miércoles, 20 de noviembre de 2013

Historia de la Pobreza (siglos XVI y XVII)

Siglos XVI y XVII

Para leer la historia de la pobreza


Por Bernardo López Ríos *


* Católico, Apostólico y Romano, fiel a las enseñanzas de Su Santidad el Papa Francisco, de Su Santidad Benedicto XVI, Papa Emérito, del Concilio Vaticano II y del Magisterio de la Iglesia Católica

El hombre es un pobre que precisa pedir todo de Dios

Saint Jean-Marie Vianney, Cura de Ars


"La felicidad del hombre no requiere abundancia de bienes; 

una medianía le basta"

Imitación de Cristo, Beato Tomás de Kempis

Preámbulo

Los pobres, en cuanto tales, habían sido los grandes olvidados de la historia. Sin embargo, desde su origen, la Iglesia ha acogido a los pobres y a la pobreza como cuestiones permanentes que la interpelan sin cesar. 

Pero ya hace algunos decenios que los historiadores han mostrado su predilección por el mundo de los olvidados. Los ausentes de la historia se han visto invitados a entrar en ella: emigrantes, desarraigados, esclavos, cautivos, víctimas del hambre y de la miseria...

El servicio a los pobres y la búsqueda de la pobreza, indisociablemente unidos entre sí, forman la trama y la cadena de una inmensa tarea llevada a cabo por Paul Christophe, profesor en el Instituto Católico de Lille y en el Seminario de San Sulpicio, quien ha pretendido trazar unas perspectivas, señalar unos conjuntos y subrayar las evoluciones en la actitud de la Iglesia ante la pobreza, en su obra Pare leer la historia de la pobreza (del siglo I al siglo XX), de la cual presentamos la siguiente reseña que abarca el siglo XVI:

La primera dificultad de los historiadores ha sido la de definir qué es un pobre, ya que el contenido de esta palabra ha ido variando considerablemente a lo largo de las épocas. Michel Mollat ha dado para la Edad Media una definición que puede ser considerada con validez para todas las épocas:

El pobre es el que, de forma permanente o temporal, se encuentra en una situación de debilidad, de dependencia, de humillación, caracterizada por la privación de medios, variables según las épocas y las sociedades, de poder y de consideración social: dinero, relaciones, influencia, poder, ciencia, calificación técnica, nacimiento honorable, vigor físico, capacidad intelectual, libertad y dignidad personal. 

Viviendo al filo de cada día, no tiene ninguna oportunidad de elevarse sin la ayuda de otro. Esta definición puede incluir a todos los frustrados, a todos los marginados, a todos los abandonados, a todos los preteridos por la sociedad; no es específica de ninguna época, de ninguna región, de ningún ambiente. 

Tampoco excluye a los que, por ideal ascético o místico, quisieron desprenderse del mundo o que, por abnegación, escogieron ser pobres entre los pobres.


1. Sobresaltos cristianos en los umbrales de la 
época moderna

Siglo XVI


El mundo de los pobres

Para los siglos XVI y XVII pueden considerarse como pobres “aquellos que están a punto de llegar a serlo” (Jean Pierre Gutton), es decir, los jornaleros que sólo cuentan con sus brazos para subsistir y que no disponen de reservas. Esta condición precaria caracteriza con bastante exactitud la situación de la gente sencilla.

Una pobreza obsesiva

Los hombres que viven al filo de cada día, con la obsesión del pan cotidiano, son en primer lugar los jornaleros, los trabajadores del campo sin empleo fijo y sin ahorros. 

Sus cuarenta años de viaje a través de toda Francia le permitieron a Vauban comprobar cómo la pobreza era una amenaza permanente para un inmenso gentío que “no tienen profesión ni oficio alguno particular”, pero que se encargan de realizar todos los trabajos duros y pesados.

Algunos empleos suponen desplazamientos continuos y están muy cerca del vagabundeo y de la mendicidad. Así, los marineros que bajan por el Loira en barcazas destrozadas que venden como leña para calentar, y ellos se vuelven a pie a su punto de partida, siguiendo la orilla.

Los mercaderes ambulantes, cargados de libros o de almanaques, de cuchillos, tijeras, peines, agujas e hilos, pañuelos y manteles, estampas y rosarios, que suelen acudir a la puerta de los conventos y no poseen de ordinario domicilio fijo. 

La profesión de sastre, a menudo itinerante por las aldeas, se caracteriza también por su inestabilidad, así como la de recogedores de harapos destinados a convertirse en papel, como los traperos de Auvergne o del Delfinado.

 Los hombres que viven del bosque – piconeros, madereros, “ceniceros” que proporcionan las cenizas necesarias para fabricar vidrio – llevan también una existencia pobre y precaria.

