viernes, 22 de noviembre de 2013

Por qué asesinaron a Kennedy

Los motivos del asesinato de
John F. Kennedy


Por Bernardo López Ríos *

* Católico, Apostólico y Romano, fiel a las enseñanzas de Su Santidad el Papa Francisco, de Su Santidad Benedicto XVI, Papa Emérito, del Concilio Vaticano II y del Magisterio de la Iglesia Católica

Preámbulo

Yo estaba en Roma al primer sacudimiento por el asesinato del presidente Kennedy.

Lo repentino de su muerte llegó como un terremoto: afectó a tantos y en tal magnitud, que no podía encontrase un corazón que consolara a otro, ya que todos estaban inconsolables.

En desgracias menores, existen algunos no involucrados, pero entonces no hubo nadie que pudiera secar las lágrimas, porque todos estaban de luto.

Nada es más democrático que la muerte, ya que instantáneamente no hay distinción entre judío o griego, hombre o mujer, socialista o totalitario, republicano o demócrata.

Todos se dan cuenta de pronto de la maldad del mundo en que vivimos.

No es sino hasta que vemos lo que se ha hecho a un amante de la humanidad, que captamos el odio desenfrenado que no se calmará con las lágrimas de un pequeño John ni con los tristes sollozos emanados de una Carolina.

Todos dicen: “El mundo ha perdido a un gran líder”.

¡Cierto!

Pero en el futuro, nosotros podremos hablar de “Nuestro Segundo Emancipador”.

Se necesita una muerte de sacrificio para derrumbar las paredes de la división.

Cuando unos hombres se niegan a reconocer a otros como sus iguales ante Dios, las palabras no los unirán. Se necesita sangre.

Se necesitó la sangre de Lincoln para unir una nación; se necesitaba la sangre de Kennedy para preparar a esa misma nación a la igualdad de los hombres.

Éste es el misterio de la muerte; hay que pagar el precio que los hombres destinan a la grandeza para probar que el amor es más fuerte que el odio.

Dorothy Saire, pensando en cómo Dios echó sobre Sí Mismo el hambre, sed, ansiedad, temor y pecados de los hombres, escribió:

“La fe cristiana es Dios tomando Su propia medicina”.

La vocación es dada algunas veces a los santos, misioneros, enfermeras y a otros, para permitir que los sufrimientos de sus semejantes pasen a través del canal de su corazón común, y éste se rompe.

Tal vez sólo en dos ocasiones, en la historia de nuestra nación, el deseo de unir hombres en la paz ha hecho que los presidentes tomen sobre sí mismos el peso de la inigualdad humana, hasta el punto de salvar a otros a costa de ellos mismos.

En un día luminoso de Pascua, veremos que nuestra hermandad nacional fue obtenida con la sangre de una víctima: John Fitzgerald Kennedy.

También en el futuro, al otro lado del estanque donde se refleja la imagen del victimado Lincoln, se fundirá otro monumento, con la heroica imagen del victimado Kennedy, ya que ambos fueron grandes, no “por” lo que ellos hicieron, sino por lo que se hizo “a través” de ellos.

Él ha cruzado la “nueva frontera”, esa misteriosa línea divisoria a donde un hombre va a rendir cuenta de sus acciones.

No necesita temer porque “Bienaventurados los que sufren a causa de la justicia”.

La muerte de Lincoln nos proporcionó paz para muchas décadas posteriores.

Quiera Dios otorgar a través del mismo sacrificio de la Ley del Calvario en el presidente Kennedy, esa paz “que no puede dar el mundo”.

Sobre todas nuestras figuras nacionales, estos dos presidentes del dolor, se yerguen eternamente cerca del Varón de Dolores, diciendo:

“Estaré aquí, a Tu lado, no desprecies mi nación”.

(Monseñor Fulton J. Sheen, “La Prueba del Amor”, Presidente Kennedy (R.I.P.), El Poder del Amor, editorial Diana, México, 1983, pp. 13-15)

Introducción

El presente artículo, escrito a manera de apunte, forma parte de nuestro estudio sobre “El proyecto del Nuevo Orden Mundial: la conspiración de la masonería contra la Iglesia Católica para imponer un solo gobierno mundial”:
http://www.apostoladodelosultimostiempos.blogspot.mx/2013/03/apuntes-para-entender-el-proyecto-del.html

Es el muy destacado investigador Robin de Ruiter (El Anticristo, Libro I, Poder oculto detrás del Nuevo Orden Mundial, Una advertencia para la Cristiandad, Editorial San Pablo, México, 2006) quien nos proporciona esta valiosa información:

Robert Anton Wilson es un especialista en ocultismo y participante regular en el Central Ohio Starwood Festival de brujas y paganos, que en numerosas ocasiones se ha declarado públicamente agnóstico y gran admirador de Aleister Crowley (famoso satanista) y ha escrito libros para brujas y seguidores de la New Age.

Es interesante que un hombre tan informado como Wilson declare que la familia Kennedy es un importante linaje conectado con ““los iluminados””.

¿Quiénes son los “Iluminados”?

Los “Iluminados” de Baviera. El nombre de la secta, “Iluminados”, significa que sus miembros han sido iniciados en las enseñanzas secretas de Lucifer, el supuesto dador de luz o fuente de inspiración, de acuerdo con la doctrina de la francmasonería iluminada.

A mayor abundamiento, los “Iluminados” se crearon con un propósito: llevar adelante los planes de la Alta Masonería para crear un Nuevo Orden Mundial.

¿Quiénes son los Soberanos invisibles?

Son manos invisibles que  mueven los hilos del mundo desde hace más de trescientos años. Son trescientos hombres que se conocen entre sí y que nombran sus propios sucesores, gente muy poderosa que maneja el mundo desde antes de la Revolución Francesa.

Entre ellos se cuentan algunas familias de Estados Unidos y Europa, masones de alto grado, empresarios de algunas transnacionales, algunos gobernantes del Primer Mundo e integrantes del “Club de Roma”.

Ellos dictaminan las guerras, la moral, la moda, y quieren regir los destinos de la humanidad para llevarnos a un Gobierno Mundial.

Enfrentar a unos contra otros es parte de su estrategia. Nos mantienen tan divididos que el hombre común no tiene ni idea de que las cúpulas del poder mundial están unidas.

Robin de Ruiter afirma que todos los caminos de la investigación sobre “La Conspiración Mundial” se podría decir que conducen a los “Iluminados” o los “Iluminati”, una sociedad secreta fundada el 1º de mayo de 1776 por Adam Weishaupt, profesor de la Universidad de Ingolstadt, Baviera.

Los “Iluminados” han estado profundamente involucrados en todas las revoluciones que han estallado después de la Guerra de Independencia de los Estados Unidos. Esto incluye la Revolución Francesa, que condujo al exterminio de por lo menos 100,000 personas durante el reinado del “Terror” que le siguió.

