viernes, 2 de agosto de 2013

Nicolás Berdiaev (1874-1948). El rostro humano: reflejo de la existencia divina

Nicolás Berdiaev (1874-1948)

El rostro humano: reflejo de la existencia divina




            

Por Bernardo López Ríos *


 * Católico, Apostólico y Romano, fiel a las enseñanzas de Su Santidad el Papa Francisco, de Su Santidad Benedicto XVI, Papa Emérito, del Concilio Vaticano II y del Magisterio de la Iglesia Católica


El problema de la persona es el problema fundamental de la filosofía

N. Berdiaev


Introducción

Los escritos de Berdiaev producen una música extraña para nuestra época. En su obra se habla sin rodeos de un orden divino del mundo, del arte como trascendencia y suprema libertad y fuerza creadoras. Nada se encontrará allí de relativismo ni de incapacidad para todo vuelo hacia profundidades sagradas y sutiles. Para Berdiaev sólo el arte, la belleza y la creación de nuevos mundos le permiten al sujeto ser. El individuo se hace real como expresión de una humanidad digna sólo cuando quiebra la necesidad. Se trasciende lo necesario e impuesto por la libertad. Y ese estado libre necesita de una sociedad que no niegue, explote o manipule a la persona. Y ese estado libre es poder creador. Pero no como concepto retórico. Sólo hay libertad cuando se cristaliza un efectivo acto de creación. La creación transfigura al mundo. Lo rehace y permite la explosión de espacios nuevos impregnados por fresca potencia creadora.[1]

En el marco del personalismo existencial destaca la original, profunda y quizás podríamos decir poética reflexión sobre el rostro humano realizada por el gran filósofo ruso Nicolás Berdiaev, pensador cuya intensidad de vida podría compararse, si se nos permite, con la de José Vasconcelos.

El rostro humano

Recientemente, el Padre Pedro M. Gasparotto, M.C.C.P., hizo la siguiente meditación filosófica sobre el rostro humano:

“Todo habla en el hombre. Según Levinas su rostro es una palabra riquísima, inagotable e intraducible en signos orales y escritos. Ya Jesús, mucho antes que Sartre, había llamado la atención sobre lo perjudicial de una “mirada” impura (Mt 5, 28). Es el gran pecado de los “mirones”, que llenan el alma de podredumbre y pretenden ser inocentes, porque sólo ven y no hacen. Para nuestra fortuna existe también la infinita ternura de una sonrisa cargada de amor.

“Desde luego, no se ha explicado mucho diciendo que la sonrisa es el producto de 42 músculos en movimiento. Hay mucho más en su fondo y no por nada en las familias se hace fiesta cuando el niño empieza a sonreír, así como cuando empieza a andar por sí solo o cuando empieza a decir palabras.

“En la pantalla del rostro humano aparece mucho más que las benditas sonrisas: hay la risa, hay la carcajada, hay la mímica, hay la máscara, hay el beso tan polivalente, hay el cambio de color, el temblor, el brillo de la mirada y las lágrimas.
¡Un universo de humanidad sin una sola palabra!

“Efectivamente, se dice que el hombre está hecho a imagen de Dios. Pero ¿a qué nivel está esta bendita imagen? En su De Trinitate San Agustín ha intentado explorar la imagen trinitaria del alma humana. Desde luego, la hay en la formidable actividad interior de la “ideación” universalizadora. Pero, ¿la hay también en el rostro? ¿Por qué ciertos rostros son tan bellos sin ser bellos y otros, son tan feos, a pesar de estar hábilmente manipulados y trucados? ¿Por qué ciertas miradas dan paz y alegría y otras dan miedo? ¿Por qué tenemos tanto miedo de ser mirados? ¿Por qué la mirada es insaciable y puede incluso llevar a la perdición? ¿Por qué ciertas cosas habría sido mejor no haberlas visto nunca?”[2]

“En latín, cosa curiosa -escribe Berdiaev-, la palabra ‘persona’ significa máscara y se refiere a la representación teatral. La persona es, ante todo, máscara. Por medio de la máscara, el hombre se entreabre al mundo, pero también se protege contra la ‘distracción’ causada por el mundo. A ello se debe que la actuación, la ‘representación’, no denoten solamente el deseo de desempeñar un papel en la vida sino también la necesidad de preservarse del mundo circundante, de seguir siendo uno mismo en el fuero interno.

“El instinto escénico posee una doble significación. Por una parte, es el efecto de la condición del hombre, colocado siempre en presencia de la muchedumbre de sus semejantes, entre los cuales la persona aspira a desempeñar un papel, a ocupar una situación. El instinto escénico es de esencia social. Pero se presenta también de otra manera: el yo pasa a otro yo... la persona reviste una máscara.