En las ciudades hay muchos pequeños artesanos que rondan con la indigencia: zapateros, porteadores, criados, lavanderos o aguadores en la España del siglo XVI, o algo más tarde tejedores, costureras y bordadoras de Maguncia...

Las guerras y las devastaciones consiguientes, el paro (desempleo) y el endeudamiento provocan un aumento de la mendicidad.

Los jornaleros y los braceros, los pequeños campesinos y los artesanos son los más afectados. Por los caminos se multiplican lo vagabundos. 

Ofrecen efectivos a los ejércitos que los reclutan, pero que los en libertad durante el invierno, en “vacaciones semestrales”, convirtiéndose así en profesionales de la vida picaresca, o devolviéndolos luego, cuando son ya ancianos o inválidos, a la vida civil, con lo que su readaptación resulta muy difícil. 

Hasta finales del siglo XVII, los ejércitos europeos dan cobijo y amparo a multitud de bribones, pordioseros, prostitutas, que los siguen por todas partes.

Hay una proporción muy importante de sacerdotes pobres y necesitados que viven de la limosna.

En semejante contexto, la dureza de los ricos y su afán de enriquecerse agravan más aún la miseria de los desgraciados. Desde finales de la Edad Media hasta el siglo XIX se desarrolla, particularmente en Inglaterra, el movimiento de los terrenos cercados. 

La concentración de tierras para cercarlas y dedicarlas a la cría de ganado, así como la explotación de los bienes comunales, reducen la mano de obra necesaria para la siembra, privan a los obreros del campo de los animales que podían apacentar en las tierras comunes y obligan a los jornaleros a emigrar en busca de trabajo. 

En una página inolvidable de la “Utopía”, Santo Tomás Moro deja explotar su indignación contra las “ovejas comedoras de hombres”...

En los pueblos y aldeas, los ricos propietarios son los que más se benefician de la emigración forzada de los pobres. Se quedan con sus tierras y con sus casas....

La privación de los pobres se extiende a los objetos de primera necesidad. Sus muebles se limitan a las tablas de su cama y a unos sacos llenos de paja. En 1669 se ordena en Francia la destrucción de “las barracas levantadas por los vagabundos e inútiles”, a orillas de los bosques. En Génova, en el siglo XVI, cada invierno se venden muchos pobres como forzados en las galeras....

Jornaleros sin trabajo, campesinos víctimas de malas cosechas, del alojamiento de las tropas, del saqueo o de las requisas, braceros desposeídos de su derecho a utilizar los bienes comunales, artesanos víctimas del paro (desempleo) y de la carestía de la vida, todos ellos se vieron en la necesidad de pedir limosna. 

El mundo rural se vio especialmente afectado. Hubo aldeas que quedaron desiertas, tanto en Francia o en las islas británicas como en los países mediterráneos y en la Europa central.

Una pobreza inquietante

Hacia el año 1530, los vagabundos se convirtieron en una amenaza contra el orden público y causaron serias preocupaciones. Hay una masa de pobres que viven al margen de la sociedad. 

A partir de la segunda mitad del siglo XVI, todos esos individuos caen bajo la sospecha de difundir la herejía o de ser espías del extranjero. De todas formas, constituyen factores de contagio y se ven expulsados o aislados cuando se presenta una epidemia.

Todos esos marginados dan miedo. Son gentes “sin conciencia”, es decir, individuos de los que ningún hombre digno de fe acepta ser responsable.

De hecho, los vagabundos constituyen una masa fácil de maniobrar en los motines agrarios, en los ataques a los cargamentos de trigo, en esos movimientos más o menos espontáneos que se llaman entonces “revoluciones de la gleba”...

No es extraño que el vagabundeo y la mendicidad se encuentren cada vez más unidos, en la mentalidad de la gente, a la truhanería y al robo, e incluso al bandolerismo. De hecho es lo que ocurría con frecuencia... 

Estos vagabundos causan más temor todavía porque forman bandas armadas que extorsionan a los campesinos, que atacan a las casas aisladas y les queman los pies a los que se niegan a decir dónde esconden el dinero. En las ciudades, roban a hurtadillas y fingen todas las enfermedades posibles para que se compadezca la gente.

En una Bula de 1587, el Papa Sixto V deplora “la astucia y el descaro de los que, simulando una enfermedad o fingiendo una necesidad que tiene su origen tan sólo en su pereza y holgazanería, les quitan el alimento a los verdaderos enfermos y a los verdaderos pobres. 

Pero después de simular la enfermedad con su arte infame, astuto y mentiroso, recuperan muy pronto su salud para entregarse al juego, a las francachelas y demás placeres prohibidos...”.

Una pobreza criticada

El número creciente de necesitados, sus exigencias a veces insolentes, su vagabundeo sospechoso, la proliferación de la miseria, engendran reflejos de temor y hacen desaparecer el carácter sagrado del pobre. No representa ya, simplemente por el hecho de su pobreza, una imagen de Jesucristo... 