El control sobre el petróleo significa control sobre el mundo entero.

Si el lector entiende que el petróleo del mundo ha sido un monopolio de los “iluminados” desde 1928, eso le ayudará a entender que Aristóteles Onassis, el hombre que construyó la línea más grande de buques-tanque petroleros del mundo, era también un “iluminado”.

Durante la Segunda Guerra Mundial, los alemanes, tanto como los aliados, hundieron todos los buques griegos.

Sin embargo, de todos los buques de Onassis ninguno fue atacado. Sus buques podían navegar por cualquier zona de guerra, sin ser hundido o atacado. Onassis les vendió petróleo y armas a ambos lados.

Los teléfonos de la ITT fueron usados en submarinos alemanes. Rockefeller le vendió petróleo a Hitler durante la Segunda Guerra Mundial a través de España para hacer que la guerra durara más.

Los “iluminados” están divididos en secciones: la sección drogas-pornografía, la sección política-negocios, la sección culto-rituales, la sección comunicaciones globales y la sección control mental.

Los liderazgos dentro de las diversas áreas se traslapan.

Onassis trabajaba dentro de las áreas de drogas, pornografía, política y dirección de empresas. A la muerte de Onassis, los Rockefeller y los Bundy se hicieron cargo de sus negocios.

El presidente Roosevelt, masón del grado 33 no hizo nada para advertir a sus marinos y al pueblo de Hawái, porque quería que el pueblo estadounidense se sintiera tan ultrajado, que aceptara que los Estados Unidos entraran a la Segunda Guerra Mundial.

Los Kennedy

La semilla de Brian Caeneddi, el primer Kennedy, también conocido como Brian Boru, se esparció en numerosas e importantes familias reales.

Los Kennedys se emparentaron con la realeza de Escocia. Por ejemplo, Archibald Kennedy, mejor conocido como el marqués de Ailsa, que fue el 15º “Earl of Cassillis”, se casó con Mary, hija del rey Roberto III.

Está muy claro que la familia Kennedy se originó en Irlanda. Los Kennedy son descendientes de Brian Boru y de su sobrino que pronunciaba su nombre “Cinneide”.

Después, ese nombre pasó a O’Kennedy. Originalmente eran del linaje de Dalcassion y vivían en un área cerca de Killahoe y Killokennedy.

Los O’Brian y los MacNamara los obligaron a trasladarse a otros territorios, donde se convirtieron en Lords of Ormond, lo que hoy es el norte de Tipperary.

Hacia el año 1600 aparece una rama escocesa de los Kennedy.

Hoy la familia Kennedy abunda en matrimonios con nombres tales como Freeman, Reagan, Russell, Smith, Collins, Rockefeller y Fitzpatrick, esta última es una familia irlandesa cuyo escudo de armas tiene tres flores de lis con un dragón y un león.

Los Fitzpatricks estuvieron ligados con la monarquía francesa y también tuvieron casamientos con miembros del 13º linaje.

Los principales temas relacionados con las guerras son conocidos y planeados con anticipación por sus responsables.

Mucho de lo que los políticos dicen al público es simplemente para su propio beneficio y a menudo son sólo mentiras.

Joseph Kennedy, que tuvo el prestigioso cargo de embajador de los Estados Unidos ante la Gran Bretaña antes de la Segunda Guerra Mundial, adquirió reputación, después de que Inglaterra y Alemania comenzaran a pelear por estar en contra de que los Estados Unidos entraran a la guerra.

Mientras Kennedy pretendía ser adverso a la guerra, colaboraba estrechamente con el presidente Roosevelt (masón del grado 33) en maniobras para engañar a los estadunidenses.

Uno de los hombres que trabajaban en la embajada de los Estados Unidos era Tyler Gatewood Kent, un oficial de carrera en el servicio consular estadunidense.

Mientras trabajaba ahí se sorprendió de ver que Kennedy y Roosevelt estaban involucrando secretamente a los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial.

Entre otras cosas, Roosevelt desarrolló los elementos para el ataque a Pearl Harbor.

Mucho se ha escrito sobre el conocimiento previo de Roosevelt sobre un ataque a Pearl Harbor, que incluía maniobras estadunidenses contra el Japón, haciendo inevitables las represalias, así como información de un probable ataque que llegó a Roosevelt a través de por lo menos ocho fuentes diferentes.

Está claro, por la evidencia que ha surgido después de la guerra, que Roosevelt supo, al menos 48 horas antes del ataque a Pearl Harbor, que los japoneses iban a atacar.

Roosevelt no hizo nada para advertir a sus marinos y al pueblo de Hawái, porque quería que el pueblo estadunidense se sintiera tan ultrajado, que aceptara que los Estados Unidos entraran en la guerra en Europa.

Jackie Bouvier Kennedy Onassis, que fue esposa de John F. Kennedy, estaba ligada a los Auchincloss, una ascendencia escocesa de “los iluminados”.

Uno puede seguir fácilmente la trama de la historia a través de los nombres de la ramificada tribu de los Auchincloss: Bundy, Grosvenor, Rockefeller, Tiffany, Vanderbilt y Winthrop, entre otros.

Si John F. Kennedy no hubiera sido asesinado, lo que propició que se investigara y escribiera mucho sobre su vida, nunca hubieran salido a la luz pública muchas cosas sobre la relación de la familia Kennedy con “los iluminados”.

John F. Kennedy hubiera podido pasar por un buen presidente iluminado, pero él y su hermano Robert decidieron usar su popularidad para destruir la conspiración.

Ambos se diferenciaban de muchos de los poderosos “iluminados”, tales como Aristóteles Onassis.

Los hermanos Kennedy tuvieron mucho valor para zafarse de la conspiración, ya que ésta les era familiar desde que eran niños.

Sin embargo, ni John ni Robert Kennedy, a diferencia de su hermano mayor Joseph, no recibieron jamás entrenamiento ni adoctrinación de “los iluminados”.

En 1961 Joseph Kennedy sufrió un infarto, entonces John y Robert, sintiéndose libres, decidieron destruir la conspiración.

John F. Kennedy no sólo prometió partir la CIA en mil pedazos, sino que también estuvo a punto de introducir un sistema por el cual el gobierno de los Estados Unidos imprimiría su propio papel moneda libre de impuestos con independencia de los banqueros iluminados.

Quería también terminar con la Guerra Fría y retirarse de la guerra de Vietnam, organizada por “los iluminados”.

Desde el momento en que “los iluminados” se dieron cuenta de que John F. Kennedy no estaba dispuesto a ser un títere de ellos, comenzaron a tramar, con ayuda de la CIA, terminar con él.

El jefe de la CIA echó a perder a propósito la oportunidad de éxito que tenía esa organización en la invasión de Bahía de Cochinos.

Él personalmente impidió a la CIA apoyar la invasión con la aviación, aun sabiendo que sin el apoyo por aire la operación no podía tener éxito, como de hecho sucedió.

