemire, que se vio implicado en todas las iniciativas sociales en materia de legislación... Brotó una nueva aspiración: “hacerse pueblo”; en 1902, el Abate Calippe se imaginó ya cómo podría ser la vida de un sacerdote obrero.

En Bélgica, en 1892, la liga democrática se pronuncia por los sindicatos obreros que defendía enérgicamente el dominico Rutten.

Los demócratas cristianos reciben el apoyo del cardenal Mercier, que no vacila en declarar que, “cuando trabaja por repartir más equitativamente la riqueza pública, el socialismo tiene razón”.

En Alemania, Hitze piensa que “sólo una obra legislativa amplia y profunda, sólo la mano omnipotente del Estado, podrá poner orden en la vida social”. En Renania y en Westfalia se desarrollan sindicatos cristianos que agrupan a obreros católicos y protestantes...

Influido por el movimiento social alemán, el Abate Ariëns lanza en los Países Bajos, en 1891, el primer sindicato católico de obreros.

En Italia, Giuseppe Toniolo anima la Unión católica para los estudios sociales. El “programa de Milán”, puesto a punto en 1894, propone la participación del obrero en los beneficios y la posibilidad de ser accionista, así como las disposiciones para promover la difusión de las casas en propiedad.

Con su revista “Cultura sociale”, Romolo Murri, un sacerdote muy popular entre los estudiantes, quiere fundar la democracia sobre los principios cristianos.

Arrastra a una fracción del clero joven al terreno político y suscita las reticencias de los Obispos de Italia.

Por las mismas fechas, en Francia, el Obispo de Annecy, Monseñor Isoard, critica los congresos de Reims (1896) y de Bourges (1900), en los que se reunieron en ambos casos unos 700 sacerdotes en torno a dos temas: actuar y adaptar.

A través de esos congresistas que proponían un nuevo tipo de formación para preparar sacerdotes presentes en el mundo contemporáneo, Monseñor Isoard veía una crítica a la concepción tradicional del sacerdocio y de la autoridad.

Para calmar los ánimos, en enero de 1901, León XIII publica la encíclica “Graves de communi”, en donde admite la legitimidad de la expresión “democracia cristiana”, pero le quita todo sentido político, “no dándole más significación que la de una acción cristiana benéfica para con el pueblo”; el Papa intentaba mantener la unidad de las fuerzas católicas reduciendo la “democracia cristiana” al catolicismo social.

Se buscaba un camino medio entre las audacias de los demócratas y las reservas de los amigos del paternalismo o del ideal corporativista, deseando una profundización en la “Rerum novarum” que evitase las rupturas.

Nombrado en 1889 presidente de la Acción Católica de la Juventud Francesa (ACJF), Henri Bazire imprime al movimiento una orientación cada vez más social, inspirada en la encíclica y respondiendo al lema: “Sociales, por ser católicos”...

A partir de 1904, las Semanas sociales, fundadas por Adéodat Boissard y Marius Gonin, desempeñan la función de universidad itinerante para difundir las doctrinas sociales.

Henri Lorin, presidente de la Unión de estudios de católicos sociales, prolongación de la Obra de los Círculos, define los temas de las Semanas desde 1905 hasta 1914...

El Padre Henri Leroy funda la Acción popular en 1903. El Padre Gustave Desbuquois la dirige de 1905 a 1946. Este organismo intenta “ayudar” a todos los que trabajan en el terreno social por sus publicaciones, sus conferenciantes, sus consejeros. Los secretariados sociales actúan en el mismo sentido.

Acción popular, hoy convertida en CERAS, permitía actuar a los que trabajaban en el terreno social. Incluso los principales responsables “recurrían a sus opiniones en sus dudas:

Eugène Duthoit, brillante presidente de las Semanas sociales, un Zirnheld y un Tessier de la CFTC (Confederación Francesa de Trabajadores Cristianos), un Abate Guérin, fundador de la JOC (Juventud Obrera Cristiana) en Francia, hasta militantes locales o jóvenes sacerdotes que encontraban allí, como bien sabemos, de primera mano, la luz y la seguridad que necesitaban, y esto sin tener que temer ningún intento de absorción” (Paul Droulers).

Acabamos de mencionar dos fundaciones que marcan de manera especial el periodo entre las dos guerras: la JOC y la CFTC. 

En Bélgica, un joven sacerdote, Joseph Cardijn, comprueba que la entrada en la fábrica equivale para el joven trabajador a la salida de la Iglesia. En 1924 lanza la juventud obrera cristiana (JOC).