La pobreza queda desmitificada; es un mal que hay que combatir. El pobre queda desacralizado; resulta sospechoso a los ojos de los partidarios del orden. O por lo menos se llega a distinguir entre “buenos” y “malos pobres”. Los “malos” son los holgazanes, los parásitos, los vagabundos. Los “buenos” son los que uno conoce, los que pertenecen desde siempre a la aldea o a la ciudad, especialmente los ancianos, las viudas, cuya proporción es mayor en las pequeñas ciudades, y los niños abandonados... 

Estas ideas, que se difundieron ampliamente en los tiempos modernos, se encuentran ya en las homilías de Jean Geiler de Kaiserberg. Durante 32 años, de 1478 a 1510, predicó varias veces por semana en Estrasburgo. Para acabar con la mendicidad, propuso recurrir al Estado para que obligara a trabajar a los haraganes.

La defensa de la doctrina

Frente a la tentación del miedo o del desprecio que nacen de la presencia invasora de los pobres, de la marginalidad de los vagabundos, de las reivindicaciones sordas o clamorosas de los miserables, el alba de los tiempos modernos registra algunas reacciones cristianas.

Jean Geiler de Kaiserberg, aunque preconiza soluciones nuevas, sigue proclamando la dignidad del pobre como representante de Jesús. Sensible a la iniquidad de los contrastes de la fortuna, Geiler recuerda que lo superfluo de los unos es lo necesario de los otros. Sigue sosteniendo el derecho del pobre en casos de necesidad extrema...

A propósito de los días difíciles, Erasmo (de Rótterdam) denuncia las desigualdades sociales. En sus “Coloquios” muestra cómo los peones pasan hambre, mientras que el rico puede comer pescado raro y manjares delicados...

Algunos como Jean Standonck emprenden por otro lado la tarea de revalorizar la opción de la pobreza voluntaria. Director del colegio de Montaigu, se esforzó en preparar sacerdotes entregados por completo a su tarea, desinteresados y capaces de dar a la Iglesia un testimonio de auténtica pobreza. 

En 1503 acabó la regla de su “Sociedad de los pobres de Montaigu”, que “sigue siendo uno de los monumentos más importantes de la reforma católica a principios del siglo XVI”...

En fin, lejos de ceder a la tentación de despreciar a los pobres, algunos cristianos se ponen decididamente a su servicio.
 
Hijo de un artesano portugués, pastorcillo, palafrenero, soldado en los ejércitos de Carlos V, vaquero, peón de albañil, criado para todo, librero ambulante, fundador de un hospital, héroe de la caridad, la vida de San Juan de Dios, el mendigo de Granada, fue agitada y pintoresca, con una interesantísima trayectoria que le llevó de España al África, a Austria, a los asedios de Fuenterrabía. 

Se puso a disposición de los enfermos y abandonados. Fundó un hospital en Granada. Previó incluso camas individuales, en aquella época en la que solían dormir varios enfermos en una sola cama. 

Puso salas distintas para los heridos, los ancianos, los dementes y los que tenían fiebre. Llamado en religión Juan de Dios, puso los fundamentos de una orden hospitalaria

Su incomparable caridad se extendía a todos, niños abandonados, campesinos hambrientos, obreros en paro (desempleados), prostitutas; a sus enfermos hospitalizados los llamaba “nuestros señores, los pobres enfermos”. 

Murió, víctima de su abnegación, rodeado de la veneración del pueblo, que le dio el nombre de “padre de los pobres”. 

A los tres votos solemnes, los hermanos hospitalarios de San Juan de Dios añaden el voto especial de hospitalidad, que les obliga a cuidar a todos los enfermos, incluso con peligro de sus vidas.  

La mentalidad capitalista


La mentalidad capitalista mira a la ganancia como un fin en sí mismo y al aumento de la riqueza como el objetivo de la vida terrena. No rechaza toda moral económica, sino que condena el robo, la mentira, etc., pero separando el terreno de los negocios del de la religión. No piensa que la búsqueda de los bienes materiales pueda ser un obstáculo para entrar en el Cielo después de la muerte. Se caracteriza además por un fuerte individualismo.

La resistencia a la mentalidad capitalista


El descubrimiento de la nueva ruta a las Indias y el de América aumentaron la masa de capital y desarrollaron el espíritu mercantilista. Contra una mentalidad capitalista que considera el lucro como objetivo de la vida y que va acompañada de un fuerte individualismo, la Iglesia seguía enseñando una doctrina basada en la Escritura y en los Padres, desarrollada por los canonistas y los teólogos. Se oponía especialmente a la acumulación de las riquezas que se llevaba a cabo en detrimento de los pobres. 

La condenación de la usura en sentido amplio, es decir, de toda especie de préstamo a interés, se justificaba por el propósito de proteger a los pobres; esos préstamos no hacían más que explotar la desgracia de los demás.