Todo sonaba muy creíble porque la CIA iba a contar toda la historia.

El público no es suficientemente astuto como para darse cuenta de que la prensa, controlada por “los iluminados”, había volteado sutilmente las cosas contra John F. Kennedy.

Dos poderosos amigos de John F. Kennedy, que querían ayudarlo a luchar contra “los iluminados”, fueron eliminados antes de que Kennedy fuera asesinado.

El senador Estes Kefauver fue envenenado con una fórmula secreta que le produjo un “ataque al corazón”, el 8 de agosto de 1963.

El otro amigo fue Phillip Graham, editor del Washington Post. Su mujer, Katherine Meyer había participado ampliamente en la conspiración y se le había visto con frecuencia en actividades de la élite.

Katherine sobornó a algunos psiquiatras para que certificaran que su esposo padecía de una enfermedad mental.

Phillip Graham fue internado por orden de un juez en un hospital psiquiátrico. Un fin de semana, en que le permitieron visitar su hogar, fue encontrado “suicidado” de un tiro.

Después de la muerte de John F. Kennedy, su sucesor Lyndon Johnson echó marcha atrás a las medidas de Kennedy relativas a la Reserva Federal y a la guerra de Vietnam.

Bajo su gobierno, la guerra experimentó una rápida escalada. La guerra de Vietnam fue una grotesca matanza humana y financiera, de acuerdo con el clásico molde “iluminado”.

Y tal como querían “los iluminados”, la Guerra Fría continuó.

Bob Kennedy sabía muy bien quién había disparado a su hermano.

Escribió un libro, que no se publicó, titulado “El enemigo está dentro”, y al final también él fue asesinado.

En años recientes, para empañar su reputación, “los iluminados” han dado permiso a las editoriales de publicar libros que exponen la vida sexual y otros escándalos de John F.Kennedy. 

Éste tuvo muchas amantes, entre otras, Marilyn Monroe, Jane Mansfield y Zsa Zsa Gabor, que fueron también amantes de Anton LaVey, jefe de la Iglesia de Satanás.

(Cf. Robin de Ruiter, El Anticristo, Libro I, Poder oculto detrás del Nuevo Orden Mundial, Una advertencia para la Cristiandad, Editorial San Pablo, México, 2006, pp. 112-116).

En su libro El Anticristo III, Robin de Ruiter ha publicado nuevos avances de su investigación y nos proporciona más información con importantes datos:

A pesar de que su familia fue una de las familias líderes de los “Illuminati”, los hermanos Kennedy se convirtieron en enemigos acérrimos de ellos.

Entre otras confrontaciones, mencionamos el enfrentamiento de abril de 1962 entre Kennedy y la corporación U.S. Steel.

También se levantó en contra de la CIA de Allen Dulles –que lo había manipulado para continuar con la acción en la Bahía de Cochinos- contra Wall Street, contra los intereses de Morgan, contra los Rockefeller y muchas otras familias influyentes de los “Illuminati”.

El presidente Kennedy estaba agudamente enterado de que su oposición no era a los negocios en general, sino a un grupo numéricamente mucho menor, aunque más poderoso.

Kennedy también había decidido retirarse de Vietnam. Poco antes de su asesinato, comenzó a retirar a las tropas estadounidenses de Vietnam.

Para el tiempo de su muerte, alrededor de 16 mil tropas estadounidenses estaban en Vietnam.

La política de los Estados Unidos en Vietnam cambió dentro de las veinticuatro horas posteriores a la muerte del presidente Kennedy.

Bajo el mandato del presidente Johnson, la participación de los Estados Unidos se intensificó y 543 mil soldados (fuerzas de infantería) fueron enviados a Vietnam.

John F. Kennedy no sólo pensó dejar que la CIA quedara disuelta en una organización de Estado distinta y terminar con la guerra de Vietnam; también fue el único presidente de los Estados Unidos que trató de poner fin al poder del Banco de la Reserva Federal; banco con el cual se negó a cooperar por más tiempo.

De hecho, cuatro meses antes de su muerte, Kennedy se atrevió a desafiar al Banco de la Reserva Federal.

Quería tener impreso su propio dinero de Estado, en lugar de prolongar los préstamos extraordinarios de interés agravado, emitidos por el Banco de la Reserva Federal.

Los “Illuminati” centraron su atención en John F. Kennedy cuando se dieron cuenta de que él no permitía ser manipulado. El 22 de noviembre de 1963, fue asesinado.

El asesinato de Kennedy fue una advertencia para los futuros presidentes que pudieran pensar en eliminar la deuda de los Estados Unidos, descartando el control de la Reserva Federal sobre la creación del dinero.

Y no fue Lee Harvey Oswald quien asesinó a Kennedy; él sólo sirvió como pantalla.

Fueron los miembros de la operación 40, un equipo absolutamente secreto, fundado por George Bush, Richard Nixon y Allen Dulles e inicialmente formado para eliminar a Fidel Castro.

Los miembros de este escuadrón de la muerte también son responsables de la muerte del Che Guevara, de Salvador Allende (presidente de Chile), de Jaime Roldós (presidente de Ecuador) y de Omar Torrijos (presidente de Panmá).

Más tarde, la Operación 40 fue también responsable de la Operación Fénix, el mayor esquema de asesinato de Vietnam.

El expresidente George Bush padre fue director de la CIA antes de convertirse en presidente.

Si uno echa un vistazo a la CIA durante el mandato de Bush, descubrirá el verdadero carácter de este hombre.

Durante su mandato se oyó hablar de vínculos directos entre la CIA y los cárteles de la droga, de comercio internacional de armas y de redes de sicarios financiados en todo el mundo por los “Illuminati”.

La guerra de Vietnam es un horrible ejemplo de las manipulaciones de los “Illuminati” y fue un gran éxito financiero para ellos.

Robert Kennedy, también asesinado, sabía exactamente cómo y por quién fue asesinado su hermano. Escribió un libro inédito intitulado “El enemigo interior”.

(Cf. Robin de Ruiter, El Anticristo III, “Conspiración contra Dios”, Editorial San Pablo, México, 2012, pp. 80-85).


jueves, 21 de noviembre de 2013

Desterrar el trato agresivo en las telenovelas



Desterrar el trato agresivo en las telenovelas

Por Bernardo López Ríos *

* Católico, Apostólico y Romano, fiel a las enseñanzas de Su Santidad el Papa Francisco, de Su Santidad Benedicto XVI, Papa Emérito, del Concilio Vaticano II y del Magisterio de la Iglesia Católica

A España, “la madre Patria”, le debemos muchísimo, pero había muchos elementos en las culturas indígenas que eran superiores a la española, entre ellos: la pulcritud, el sistema de drenaje en Tenochtitlan, el conocimiento de hierbas medicinales, la delicadeza en el trato mutuo, el sentido místico de la naturaleza, expresado en poesía y arte de alta calidad, y algunos aspectos de la astronomía.1

En efecto, la delicadeza en el trato y el estilo de lenguaje dulce y cortés lo podemos constatar fielmente en los hermosos, sencillos y profundos diálogos entre Nuestra Señora de Guadalupe y San Juan Diego.