El Abate Georges Guérin, vicario en Clichy, decide imitar esta fórmula. Reúne a unos cuantos jóvenes obreros y aprendices en torno a Georges Quiclet: así nació la JOC francesa (1926).

Aporta a la ACJF una nueva pedagogía. Su método de encuesta: “ver, juzgar, actuar”, invierte el proceso habitual de los católicos, obliga a poner atención en la realidad, en las condiciones de vida. 

“El descubrimiento de los ambientes de vida, escribe el Abate Pierre Tiberghien,...: aquello fue para muchos de nosotros como un fogonazo”.

La JOC devolvía a los militantes el orgullo de ser cristianos; se había fijado como objetivo la recristianización del mundo obrero.

Pero “el ‘Nous referons chrétiens nos frères’ (“volveremos a hacer cristianos a nuestros hermanos”), que cantaban con ardor, significaba que se quería también ayudar a los jóvenes trabajadores a encontrar unas condiciones de vida, de trabajao.

De alojamiento, de ocio, que les permitiera escuchar mejor el Evangelio y vivir como cristianos” (Cardenal Marty).

En Francia, en vísperas de la primera guerra mundial, los sindicatos libres se reúnen para dar origen a la Confederación Francesa de Trabajadores Cristianos (CFTC). 


Intenta inspirarse en la encíclica “Rerum novarum” y provocaría diez años más tarde una decisión romana de alcance universal.

Desde sus primeros congresos, la CFTC pidió la generalización de los convenios colectivos y solicitó el arbitraje para encontrar una salida a los conflictos sociales.

Su aparición en 1919 la enfrentó desde el principio con la CGT, que se consideraba como la única representativa del mundo obrero. Pero provocó además el descontento de los patronos, irritados al ver que los obreros católicos exigían sus derechos con vigor.

Un conflicto ejemplar la opuso al consorcio textil de Roubaix-Tourcoing, un organismo patronal que quería ser social, pero fuera de toda participación sindical.

El consorcio, convencido de que los sindicatos cristianos eran organizaciones peligrosas, se dirigió al Vaticano para obtener su apoyo, en medio de un clima social especialmente tenso.

En diciembre de 1923, Eugène Mathon, presidente del consorcio, envió a Roma un informe, inspirado sin duda por el secretario general, Désiré Ley, y dirigido contra el Clero que aconsejaba los sindicatos libres.

En agosto de 1924, expidió un segundo informe dirigido contra los sindicatos cristianos atacándolos en sí mismos. Denunciaba sus tendencias socialistas, su connivencia con las organizaciones revolucionarias y sus intenciones políticas.

El Vaticano emprendió una larga investigación, confiada al Padre Danset, y comunicó finalmente su respuesta, en 1928, a Monseñor Jansoone, administrador de la diócesis de Lille.

Más tarde, Roma se decidió a publicar este juicio de la Congregación del Concilio, en 1929, para aprobar la actitud de la CFTC y la de Monseñor Liénart, el nuevo Obispo de Lille, cuando las huelgas de Halluin.

La Congregación del Concilio confirma el derecho de los obreros cristianos a constituir sindicatos distintos y desea que se desarrollen

Los empresario industriales no han de ver en ellos un desafío en su contra.

En cuanto a las acusaciones que atribuían a esos sindicatos “un espíritu marxista y un socialismo de Estado, están totalmente privadas de fundamento y son injustas”.

Roma admite además una alianza de sindicatos cristianos con los sindicatos neutros e incluso socialistas, a título excepcional, para acuerdos temporales y evitando los peligros posibles.

Finalmente, la Congregación felicita a los Obispos de la región del norte por haber confiado a sacerdotes competentes la misión de asistir a los dirigentes y a los miembros de los sindicatos en el plano espiritual, así como para las cuestiones que tenían implicaciones morales.

Era una victoria para los sindicatos cristianos. “Ya no estaba permitida la duda; la Santa Sede había aprovechado la ocasión del conflicto de Roubaix-Tourcoing para dar derecho de ciudadanía en la Iglesia al sindicalismo cristiano.

Los patronos que siguieran combatiéndolo o incluso ignorándolo no podrían apelar ya a la Doctrina Social Católica” (Robert Talmy).

La encíclica “Quadragesimo anno” 

Para conmemorar el cuadragésimo aniversario de la encíclica “Rerum novarum”, Pío XI se dirigió esta vez, no sólo a la jerarquía, sino a todos los fieles del mundo.

Hacía el balance de los resultados de la intervención de León XIII en 1891 y definía él mismo nuevas orientaciones.