El renacimiento económico del siglo XII había obligado ya a matizar las prohibiciones. Sin admitir un interés propiamente dicho, los canonistas toleraban una compensación en dinero por razones extrañas al préstamo mismo. 

Concedían cierta indemnización si había algún riesgo de pérdida (periculum sortis), un daño posible (damnum emergens) o una ganancia perdida (lucrum cessans)... En el siglo XVI, la sociedad civil legalizó el préstamo a interés. 

Carlos V admitió para los Países Bajos en 1540 un interés moderado, que distinguió de la usura. En 1545, una ley inglesa admitía el interés del 10 %...

Lutero, Zwinglio y Bucer siguen condenado el préstamo a interés... La Iglesia Católica mantuvo la prohibición de la usura. Calvino aceptó el préstamo a interés, pero rehusando el espíritu de lucro. 

Por ambos lados, ¿no era la defensa de los pobres y el deseo de suprimir la pobreza lo que estaba en la base de estas opciones diferentes? Los católicos y los reformados, sin embargo, son impotentes para contener la mentalidad capitalista y su fuerte individualismo...

Predicadores, reformadores y humanistas se esfuerzan sin éxito en refrenar el desarrollo del espíritu mercantilista, mientras que la presencia obsesiva de muchos pobres constituye una amenaza para los que poseen riquezas. 

El aumento de la miseria supone las posibilidades de asistencia de las instituciones caritativas tradicionales. Por eso los burgueses intentarán controlar la identidad de los pobres en sus ciudades, y los Estados se orientarán hacia la búsqueda de un sistema represivo. 

La “Utopía” de Santo Tomás Moro

Ya hemos evocado a Tomás Moro con ocasión de su célebre texto de “las ovejas que devoran hombres”. Amigo de Erasmo (de Rótterdam), de formación jurídica, sheriff adjunto de Londres en 1510, Tomás Moro elaboró lo que se convertiría en el segundo libro de la “Utopía” durante su estancia en Amberes en 1515...  

Al volver a Inglaterra, le impresionó el contraste entre la miseria de los trabajadores de Londres y la opulencia de las ciudades de Brujas, Malinas, Tournai... Más de doce mil ladrones y vagabundos fueron colgados en el reinado de Enrique VIII...

Junto a los letrados y mercaderes de Brujas o de Amberes, su imaginación se exaltó ante la evocación de aquellos países del Nuevo Mundo en donde los habitantes no atribuyen ningún valor especial a los metales preciosos... 

Tomás Moro nos lleva entonces a “Utopía”, el país más allá del tiempo, aquella isla de felicidad, aquella ciudad de la inocencia de donde ha sido desterrado el mandato del dinero, ya que sus habitantes no utilizan la moneda. 

Los habitantes de Utopía consideran el oro y la plata como señales de infamia. Los extranjeros que ignoran sus costumbres pasan por bufones.

En Utopía, el valor supremo que asegura la coherencia de la civilización es la comunidad de naturaleza y de destino. Exige la puesta en común de los bienes. Prohíbe la codicia, que organiza el desorden social. Se opone a la posesión absoluta de los bienes, que arroja a los propietarios a la miseria...

Tomás Moro nos ofrece prácticamente “el primer análisis importante de los fenómenos socioeconómicos modernos que ha registrado la historia” (André Prévost). 

Describe el paro (desempleo) y la miseria provocados por los grandes propietarios, la condición de los obreros peor que la de las bestias de carga, la imposibilidad de la sociedad de reformarse y de dominar las crisis, la degradación moral que acomoda la doctrina a las realidades de la vida, la”conspiración de los ricos” que transforman en leyes sus injusticias.

A Tomás Moro le interesaba sobre todo trazar una sátira de su tiempo y temió las malas interpretaciones, puesto que en vez de traducir su libro a la lengua común para que todos pudieran leerla, resolvió dejarlo en su original versión latina, “ya que los hombres, escribió, por su propio vicio, tuercen el sentido hasta de las Sagradas Escrituras de Dios” y podrán con mayor razón hacerlo “con una obra que yo haya escrito, aunque no tenga ningún mal”. 

Aunque la obra de Santo Tomás Moro sirvió de fuente para el socialismo del siglo XX, él personalmente no creyó en la existencia real del socialismo, pero sí en los ideales descritos en su “Utopía”, pues en el libro primero afirma: 

“En cuanto a mí creo, por el contrario que no podría vivir en felicidad en un régimen colectivista, ya que donde las cosas se logran sin esfuerzo, todos dejan de trabajar”. Y al final concluye: “he de confesar fácilmente que hay en la República de Utopía, muchas cosas que desearía ver en las ciudades nuestras. Cosa que, más que espero, deseo”.