Esta rica tradición la tenemos los mexicanos como una de nuestras más preciadas herencias culturales que debemos fomentar y, en algunos casos, rescatar, como en el caso del trato entre los personajes de las telenovelas.

En efecto, debo confesar que, aunque no veo telenovelas y procuro en cambio leer un buen libro, no puedo evitar ver algunos segmentos cuando cambio de canal para enterarme de las noticias y casi siempre encuentro discusiones, trato agresivo o excesivamente serio, poca cordialidad e incluso mucha artificialidad en algunas actuaciones que yo creo que ni los mismos artistas “se la creen”.

Por cierto que la miseria del vocabulario de las telenovelas ha sido señalada por el lingüista Ernesto de la Peña, quien si mal no recuerdo, dijo en una ocasión que no pasaba de 500 palabras.

¿A qué se debe el trato poco cordial entre los personajes de las telenovelas?

Lo podemos atribuir a lo que ha profundizado Monseñor Felipe Arizmendi Esquivel cuando afirma que tenemos elementos culturales (sociológicamente hablando) que nos podrían aproximar a una “cultura de violencia”.2

Monseñor Arizmendi hace distinciones muy precisas sobre los tipos de violencia y entre estos señala a la violencia verbal que ocurre cuando se insulta a los otros, se les ofende, se les dicen palabras hirientes, se les calumnia, se les presiona; cuando se hacen públicas cosas que debieran permanecer ocultas.

Conclusión

Como punto complementario recordemos la profecía de la Santísima Virgen María a Teresa Musco en 1951:

“Las mujeres perderán el pudor y la vergüenza. Satanás tomará su forma para hacer caer a muchos”

Cuánta razón tiene Fulton J. Sheen cuando afirma:

Cuando el amor de una mujer se hace venal, todo está perdido. Cuando es noble, proporciona al mundo un bálsamo de ternura y de emoción. El nivel de toda civilización es, pues, el nivel de sus mujeres.

La caballerosidad y el respeto hacia las mujeres deberían regresar pronto a las pantallas. Los hombres podemos hacer mucho para ello.



1 CF. Juan Auping Birch, México y la modernización: la autoimagen compleja del mexicano en el cambio, en México en el cambio, Fundación Konrad Adenauer, México 1992, p. 34
2 Cf. Felipe Arizmendi Esquivel, Vivimos una cultura de violencia, Centro de Estudios y Promoción Social, A.C. (CEPS), México (s.f.).

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Para leer la Historia de la Pobreza (siglos XIX y XX)

Siglos XIX y XX

Para leer la historia de la pobreza

Por Bernardo López Ríos *

* Católico, Apostólico y Romano, fiel a las enseñanzas de Su Santidad el Papa Francisco, de Su Santidad Benedicto XVI, Papa Emérito, del Concilio Vaticano II y del Magisterio de la Iglesia Católica

El hombre es un pobre que precisa pedir todo de Dios

Saint Jean-Marie Vianney, Cura de Ars 


La felicidad del hombre no requiere abundancia de bienes; 

una medianía le basta

Imitación de Cristo, Beato Tomás de Kempis

Preámbulo

Los pobres, en cuanto tales, habían sido los grandes olvidados de la historia. Sin embargo, desde su origen, la Iglesia ha acogido a los pobres y a la pobreza como cuestiones permanentes que la interpelan sin cesar. Pero ya hace algunos decenios que los historiadores han mostrado su predilección por el mundo de los olvidados. Los ausentes de la historia se han visto invitados a entrar en ella: emigrantes, desarraigados, esclavos, cautivos, víctimas del hambre y de la miseria...

El servicio a los pobres y la búsqueda de la pobreza, indisociablemente unidos entre sí, forman la trama y la cadena de una inmensa tarea llevada a cabo por Paul Christophe, profesor en el Instituto Católico de Lille y en el Seminario de San Sulpicio, en su obra Para leer la historia de la pobreza, de la cual presentamos la siguiente reseña:

La primera dificultad de los historiadores ha sido la de definir qué es un pobre, ya que el contenido de esta palabra ha ido variando considerablemente a lo largo de las épocas. Michel Mollat ha dado para la Edad Media una definición que puede ser considerada con validez para todas las épocas:

El pobre es el que, de forma permanente o temporal, se encuentra en una situación de debilidad, de dependencia, de humillación, caracterizada por la privación de medios, variables según las épocas y las sociedades, de poder y de consideración social: 

dinero, relaciones, influencia, poder, ciencia, calificación técnica, nacimiento honorable, vigor físico, capacidad intelectual, libertad y dignidad personal.

Viviendo al filo de cada día, no tiene ninguna oportunidad de elevarse sin la ayuda de otro. Esta definición puede incluir a todos los frustrados, a todos los marginados, a todos los abandonados, a todos los preteridos por la sociedad; no es específica de ninguna época, de ninguna región, de ningún ambiente.

Tampoco excluye a los que, por ideal ascético o místico, quisieron desprenderse del mundo o que, por abnegación, escogieron ser pobres entre los pobres.

1. La Iglesia y la cuestión social

La vitalidad del catolicismo social alemán se había manifestado no sólo por las sociedades obreras de Kolping y por la acción de Monseñor Ketteler, sino también por la preparación activa del Concilio Vaticano I en el plano social.

Sabido es que el Concilio, abierto el 8 de diciembre de 1869, fue suspendido por el Papa Pío IX el 20 de octubre de 1870, debido a la guerra franco-alemana y a la ocupación de Roma por las tropas italianas.

Esta suspensión del Concilio dejó archivados muchos votos y decretos. El canónigo Moufang, de la diócesis de Maguncia, había propuesto un proyecto sobre el derecho de la Iglesia a socorrer la miseria de los pobres. Treinta y dos Obispos de Alemania y de Europa Central habían firmado un “postulatum” relativo a las sociedades obreras de Kolping.

Había sobre todo, entre los proyectos de decretos elaborados por la comisión político-eclesiástica, un esquema relativo al problema social: “La obligación de aliviar la miseria de los pobres y de los obreros”.

El primero de sus tres capítulos recuerda a todos que el uso de las riquezas tiene que ser conforme con el plan de Dios y con el destino del hombre. El segundo capítulo recomienda las obras de misericordia con los pobres, y sobre todo con los pobres vergonzantes.

Todos tienen que practicar la caridad: los encargados de los negocios públicos, los ricos que han de dar cuenta de su gestión, los ministros de Cristo que han de recordar que los bienes de la Iglesia son el patrimonio de los pobres y no propiedad del Clero.