“Y esto indica siempre que, en la sociedad, en el comercio natural con los hombres, la persona no logra salir de su soledad; en el papel que desempeña, bajo la máscara que lleva, el hombre permanece siempre solo. En las orgías de los cultos  dionisíacos la soledad solo era superada mediante la aniquilación de la personalidad. La soledad no puede ser vencida en la sociedad, en el seno de la muchedumbre de los hombres, en el mundo objetivado: esa victoria se logra sólo mediante la comunión, en el mundo espiritual.

“En la comunión auténtica, la persona no se representa más que a sí misma, se actúa a sí y no a otro, y en lugar de encarnarse en otro yo, se une al ‘tú? Sin dejar de ser ella misma.

“En medio de la muchedumbre humana, considerada como objeto, la persona aspira constantemente a desempeñar un papel distinto del suyo, a encarnarse en otro: cesa de ser una persona para convertirse en un personaje. Tener una situación en la sociedad significa generalmente desempeñar un papel, tomar una máscara, encarnar un personaje impuesto desde afuera.

“Pero en el plano de la existencia, fuera de toda objetivación y socialización, la persona quiere ser ella misma, el hombre aspira a encontrar un espejo en otro rostro humano, aunque sea único, en un ‘tú’. Esta necesidad de ser reflejada verídicamente es inherente a la persona, a su ‘rostro’. El rostro busca un espejo que no sea deformante. El narcisismo es, en cierto sentido, esencial para el rostro. Este espejo fiel es, ya lo hemos visto, el rostro de aquel que ama. El rostro quiere una comunión verídica. Hay algo de lamentable en la fotografía, donde el rostro no se refleja en el rostro amante sino en un objeto indiferente, donde, en otros términos, el rostro es objetivado y sustraído a su verdadera existencia.

“Nada en el mundo es más significativo, nada hace más sensible el misterio de la existencia que el rostro humano. El problema de la persona está ligado en primer lugar al problema del rostro. El rostro se presenta siempre como algo que rompe e interrumpe el mundo objetivado, como un rayo escapado del mundo misterioso de la existencia humana que lleva el reflejo de la existencia divina.

“La persona entra en comunión con la persona, antes que nada, gracias al rostro. La percepción del rostro no se asemeja en nada a la percepción de un fenómeno físico; es una penetración en el alma y en el espíritu. El rostro es el testimonio de que el hombre es un ser integral, que no está desdoblado en carne y espíritu, en alma y cuerpo. Significa la victoria del espíritu sobre la resistencia de la materia. Así es como, según Bergson, se define el cuerpo. Esto vale, en primer término, para el rostro.

“La expresión de los ojos no es un objeto, no pertenece al mundo físico objetivado; es una pura manifestación de la existencia, la aparición del espíritu bajo una forma concreta. Con un objeto no puede hacerse otra cosa que disponer de él; con un rostro no se puede hacer otra cosa que comulgar”.[3]

Berdiaev frente al rostro totalitario

En 1917 estalló la Revolución Rusa y Berdiaev era amigo de Lunacharski y de otros importantes personajes del partido comunista. Berdiaev “solía tomar la palabra en las reuniones obreras, para defender a Jesucristo y a la Virgen en unos apasionantes diálogos con soldados y obreros recientemente conquistada por la propaganda oficial antirreligiosa.

“Si la atmósfera seguía siendo respirable para los escritores, el hombre ruso experimentaba un notable cambio psicofisiológico. Empezaba a delinearse el tipo del agit prop, del fanático frío, instrumento ciego del partido, tipo que irá formándose poco a poco no sólo en Rusia, sino en todas partes, allí donde el partido comunista organizaba sus cuadros y formaba sus instrumentos de trabajo. Es el tipo que describe Raymond Abellio en su novela Los ojos de Ezequiel están abiertos como ‘peste de alto rendimiento’ y al que retrató en la persona del activista Pirenne.

“Según Berdiaev, inmediatamente después de la revolución ‘... un nuevo tipo antropológico se estaba formando, en el que no se notaba ninguna expresión de bondad: rostros de rasgos mal definidos, muy diversos de los de los rusos, lisos, bien afeitados, cruel la expresión, inquieta y agresiva. No había nada que pudiera hacer recordar los rostros de los intelectuales de antaño, de los intelectuales rusos que preparaban la revolución. El nuevo tipo antropológico provenía de la guerra, que había también proporcionado los nuevos cuadros de los dirigentes bolcheviques. Se trataba del nuevo tipo del militante, semejante al tipo fascista... Hombres y pueblos pueden transformarse de manera sorprendente. En lo sucesivo, hubo iguales metamorfosis también en Alemania, y ellas se producen quizá hoy todavía, en Francia’. Esta metamorfosis había producido el tipo humano descrito por Abellio, ‘el tipo nativo del comunista y del fascista’.