El proyecto de Moro se vislumbra en filigrana. La “Utopía” no pide una imitación literal; está destinada a provocar una conversión de corazón. Actúa como un poderoso fermento que anima proyectos de sociedades ideales, acomodadas al carácter de las diferentes naciones. Engendra micro-utopías, de las que son ejemplo las organizaciones monásticas... expresa la sed de justicia de la humanidad en marcha, provoca una liberación interior que se abre a la esperanza de un mundo mejor.  

El combate de Fray Bartolomé de Las Casas

El dominico Bartolomé de Las Casas se esforzó en transformar esta esperanza en realidad para los indígenas del Nuevo Mundo, para los más pobres, para los reducidos a la esclavitud... Después de haber sido colono realista y apasionado, propietario y hombre de negocios, Las Casas oyó en 1511 la llamada lanzada por el dominico Antonio de Montesinos, en una iglesia de La Española (= Santo Domingo)... 

Las Casas recibe el hábito dominicano y emprende un largo combate por la justicia. Lucha a favor de los indígenas para arrancarlos del trabajo forzado en las minas y en las plantaciones. El Padre Minaya, uno de sus compañeros, obtiene del Papa Paulo III la Bula “Sublimis Deus” (1537), que afirma:
“Los indígenas y todos los demás pueblos de los que en adelante tomen conocimiento los cristianos, aunque vivan fuera de la fe de Cristo, no tienen que ser privados de su libertad ni de la posesión de sus bienes”.
El mismo Bartolomé de las casas participa en la preparación de las “Leyes nuevas” que promulga Carlos V en 1542-1543, en las que se organiza la desaparición del sistema de la encomienda. 
Nombrado Obispo de Chiapas, en México, Las Casas es denunciado por los colonos españoles que no aceptan prescindir de los servicios de los indígenas ni quieren restituir los bienes mal adquiridos. 
Vuelve a España y sigue defendiendo la causa de los indígenas ante el emperador y luego ante el rey Felipe II. Exige el respeto a su cultura. Quiere que se les trate exactamente como a los demás hombres.

2. Intervención policial y reclusión de los pobres

Siglos XVI y XVII

El control de las ciudades y del Estado


La carga aplastante de los pobres llegó a superar con mucho las posibilidades de la limosna tradicional. Los hospitales no representan más que pequeños establecimientos con una capacidad de camas insuficiente... 

En Amberes, cada año mueren “en la calle” doscientos o trescientos pobres. Aunque no haya que generalizar ciertos hechos excepcionales, no hay más remedio que constatar que las instituciones caritativas que legó la Edad Media eran impotentes desde hacía tiempo para socorrer las necesidades de los pobres.

Asistencia urbana


Las burguesías locales toman pues el relevo. Los concejales de París logran municipalizar el hospital en 1505... Cada vez se extiende más el control urbano sobre los pobres y los hospitales:... 

En 1548, el hospital de San Juan Evangelista de Angers se independiza de la gestión de los religiosos agustinos, cuyo Prior recibía la cuarta parte de las rentas, y pasa bajo el control de los concejales. La municipalización de las obras de asistencia se lleva a cabo igualmente en Castilla, en Inglaterra, en los cantones suizos, en Italia, etc.

Especialización

Progresivamente se establece la distinción entre la gestión material en manos de un administrador laico y la asistencia espiritual confiada al Capellán, entre los hospicios generales, adonde se acude para subsistir, envejecer y morir, y el hospital de orientación terapéutica. 

A finales de la Edad Media, se da una especialización de las casas hospitalarias según las categorías de los enfermos y las situaciones especiales. Las ciudades se preocupan de fundar hospitales para los huérfanos, así como para los niños expósitos, hijos de padres desconocidos. Ignorados por la sociedad civil, estos niños abandonados eran atendidos por la autoridad eclesiástica. 

Intervención del Estado


Los mismos gobernantes vienen a controlar la gestión de los fondos y el destino de las limosnas. El hospital de Langers queda bajo el control real desde 1501. 

El estado borgoñón funda el hospicio de Beaune. Bajo Francisco I, a partir de 1543, el Capellán mayor del rey recibe el encargo de reformar los hospitales, tanto si eran de fundación real, como de la Iglesia o de particulares... 

Carlos V ordena en 1531 que se cree en cada ciudad o aldea de los Países Bajos una bolsa o mesa de los pobres.

Resistencia de la Iglesia


Pero los clérigos no desean verse totalmente eliminados de la gestión de los hospitales y de las obras de asistencia. El Concilio de Trento, en su 25ª y última sesión, en 1563, afirma su voluntad de realizar reformas, pero bajo el control de la Iglesia... Los concilios provinciales trabajaron... por sostener las intervenciones episcopales en el sistema hospitalario, y la Iglesia de Francia obtuvo la inspección de lo que ella consideraba como una de sus principales funciones.