El tercer capítulo es especialmente interesante. Después de denunciar las causas que impiden el ejercicio de la caridad, define los deberes de cada uno y distingue las exigencias de la justicia” (los empresarios –“domini”- han de pagar al obrero un salario suficiente que le permita vivir), las exigencias de la “equidad” (sugiere una participación de los obreros en los beneficios que enriquecen a los patronos) y las exigencias de la “caridad” (exige asignaciones para la enfermedad y hasta cierta “promoción” de los obreros).

El documento invitaba finalmente a los Obispos a trabajar por la supresión de la miseria obrera. En la introducción, el redactor desconocido deploraba el número cada vez mayor de los trabajadores que caen en la miseria, y comenzaba con esta frase significativa:

“No podemos guardar silencio”. No se sabe si la comisión directora conservó este esquema. De todas formas, la interrupción del Concilio no permitió alertar al conjunto de los Obispos sobre el problema obrero. Fue preciso esperar todavía veinte años para ver la aparición de un documento de alcance universal.

Los laicos toman el relevo

Durante los dos decenios que siguieron al vaticano I, se pronunciaron sin embargo muchas voces sobre los remedios que aplicar para mejorar la condición del proletariado industrial.

La renovación del compromiso de los cristianos en Francia se lleva a cabo a partir del descubrimiento del catolicismo social alemán. 

Fue una verdadera revelación para Albert de Mun y para René de La Tour du Pin, dos oficiales de carrera, llevados presos a Renania durante los desastres de 1870. Volvieron a Francia con la voluntad de servir a la Iglesia reconciliándola con el pueblo.

El aplastamiento brutal de la Commune les hizo medir mejor el abismo que los separaba. Durante toda su vida, Albert de Mun guardará el recuerdo de aquello.

El encuentro con Maurice Maignen, fundador con Le Prevost y Myionnet del Instituto de hermanos de San Vicente de Paúl, y con un círculo de jóvenes obreros, boulevard de Montparnasse, acabó de transformar a de Mun. Maurice Maignen evoca apasionadamente ante él el drama de la Commune: “¡Los verdaderos responsables!

¿Sois vosotros, los ricos, los grandes, los que vivís bien, los que os divertís tanto que pasáis al lado del pueblo sin verlo, sin conocerlo, sin saber nada de su alma, de sus necesidades, de sus sufrimientos...!”.

El 23 de diciembre de 1871, Albert de Mun, René de La Tour du Pin, Emile Séller, León Gauthier y otros se reúnen en torno a Maurice Maignen.

Deciden fundar una obra nueva: la creación de círculos en cada distrito de París y a través de toda Francia, para reconciliar al pueblo y a la Iglesia, para reconstruir un nuevo orden social inspirado por un espíritu cristiano. El domingo 7 de abril de 1872 se fundó en Belleville el primer grupo.

El domingo siguiente, Monseñor Mermillod, auxiliar de Lausana y de Ginebra, fue a predicar a Santa Clotilde: en una iglesia llena de gente ofreció el apoyo de su palabra a la obra naciente de los Círculos católicos obreros.

Los Círculos se desarrollaron rápidamente. En 1878 reunían a más de 30,000 miembros. Pero pronto vino la decadencia, ya que los obreros difícilmente toleraban el “patronazgo” de unos dirigentes salidos del mundo aristocrático y a menudo del ambiente militar.

Por otra parte, los mismos fundadores se fueron confrontando entre sí, a propósito de los objetivos de la obra. Maurice Maignen quería mantenerla en el terreno religioso y lamentaba el abandono de una formación cristiana seria de las familias obreras. Albert de Mun dejó el ejército y se dedicó a la vida parlamentaria, esforzándose en traducir en leyes los deseos de los Círculos.

León Harmel desconfiaba del recurso a los poderes públicos, mientras que La Tour du Pin se dedicaba más bien a la investigación doctrinal.

En efecto, La Tour du Pin estimuló un consejo de estudios, con la finalidad de elaborar una doctrina social, necesaria más que nunca por entonces. Este consejo publicaba “Avis” regularmente sobre las conclusiones a las que iba llegando...

En marzo de 1881, el conde de Breda y La Tour du Pin dirigieron al vaticano dos memoriales, presentando una síntesis de sus trabajos.

Estos documentos, dirigidos a Roma por unos laicos, “forman, cronológicamente hablando, el primero de los dossier que desembocaron en la encíclica “Rerum novarum” (Charles Molette).

Denunciando la libertad ilimitada del trabajo, Breda demuestra la necesidad de “cierta intervención del Estado” para proteger a los obreros contra las consecuencias de la concurrencia internacional.

Llega incluso a proponer al Papa una iniciativa que podría alcanzar un relieve singular: que el Papa apelase a los gobiernos europeos, invitándoles a una conferencia en el Vaticano y en la que el Pontífice defendería la causa de los pobres, no tomando él mismo las decisiones, sino haciéndose el abogado de los obreros...

... aun con las mejores leyes del mundo, siempre habrá ricos y pobres, patrones y obreros; por consiguiente, incluso desde el punto de vista de este mundo, la caridad, el espíritu de sacrificio y la resignación siempre serán necesarios para la verdadera paz social.

Pero, debido al pecado original, la práctica de las virtudes no será nunca universal; tiene que haber leyes humanas, precisamente porque, al haber caído la humanidad, no bastan los medios de persuasión para impedir las injusticias. Sobre todo en el terreno de los intereses materiales domina generalmente la tendencia a los abusos, a los excesos de codicia, al egoísmo; por tanto, la ausencia de todo freno es mala en sí misma y se da siempre en detrimento de los más débiles...

... en la situación actual del mercado, son indispensables ciertas reformas internacionales para llegar a resultados serios a favor de los obreros.

En los orígenes de la encíclica social

La cuestión romana y el cisma de Inglaterra presentaban para la Santa Sede un inconveniente de primer orden para la reunión de una conferencia de este tipo, pero las dificultades que encontraban los católicos sociales indujeron al Papa a hablar públicamente. 

En el Vaticano empiezan a acumularse dossier, procedentes no sólo de Francia, sino también de Alemania y de otros países en que se mantenía contacto entre la Iglesia y el mundo obrero.

Las peregrinaciones de la Francia del Trabajo a Roma desde 1885: los patrones y obreros buscaban una solución.

La Conferencia Internacional de Berlín convocada en 1890 para iniciar una legislación obrera. El Emperador Guillermo pidió ayuda al Papa.

En Austria, el barón de Vogelsang, protestante convertido al catolicismo bajo la influencia de Ketteler, denuncia la miseria inmerecida de los obreros y sostiene vigorosamente la necesidad de una intervención del Estado.

En Inglaterra, el Cardenal Manning interviene en 1889, en la huelga de portuarios de Londres y obtiene de los patronos ciertas ventajas para los obreros.