En la encíclica “Quadragesimo anno” (15 de mayo de 1931), el Papa comprueba que el capitalismo liberal, constituido por unidades de dimensiones medias, ha cedido el lugar a una pujante concentración de capitales, a un verdadero “régimen capitalista”.

Los que gobiernan el crédito tienen “la vida en sus manos, de forma que no se puede ni respirar sin su consentimiento”.

Ante un mundo que avanza cada vez más decididamente por el camino del capitalismo o por el camino del marxismo, Pío XI reconoce a los sindicatos obreros “la función de defender en el mercado del trabajo los derechos y los justos intereses de los asociados”.

Los sindicatos cristianos tienen la misión de “sostener vigorosamente los derechos y los justos intereses de los trabajadores y de impulsar incluso hacia la aplicación de los principios cristianos en materia social”.

Para estimularlos por este camino, el Papa introduce por primera vez en un documento pontificio la expresión “justicia social”.

Estaba, sin duda, lejos todavía de tener un sentido claramente definido, pero la encíclica hablaba de ella en función de los frutos que cabía esperar de la misma: una mejora de las relaciones entre patronos y obreros, una corrección de la distribución de la renta nacional y una participación de todas las clases en los recursos acumulados por los progresos de la economía...     

La justicia social expuesta por la encíclica “Qudragesimo anno” abarcaba todas las relaciones que se establecen en el terreno económico; tenía un contenido muy amplio; sus manifestaciones variarían según los tiempos, los lugares y las situaciones; debía ser fuente de dinamismo y de invención.

En 1934, el presdidente de la ACJF, que exponía al Papa cómo sobre su movimiento repercutían las ideas de la encíclica “Qudragesimo anno”, se extrañó al ver cómo Pío XI fruncía el entrecejo. El Papa le explicó:

“¿Cree que hoy, en 1934, no diríamos más que lo que escribimos en 1931..., haca ya tres años?”

Y el Papa añadió que la verdadera fidelidad tiene que hacerse inventiva.

“Vuestra tarea, concluyó Pío XI, en este terreno, es trabajar por preparar la próxima encíclica sobre la cuestión social”.

Bibliografía


* Paul Christophe, Para leer la historia de la pobreza (del siglo I al siglo XX), editorial Verbo Divino, Navarra, España, 1989

Bibliografía complementaria


Cardenal Joseph Höffner, Sistemas económicos y ética económica, Normas de doctrina social católica, Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (IMDOSOC), México, 1987

- Doctrina Social Cristiana, Ordo Socialis, Herder, Barcelona, 2001

J. Rafael Faría, Curso Superior de Religión, Librería Voluntad LTDA., Bogotá, 1955

- Ética, Curso de Filosofía, México, (s.f.)

Bernardo López Ríos: 

La Iglesia y la Cuestión Social, en Disidencias, boletín de Ciencias Políticas y Administración Pública, nos. 27/28, agosto-septiembre, Escuela Nacional de Estudios Profesionales “Acatlán”, UNAM, México 1982, pp. 24-39

En Palabra, revista doctrinal e ideológica del Partido Acción Nacional:

Las fuentes social cristianas del artículo 123 constitucional, Año 12, No. 47, enero-marzo, México 1999, pp. 123-141

Para leer la historia de la pobreza (del siglo I al siglo XI), Año 17, No. 70, octubre-diciembre, México, 2004, pp. 107-126

Para leer la historia de la pobreza (del siglo XI al siglo XV), Año 18, No. 71, enero-marzo, México, 2005, pp. 131-151

Para leer la historia de la pobreza (siglos XVI y XVII), Año 18, No. 72, abril-junio, México 2005, pp. 131-146

Para leer la historia de la pobreza (siglos XVII y XVIII), Año 18, No. 73, julio-septiembre, México 2005, pp. 153-168

Para leer la historia de la pobreza (siglo XIX), Año 18, No. 74, octubre-diciembre, México 2005, pp. 105-126

Manuel Loza Macías, S.J., Mensajes sociales para el mundo de hoy, Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (IMDOSOC), México 1992

- A propósito de la encíclica “Mater et Magistra”, Colección Panorama, No. 9, JUS, México, 1963

- La creación de riqueza: su grandeza y su miseria, Colección “Diálogo y Autocrítica”, No. 38, Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (IMDOSOC), México 1994

Francisco Pallás Vilaltella, O.F.M., La Doctrina Social de la Iglesia, sobre la condición y el trabajo de los obreros, Espasa-Calpe, Madrid 1941

No hay comentarios:

Publicar un comentario