La intervención policial con los pobres


La gran masa de campesinos arruinados, las víctimas de la guerra y del paro (desempleo), se ven reducidos a la mendicidad. Los ciudadanos se ven ahogados por el número de pobres, y se llenan de miedo... El desdén deja paso al miedo, sobre todo cuando los mendigos son robustos y, transformándose en amotinados, se apoderan de la ciudad, como pasó en la “gran Rebeine” de Lyon en 1529.

Se organiza un sistema represivo. En Inglaterra, después de 1388, los pobres tienen que llevar “cartas de ruta”. A finales del siglo XV, el parlamento de París prevé ya para ellos algunas penas: cárcel, marcas con hierro candente, expulsión. El mismo Tomás Moro evoca en su “Utopía” a “esos mendigos fornidos y con buena salud que disimulan una enfermedad cualquiera para ocultar su holgazanería”. 

Carlos V se queja de los falsos pobres que recorren sus Estados. El pobre se ve rechazado. La ciudad ideal imaginada por Leonardo da Vinci tiene dos pisos: las calles altas no estarán abiertas a las carretas, sino reservadas a las personas distinguidas... Siguiendo el ejemplo de Lyon, las ciudades se preocupan de dar de comer a sus pobres y de expulsar a los demás.

Expulsar a los forasteros


Hacia 1539, la ciudad de Lyon exige a los pobres seis años de residencia para que puedan participar de las distribuciones semanales. En 1531, Carlos V prohíbe la mendicidad en los Países Bajos. Suiza toma medidas severas contra los mendigos llegados de otras partes. 

En Francia y en España se dan normas para proteger a los fieles contra los mendigos que les importunan en las iglesias. Carlos IX en 1560, Enrique III en 1570 prohíben a los posaderos recibir a la gente indocumentada. La hospitalidad se les podrá conceder a los desconocidos por una noche, pero no más.   

La ayuda de los cristianos


La creación de la limosna general en Lyon y en otros lugares podía apoyarse en la obra de un cristiano fervoroso, Juan Luis Vives, un español nacido en Valencia y casado en Brujas, profesor en Lovaina y amigo de Erasmo (de Rótterdam)

En su obra, aparecida en 1526, “De subventione pauperum”, opina que el magistrado – o sea, las autoridades de la ciudad – es responsable de las asistencias, con la obligación de descubrir a los simuladores y de echar a los vagabundos. 

El magistrado debe sobre todo buscar trabajo a los mendigos: los ciegos pueden mover las ruedas de las prensas, los ancianos pueden realizar trabajos fáciles; los hospitales tienen que reservarse para los enfermos y los niños abandonados. Vives opina que los ricos darán más si están seguros de que sus donativos servirán solamente a los realmente pobres.

La obra de Juan Luis Vives inspira la conducta de los notables de Lyon, que crean la “limosna general”...  La limosna general conservaba sin embargo un carácter religioso. Organizaba cada año una gran procesión de todas las personas inscritas en las listas de asistencia.  

Objeciones y arbitraje


Se hacen oír sin embargo algunas voces que protestan contra la prohibición de la mendicidad en las calles, contra la obligación impuesta a los mendigos de llevar un signo distintivo, contra la negación de asistir a los pobres forasteros. Algunos predicadores ven en ello una limitación impuesta al carácter absoluto de la caridad... 

La Facultad de Teología de París... da una sentencia favorable a la nueva organización de la asistencia, con la condición de que se tolere la mendicidad pública si el magistrado no asiste a todos los pobres... A mediados del siglo XVI, ocho ciudades de Francia habían adoptado la nueva organización de la asistencia... 

Sin embargo, a lo largo de los caminos quedaban, hacia el 1600, minúsculos hospitales, heredados de la Edad Media, en donde no habían penetrado las nuevas ideas y en donde los vagabundos seguían siendo acogidos como “los pobres de Cristo”.

La reclusión de los pobres

El nuevo sistema de asistencia se demuestra incapaz de dar abasto al “insoportable número de pordioseros”. Sus incesantes solicitaciones provocan la exasperación. El empeño por restablecer el orden y protegerse de todos los que se consideran como asociales llevará a la reclusión de los pobres en los establecimientos llamados en Francia “hospitales generales”. La “reclusión mayor” permitiría obligar al trabajo a los haraganes. Los mercantilistas... y otros, juzgan que el comercio exterior es deficitario y que es preciso utilizar todos los brazos. Su argumentación provoca la adhesión de los poderes públicos.


Roma

Los Estados pontificios no se ven libres de los problemas nacidos de la afluencia de pobres. En el siglo XVI, Roma contaba con una fuerte proporción de personas ricas. 