En efecto, la huelga de los estibadores de Londres en 1889, de más de 250 mil obreros había estancado la vida económica de la Nación y dejó sin pan a miles de hogares; en centenares de buques se pudrían las mercancías. Los obreros eran agitados por Burns.

Gracias a la mediación del incansable Cardenal Maning, quien influyó en favor de los cargadores de muelles, se logró la solución que fue llamada “la paz del Cardenal“.

En Estados Unidos, el cardenal Gibbons acepta la defensa de los “caballeros del trabajo”, en 1886-1887... Mediante algunas modificaciones en sus estatutos, León XIII admitió su legitimidad.

Apoyado por la gran mayoría de Obispos norteamericanos, Gibbons había dirigido a Roma un memorial exponiendo la idea de que en los Estados Unidos “la Iglesia tenía que basarse en el pueblo o verse condenada a muerte”.

Monseñor Mermillod abrió en Suiza el camino al catolicismo social. Deseaba ayudar a los católicos de Ginebra, que eran en su mayoría emigrantes pobres.

A su alrededor se agrupó la Unión de Friburgo, en la que se reunían los que trabajaban en la elaboración de una doctrina social confrontando los diversos puntos de vista: franceses como La Tour du Pin y Milcent, austríacos como el conde de Blome y Vogelsang, suizos como Descurtins y Pitón, el teólogo alemán Lehmkuhl, etc.

Su impulsor fue Monseñor Mermillod y las cuestiones materiales quedaron resueltas por el conde de Blome, que subrayó el trabajo insustituible realizado por La Tour du Pin:

“El es el verdadero fundador de esta Unión; el concibió la idea; él la organizó y es él, aunque no aparezca, el que sostiene y mantiene su creación”.

En Friburgo se fue elaborando una doctrina social católica progresivamente. Su contenido quedó ampliamente sancionado en la encíclica de León XIII.

La encíclica Rerum novarum

Alertado regularmente sobre la necesidad de proteger a la clase obrera a partir de todas las iniciativas de los católicos sociales y de los informes que le enviaban, León XIII adquiere la convicción de que hay que reunir todas las buenas voluntades y que él mismo tiene que tomar posición en el asunto.

En aquellos finales del siglo XIX resultaba urgente una intervención pontificia. Mientras el desarrollo industrial llegaba a su apogeo – su símbolo era la Torre Eiffel, levantada para la exposición universal de 1889 -, las manifestaciones populares se hacían cada vez más violentas (Anzin en 1884, Decazeville en 1886, Fourmies el 1 de mayo de 1891, Chicago en 1886) y el movimiento obrero se ve solicitado por las doctrinas de Proudhon, de Lasalle o de Marx.

Los cristianos lúcidos saben que existe una miseria insoportable.

Redactada por el Padre Liberatore, jesuita italiano, revisada y corregida por los Cardenales Zigliara y Mazella, la encíclica “Rerum novarum” aparece el 15 de mayo de 1891. Sea cual fuere su participación en la elaboración del texto, León XIII la cubrió con su autoridad...

León XIII repite, en efecto, siguiendo a sus predecesores, que si los hombres y las naciones viviesen cristianamente, no sería necesario crear organizaciones y prever remedios.

El trabajo es presentado como una expiación costosa. Se define la desigualdad entre los hombres como una ley de la naturaleza (en términos similares al diccionario de teología de Bergier).

La evocación de las clases superiores y de las clases inferiores, la asimilación del pobre al obrero, del rico al patrono, subraya esta idea de desigualdad natural...

Pero, después de criticar “el falso remedio” que es el socialismo, la “Rerum novarum” aporta puntos de vista realmente nuevos en la Iglesia. Esta toma nota de la condición obrera específica, denuncia la “miseria inmerecida” de los trabajadores, preconiza en el terreno social la acción de la justicia y de la caridad.

El salario justo no es ya el salario convencional mediante un contrato, sino el que permita al obrero atender a sus necesidades. Tiene que proporcionarle un ahorro para los días difíciles y facilitarle la adquisición de un modesto patrimonio. La caridad tiene un terreno muy amplio. Se manifiesta en todo lo que afecta ala dignidad humana. Anima y vivifica la justicia.

León XIII recomienda igualmente todas las formas de asociación. Utiliza en la encíclica una variedad de palabras y de fórmulas para evitar que su pensamiento quede encerrado en cualquier tipo de sistema. Subraya los beneficios de toda asociación y recomienda tanto a las que agrupan sólo obreros como a las que reúnen a la vez a obreros y patronos... La encíclica constituía un verdadero momento fundador.

En ella se fijó la posición de los católicos en la cuestión social: se proclamaron los derechos y deberes de los patrones y de los obreros; se enalteció al trabajo, pues no puede equiparársele a una mercancía cualquiera, ni la ley de la oferta y la demanda es suficiente para establecer la justicia en el salario; se indicaron al Estado sus deberes en el orden económico-social; se hizo apología de las asociaciones profesionales, obreras y patronales, a las que el Estado debe reconocimiento y protección, y se defendió la correcta noción de propiedad privada reconocida ya por los Santos Padres.

Desde entonces quedó establecida la Doctrina Social de la Iglesia.

El tiempo de las fundaciones
  
El impulso dado por la encíclica “Rerum novarum” se tradujo durante los decenios siguientes en múltiples iniciativas. Sensibilizados por la miseria del mundo obrero, los cristianos se esforzarán cada vez en mayor número en conocerla mejor para mejorar realmente su condición.

En Francia, inspirándose también en la encíclica “Au milieu des sollicitudes” (20 de febrero de 1892), que exigía la aceptación de la república, algunos católicos se pusieron a realizar un programa social, no ya apoyándose en las clases privilegiadas, sino a partir de los propios obreros.

Mientras que los católicos sociales de tipo paternalista prosiguen el desarrollo de múltiples obras y quieren crear sindicatos mixtos (es decir, que agrupasen a patronos y a obreros), los demócratas cristianos reconocen el derecho de iniciativa y la responsabilidad del pueblo. 

Los obreros tienen que tomar en sus manos su destino, promover nuevos dirigentes y contribuir ellos mismos a su liberación.

Fundado en Reims en 1891, el primer círculo cristiano nació de la iniciativa de unos trabajadores que acudieron al párroco de Saint-Rémy para estudiar la cuestión social según la enseñanza cristiana, “ya que hoy, en la Iglesia, el viento sopla de este lado...”.

Animados por León Harmel, se crean otros círculos, dirigidos por los obreros. Se reúnen en una federación que celebra su primer congreso en Reims en mayo de 1893. Ferdinand Leclercq, militante obrero cristiano del norte, logra que se adopte allí una moción a favor de los sindicatos independientes, patronos de un lado y obreros de otro.

La mayoría del congreso opina con él que el único camino adecuado a la mentalidad de los obreros es el del sindicalismo obrero independiente.