Pero el aumento de su población había originado también un aumento del número de mendigos, atraídos por la ciudad que tenía la vocación de ser “una especie de capital de la caridad” (Jean Delumeau). Se encontraban reunidas en ella todas las categorías: vagabundos y simuladores, parados (desempleados), enfermos y tarados. 

El Papa Pío V agrupó a los pobres en cuatro barrios para distribuir comida. Gregorio XIII decidió que los pobres enfermos fueran atendidos en un hospital especial y que los demás no pudieran mendigar por la calle. 

En febrero de 1581 se recogió a 850 mendigos, hombres y mujeres, en un antiguo monasterio. Pero no soportaban la supresión de su libertad y tuvieron que devolvérsela en 1583...

Sixto V emprendió entonces la construcción de un nuevo edificio capaz de recibir a dos mil personas. En 1587, los pobres tuvieron que residir allí de buena o de mala gana. Los mendigos de paso por Roma tenían derecho a tres comidas y debían dejar luego la ciudad. La mendicidad estaba prohibida en la calle. 

En 1601, una época de escasez acabó con los reglamentos; los pobres invadieron de nuevo las calles de la ciudad. Sólo quedaron 150 pobres en el hospicio levantado por Sixto V.

Este último quería introducir en Roma la industria de la lana y de la seda. Pensaba que la mejor forma de luchar contra la mendicidad era crear una verdadera industria. La falta de tiempo y de continuidad hizo que todo acabara en un fracaso.

Inocencio XII volvió a la idea de Sixto V. Quiso fundar un hospital general y con este fin arregló el nuevo palacio de Letrán. Allí los pobres tenían que trabajar la lana, tejer y hacer trabajos de ebanistería.

El hospital general (“hospicio”)

Fue el siglo XVII el que emprendió una política general de reclusión de los pobres. En Rouen hubo un primer ensayo hacia 1610. La realización del proyecto de Lyon en 1614 tendría éxito y sería presentado como un modelo para las demás ciudades.

El hospital general es más bien un hospicio que un hospital. Se convierte en lugar de acogida de los pobres y vagabundos... no se puede salir de él. También tiene trazas de taller y de empresa manufacturera, porque es obligatorio el trabajo... 

Dirigido por los notables, laicos o eclesiásticos, el hospital general posee un personal de “hermanos” y de “hermanas” laicos, a veces verdaderas religiosas. Su financiación depende de la caridad privada, los legados y las rentas... 

El hospital general se propone enderezar los desvíos de todos los que viven irregularmente. Ejerce una función de orden moral con todos los que antes rechazaban la ley y el orden: el de Dios, el del rey o el de la familia...

Así, pues, el hospital general sustituye a la “limosna” general. La nueva institución se extiende por toda Europa. Existe en los Países Bajos. En Ámsterdam y en La Haya está la casa de hilar (Spinhuis) para las prostitutas y las esposas infieles, y la casa de ebanistería, donde se trabaja la madera de Brasil (Raphuis), para los hombres. 

En Inglaterra se crearon a finales del siglo XVII las casas de trabajo municipales (Workhouses). Podemos decir que son las primeras verdaderas fábricas. Friburgo en Suiza, Munich, Bremen y Dresde en Alemania, etc., adoptan también el sistema del hospital general que España no aceptó hasta mucho más tarde.

La construcción del “Hotel (piquito sobre la “o”) des Invalides” intentaba igualmente poner aparte a un grupo social peligroso, los soldados mutilados, a los que no les quedaba más recurso que la mendicidad. 

La Compañía del Santísimo Sacramento

Fundada entre 1627 y 1630 por el duque de Ventadour, compuesta de clérigos y de laicos, la Compañía del Santísimo Sacramento se presentaba como un grupo de acción católica que ponía la Eucaristía en el centro de su espiritualidad. 

Tenía como objetivos el ejercicio de la caridad para con todos los necesitados y la lucha contra los vicios. Había adoptado la disciplina del secreto como garantía de una mayor eficacia.

En 1636, la Compañía creó una comisión para estudiar el problema de la reclusión de los pobres, que responde a sus dos objetivos. Sus filiales provinciales fundan hospitales generales en Orleáns (1642), Marsella (1643), Angulema (1650).

En 1656 trabaja por la organización del hospital general de Paría. Esta institución consta de varios edificios. Algunos ya existían. Otros se construyeron para este fin. La Piedad recoge a niños y niñas; Bicetre (piquito en la primera “e”), a los hombres; la Savonnerie, a los muchachos. La Salpetrière (piquito en la primera “e”) se levantó para recluir a las mujeres y a los niños pequeños. También quedaban internadas las personas casadas. 

El preámbulo de la carta fundacional subraya la influencia de la Compañía del Santísimo Sacramento. La obra debe procurar la salvación de los pobres “que viven juntos sin matrimonio, ignorándolo casi todo de la religión, despreciando los sacramentos y habituados a toda clase de vicios”. La Reforma católica y el clasicismo preocupado del orden conjugan sus esfuerzos para separar del resto de la sociedad a los elementos perturbadores de ese orden.