Hay jóvenes sacerdotes entusiastas que afirman la necesidad de ir al pueblo. Los “curas demócratas” se hacen conferenciantes o periodistas como Naudet o Garnier, o diputados como Lemire o Gayraud.

El primer cura demócrata que entró en la Cámara de Diputados bajo la terecera república fue Lemire, que se vio implicado en todas las iniciativas sociales en materia de legislación... Brotó una nueva aspiración: “hacerse pueblo”; en 1902, el Abate Calippe se imaginó ya cómo podría ser la vida de un sacerdote obrero.

En Bélgica, en 1892, la liga democrática se pronuncia por los sindicatos obreros que defendía enérgicamente el dominico Rutten.

Los demócratas cristianos reciben el apoyo del cardenal Mercier, que no vacila en declarar que, “cuando trabaja por repartir más equitativamente la riqueza pública, el socialismo tiene razón”.

En Alemania, Hitze piensa que “sólo una obra legislativa amplia y profunda, sólo la mano omnipotente del Estado, podrá poner orden en la vida social”. En Renania y en Westfalia se desarrollan sindicatos cristianos que agrupan a obreros católicos y protestantes...

Influido por el movimiento social alemán, el Abate Ariëns lanza en los Países Bajos, en 1891, el primer sindicato católico de obreros.

En Italia, Giuseppe Toniolo anima la Unión católica para los estudios sociales. El “programa de Milán”, puesto a punto en 1894, propone la participación del obrero en los beneficios y la posibilidad de ser accionista, así como las disposiciones para promover la difusión de las casas en propiedad.

Con su revista “Cultura sociale”, Romolo Murri, un sacerdote muy popular entre los estudiantes, quiere fundar la democracia sobre los principios cristianos.

Arrastra a una fracción del clero joven al terreno político y suscita las reticencias de los Obispos de Italia.

Por las mismas fechas, en Francia, el Obispo de Annecy, Monseñor Isoard, critica los congresos de Reims (1896) y de Bourges (1900), en los que se reunieron en ambos casos unos 700 sacerdotes en torno a dos temas: actuar y adaptar.

A través de esos congresistas que proponían un nuevo tipo de formación para preparar sacerdotes presentes en el mundo contemporáneo, Monseñor Isoard veía una crítica a la concepción tradicional del sacerdocio y de la autoridad.

Para calmar los ánimos, en enero de 1901, León XIII publica la encíclica “Graves de communi”, en donde admite la legitimidad de la expresión “democracia cristiana”, pero le quita todo sentido político, “no dándole más significación que la de una acción cristiana benéfica para con el pueblo”; el Papa intentaba mantener la unidad de las fuerzas católicas reduciendo la “democracia cristiana” al catolicismo social.

Se buscaba un camino medio entre las audacias de los demócratas y las reservas de los amigos del paternalismo o del ideal corporativista, deseando una profundización en la “Rerum novarum” que evitase las rupturas.

Nombrado en 1889 presidente de la Acción Católica de la Juventud Francesa (ACJF), Henri Bazire imprime al movimiento una orientación cada vez más social, inspirada en la encíclica y respondiendo al lema: “Sociales, por ser católicos”...

A partir de 1904, las Semanas sociales, fundadas por Adéodat Boissard y Marius Gonin, desempeñan la función de universidad itinerante para difundir las doctrinas sociales.

Henri Lorin, presidente de la Unión de estudios de católicos sociales, prolongación de la Obra de los Círculos, define los temas de las Semanas desde 1905 hasta 1914...

El Padre Henri Leroy funda la Acción popular en 1903. El Padre Gustave Desbuquois la dirige de 1905 a 1946. Este organismo intenta “ayudar” a todos los que trabajan en el terreno social por sus publicaciones, sus conferenciantes, sus consejeros. Los secretariados sociales actúan en el mismo sentido.

Acción popular, hoy convertida en CERAS, permitía actuar a los que trabajaban en el terreno social. Incluso los principales responsables “recurrían a sus opiniones en sus dudas:

Eugène Duthoit, brillante presidente de las Semanas sociales, un Zirnheld y un Tessier de la CFTC (Confederación Francesa de Trabajadores Cristianos), un Abate Guérin, fundador de la JOC (Juventud Obrera Cristiana) en Francia, hasta militantes locales o jóvenes sacerdotes que encontraban allí, como bien sabemos, de primera mano, la luz y la seguridad que necesitaban, y esto sin tener que temer ningún intento de absorción” (Paul Droulers).

Acabamos de mencionar dos fundaciones que marcan de manera especial el periodo entre las dos guerras: la JOC y la CFTC. 

En Bélgica, un joven sacerdote, Joseph Cardijn, comprueba que la entrada en la fábrica equivale para el joven trabajador a la salida de la Iglesia. En 1924 lanza la juventud obrera cristiana (JOC).

El Abate Georges Guérin, vicario en Clichy, decide imitar esta fórmula. Reúne a unos cuantos jóvenes obreros y aprendices en torno a Georges Quiclet: así nació la JOC francesa (1926).

Aporta a la ACJF una nueva pedagogía. Su método de encuesta: “ver, juzgar, actuar”, invierte el proceso habitual de los católicos, obliga a poner atención en la realidad, en las condiciones de vida. 

“El descubrimiento de los ambientes de vida, escribe el Abate Pierre Tiberghien,...: aquello fue para muchos de nosotros como un fogonazo”.

La JOC devolvía a los militantes el orgullo de ser cristianos; se había fijado como objetivo la recristianización del mundo obrero.

Pero “el ‘Nous referons chrétiens nos frères’ (“volveremos a hacer cristianos a nuestros hermanos”), que cantaban con ardor, significaba que se quería también ayudar a los jóvenes trabajadores a encontrar unas condiciones de vida, de trabajao.

De alojamiento, de ocio, que les permitiera escuchar mejor el Evangelio y vivir como cristianos” (Cardenal Marty).

En Francia, en vísperas de la primera guerra mundial, los sindicatos libres se reúnen para dar origen a la Confederación Francesa de Trabajadores Cristianos (CFTC). 


Intenta inspirarse en la encíclica “Rerum novarum” y provocaría diez años más tarde una decisión romana de alcance universal.

Desde sus primeros congresos, la CFTC pidió la generalización de los convenios colectivos y solicitó el arbitraje para encontrar una salida a los conflictos sociales.

Su aparición en 1919 la enfrentó desde el principio con la CGT, que se consideraba como la única representativa del mundo obrero. Pero provocó además el descontento de los patronos, irritados al ver que los obreros católicos exigían sus derechos con vigor.

Un conflicto ejemplar la opuso al consorcio textil de Roubaix-Tourcoing, un organismo patronal que quería ser social, pero fuera de toda participación sindical.

El consorcio, convencido de que los sindicatos cristianos eran organizaciones peligrosas, se dirigió al Vaticano para obtener su apoyo, en medio de un clima social especialmente tenso.

En diciembre de 1923, Eugène Mathon, presidente del consorcio, envió a Roma un informe, inspirado sin duda por el secretario general, Désiré Ley, y dirigido contra el Clero que aconsejaba los sindicatos libres.

En agosto de 1924, expidió un segundo informe dirigido contra los sindicatos cristianos atacándolos en sí mismos. Denunciaba sus tendencias socialistas, su connivencia con las organizaciones revolucionarias y sus intenciones políticas.

El Vaticano emprendió una larga investigación, confiada al Padre Danset, y comunicó finalmente su respuesta, en 1928, a Monseñor Jansoone, administrador de la diócesis de Lille.

Más tarde, Roma se decidió a publicar este juicio de la Congregación del Concilio, en 1929, para aprobar la actitud de la CFTC y la de Monseñor Liénart, el nuevo Obispo de Lille, cuando las huelgas de Halluin.

La Congregación del Concilio confirma el derecho de los obreros cristianos a constituir sindicatos distintos y desea que se desarrollen. 

Los empresario industriales no han de ver en ellos un desafío en su contra.

En cuanto a las acusaciones que atribuían a esos sindicatos “un espíritu marxista y un socialismo de Estado, están totalmente privadas de fundamento y son injustas”.

Roma admite además una alianza de sindicatos cristianos con los sindicatos neutros e incluso socialistas, a título excepcional, para acuerdos temporales y evitando los peligros posibles.

Finalmente, la Congregación felicita a los Obispos de la región del norte por haber confiado a sacerdotes competentes la misión de asistir a los dirigentes y a los miembros de los sindicatos en el plano espiritual, así como para las cuestiones que tenían implicaciones morales.

Era una victoria para los sindicatos cristianos. “Ya no estaba permitida la duda; la Santa Sede había aprovechado la ocasión del conflicto de Roubaix-Tourcoing para dar derecho de ciudadanía en la Iglesia al sindicalismo cristiano.

Los patronos que siguieran combatiéndolo o incluso ignorándolo no podrían apelar ya a la Doctrina Social Católica” (Robert Talmy).

La encíclica “Quadragesimo anno” 

Para conmemorar el cuadragésimo aniversario de la encíclica “Rerum novarum”, Pío XI se dirigió esta vez, no sólo a la jerarquía, sino a todos los fieles del mundo.

Hacía el balance de los resultados de la intervención de León XIII en 1891 y definía él mismo nuevas orientaciones.

En la encíclica “Quadragesimo anno” (15 de mayo de 1931), el Papa comprueba que el capitalismo liberal, constituido por unidades de dimensiones medias, ha cedido el lugar a una pujante concentración de capitales, a un verdadero “régimen capitalista”.

Los que gobiernan el crédito tienen “la vida en sus manos, de forma que no se puede ni respirar sin su consentimiento”.

Ante un mundo que avanza cada vez más decididamente por el camino del capitalismo o por el camino del marxismo, Pío XI reconoce a los sindicatos obreros “la función de defender en el mercado del trabajo los derechos y los justos intereses de los asociados”.

Los sindicatos cristianos tienen la misión de “sostener vigorosamente los derechos y los justos intereses de los trabajadores y de impulsar incluso hacia la aplicación de los principios cristianos en materia social”.

Para estimularlos por este camino, el Papa introduce por primera vez en un documento pontificio la expresión “justicia social”.

Estaba, sin duda, lejos todavía de tener un sentido claramente definido, pero la encíclica hablaba de ella en función de los frutos que cabía esperar de la misma: una mejora de las relaciones entre patronos y obreros, una corrección de la distribución de la renta nacional y una participación de todas las clases en los recursos acumulados por los progresos de la economía...     

La justicia social expuesta por la encíclica “Qudragesimo anno” abarcaba todas las relaciones que se establecen en el terreno económico; tenía un contenido muy amplio; sus manifestaciones variarían según los tiempos, los lugares y las situaciones; debía ser fuente de dinamismo y de invención.

En 1934, el presdidente de la ACJF, que exponía al Papa cómo sobre su movimiento repercutían las ideas de la encíclica “Qudragesimo anno”, se extrañó al ver cómo Pío XI fruncía el entrecejo. El Papa le explicó:

“¿Cree que hoy, en 1934, no diríamos más que lo que escribimos en 1931..., haca ya tres años?”

Y el Papa añadió que la verdadera fidelidad tiene que hacerse inventiva.

“Vuestra tarea, concluyó Pío XI, en este terreno, es trabajar por preparar la próxima encíclica sobre la cuestión social”.

Bibliografía


* Paul Christophe, Para leer la historia de la pobreza (del siglo I al siglo XX), editorial Verbo Divino, Navarra, España, 1989

Bibliografía complementaria


Cardenal Joseph Höffner, Sistemas económicos y ética económica, Normas de doctrina social católica, Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (IMDOSOC), México, 1987

- Doctrina Social Cristiana, Ordo Socialis, Herder, Barcelona, 2001

J. Rafael Faría, Curso Superior de Religión, Librería Voluntad LTDA., Bogotá, 1955

- Ética, Curso de Filosofía, México, (s.f.)

Bernardo López Ríos: 

La Iglesia y la Cuestión Social, en Disidencias, boletín de Ciencias Políticas y Administración Pública, nos. 27/28, agosto-septiembre, Escuela Nacional de Estudios Profesionales “Acatlán”, UNAM, México 1982, pp. 24-39

En Palabra, revista doctrinal e ideológica del Partido Acción Nacional:

Las fuentes social cristianas del artículo 123 constitucional, Año 12, No. 47, enero-marzo, México 1999, pp. 123-141

Para leer la historia de la pobreza (del siglo I al siglo XI), Año 17, No. 70, octubre-diciembre, México, 2004, pp. 107-126

Para leer la historia de la pobreza (del siglo XI al siglo XV), Año 18, No. 71, enero-marzo, México, 2005, pp. 131-151

Para leer la historia de la pobreza (siglos XVI y XVII), Año 18, No. 72, abril-junio, México 2005, pp. 131-146

Para leer la historia de la pobreza (siglos XVII y XVIII), Año 18, No. 73, julio-septiembre, México 2005, pp. 153-168

Para leer la historia de la pobreza (siglo XIX), Año 18, No. 74, octubre-diciembre, México 2005, pp. 105-126

Manuel Loza Macías, S.J., Mensajes sociales para el mundo de hoy, Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (IMDOSOC), México 1992

- A propósito de la encíclica “Mater et Magistra”, Colección Panorama, No. 9, JUS, México, 1963

- La creación de riqueza: su grandeza y su miseria, Colección “Diálogo y Autocrítica”, No. 38, Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (IMDOSOC), México 1994

Francisco Pallás Vilaltella, O.F.M., La Doctrina Social de la Iglesia, sobre la condición y el trabajo de los obreros, Espasa-Calpe, Madrid 1941