Para evitar que los mendigos de París se escapen de la reclusión dispersándose por las provincias, Luis XIV ordena en 1662 que todas las ciudades y pueblos principales funden igualmente un hospital general en donde todavía no lo haya. 

Este establecimiento está destinado a “encerrar y dar de comer a los pobres mendigos inválidos, naturales del lugar o que hayan vivido allí durante un año”. Debe también formar a los pobres “en la piedad, la religión cristiana  y los oficios que sean capaces”. Luis XIV necesitaba colonos, labradores, soldados, marineros y obreros para los establecimientos de ultramar.

Urgidos por el rey, los Obispos exponen en sus pastorales las ventajas de los hospitales generales. Un gentilhombre bretón, Calloët-Quebrat, es puesto al frente de una dirección general de reclusión. Le ayudan tres jesuitas, los Padres Chaurand, Guévarre y Dunod. Organizan misiones y colectas para multiplicar las fundaciones.

Inocencio XII quería seguir esta misma política en los Estados Pontificios. A petición suya, el Padre Guévarre publicó “La Mendicité abolie”, una obra en la que responde a todos los que critican la reclusión de los pobres.
   
Reticencias a la reclusión de los pobres

Habían surgido objeciones contra la política de reclusión de los pobres y contra una asistencia despersonalizada. Muchos pensaban que la limosna hecha directamente a un pobre es más meritoria que la que se ejerce a través del hospital general.

La idealización franciscana del pobre no ha desaparecido por completo. Pascal pide que acojan en su casa a un pobre para poder comulgar con Jesucristo en sus miembros... Continúa la costumbre de escoger a unos pobres como padrino y madrina de los niños. 

El Padre Ives de París protesta con energía contra la privación del único bien que les queda a los pobres: la libertad. La crítica no se queda sólo en palabras. La reclusión de los pobres resulta difícil de aplicar, ya que los efectivos de la gendarmería son limitados. Así, pues, se confía a la policía privada del hospital el arresto de los pobres... 

Los mismos administradores, debido a las dificultades económicas, renuncian a internar a todos los vagabundos. Siguen distribuyendo limosnas a los “forasteros”, invitándoles a que se marchen de la ciudad. La mendicidad está demasiado extendida para que la opinión general acepte considerarla como un delito. 

La tentativa de reclusión de los pobres se ve en definitiva abocada al fracaso, debido a la imposibilidad de establecer por todas partes este sistema, a la falta de apoyo por parte de la población y de los mismos administradores, y finalmente por la persistencia de un espíritu cristiano que se niega a identificar sin más al mendigo con el sospechoso.

La acción caritativa de San Vicente de Paúl se inscribe precisamente en una dirección diametralmente opuesta: no encerrar a los pobres, sino ponerse a su servicio en sus propias casas.

Bibliografía

* Paul Christophe, Para leer la historia de la pobreza (del siglo I al siglo XX), editorial Verbo Divino, Navarra, España, 1989

Bibliografía complementaria

- Álvarez Herrera, M. Sp.S., J.G., La Iglesia ante el tribunal de la humanidad, Progreso, México, 1970

- Carreto, Carlo, Yo, Francisco (de Asís), San Pablo, Madrid, 1981

- Hünermann, Wilhelm, El Mendigo de Granada, Vida de San Juan de Dios, Colección Arcaduz, Palabra, Madrid, 1995

- López Ríos, Bernardo:

Saint Thomas More, en Los Olvidados, boletín de la carrera de sociología, Año 1, Segunda época, No. 1, marzo, ENEP “Acatlán”, UNAM, México 1984, pp. 17-21

En Palabra, revista doctrinal e ideológica del Partido Acción Nacional:

Para leer la historia de la pobreza (del siglo I al siglo XI), , Año 17, No. 70, octubre-diciembre, México, 2004, pp. 107-126

Para leer la historia de la pobreza (del siglo XI al siglo XV), Año 18, No. 71, enero-marzo, México, 2005, pp. 131-151

- Loza Macías, S.J., Manuel, Mensajes sociales para el mundo de hoy, Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (IMDOSOC), México 1992

- La creación de riqueza: su grandeza y su miseria, Colección “Diálogo y Autocrítica”, No. 38, Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (IMDOSOC), México 1994

- Moro, Tomás, Utopía, “Sepan cuantos...”, Núm. 282, Porrúa, México 1985

- Wagner, Carlos, Los pobres en el mundo, Latinoamérica y México, en Palabra, revista doctrinal e ideológica del Partido Acción Nacional, año 17, núm. 69, julio-septiembre, México 2004, pp. 11-34

- Historia Gráfica de la Iglesia, Obra Nacional de la Buena Prensa, A.C., México 1990

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