“Es justo reconocer que era difícil seguir en un camino humano en medio de una transformación que implicaba hasta el rostro físico de los hombres. Hoy día el tipo nativo del comunista y del fascista, tal como Berdiaev y Abellio lo han esbozado, ha desaparecido casi de Europa y está desapareciendo en la misma Rusia, donde está siendo sustituido por los ‘stiliagi’, los hombres que tienen un estilo, y contra los cuales se empeñan hoy el partido, la prensa y la propaganda comunistas sin darse cuenta de que es imposible luchar en contra de los cambios fisiológicos, consecuencias fatales del cambio psíquico-intelectual ocurrido en el interior misterioso de la especie”.[4]

El concepto de objetivación

El principio de objetivación es uno de los problemas centrales de Berdiaev. De este problema depende para él el destino futuro, la posibilidad misma de la filosofía. La objetivación es, ante todo, una forma de estar ajeno, de exteriorización de las sensaciones de un sujeto, sus proyecciones en un mundo ajeno a él, el mundo de los objetos: “la objetivación es el nacimiento de un no-yo exteriorizado en lugar del tú existente interiormente. Los objetos del pensamiento son creaciones del pensamiento mismo. Esta es la objetivación.

En el mundo que resulta de este proceso todo está disgregado, exteriorizado, separado; la objetivación tiene el efecto de enajenar y desunir. Sus signos están indicados, para Berdiaev, en las siguientes características: el aislamiento del objeto respecto al sujeto; absorbimiento de lo individual único, de lo personal en general, en lo universal impersonal; dominio de la necesidad, de la determinación externa, sofocamiento y opresión de la libertad; adecuación al carácter masivo del mundo y de la Historia, al hombre medio, socialización del hombre y de sus opiniones, hasta suprimir cada originalidad, el proceso de objetivación separa fenómeno y noúmeno. La objetivación de las formas intelectuales empieza a vivir una vida autónoma y engendra una no realidad.[5]

Nicolás Berdiaev

Nació el 19 de marzo de 1874 en una aldea situada no lejos de Kiev. Su familia pertenecía a la alta nobleza. Su padre, Alejandro, era oficial de la guardia imperial y comprometido con el gobierno, aunque sin gusto por la carrera militar, por lo cual se acogió a un pronto retiro, yéndose a sus posesiones y escapando apenas a la ruina. Se había casado con una mujer de habla francesa, aunque perteneciente a la alta aristocracia polaca. Como ésta había pasado su infancia y recibido su educación en París, era más francesa que rusa. Aunque ortodoxa, se sentía fuertemente atraída por el catolicismo. De su madre tenía Nicolás, además de la belleza, el gusto por la vida mundana.

Nicolás pasó en Kiev su infancia y adolescencia. A los 10 años de edad ingresó como externo en el Cuerpo de cadetes. En esta escuela de preparación militar, la disciplina era muy dura. Nicolás se sentía allí desdichado y desamparado. Se negaba a mezclarse en los juegos y diversiones de sus camaradas. Los encontraba vulgares y necios, y prefería la compañía de las jóvenes. Distaba mucho de ser un buen alumno. Las matemáticas y la ortografía le rechazaban. Como la poesía no le gustaba, no hacía ningún esfuerzo por aprender de memoria los versos. Llegó incluso a desalentar a un repetidor que sus padres le habían contratado. Sin embargo, no era perezoso. Niño precoz, le gustaba retirarse a su habitación, aislada del resto del apartamento y sumirse en la lectura de novelas o de dramas. A los 14 años leía y se esforzaba por comprender a Kant, Hegel, Schopenhauer, cuyas obras retiraba de la biblioteca de su padre.

En casa de los Branitzki, riquísimos parientes polacos de su madre, fue donde Nicolás trabó relación con el gran mundo feudal y aristocrático. La influencia de este mundo, unida a la de su ambiente familiar, debió generar en él diversos sentimientos. Entre éstos, tres se imponen por su vivacidad y tenacidad:

El primero es un sentimiento de superioridad, el cual, cuando Nicolás. En su adolescencia, se dio cuenta de la falta de verdadera aristocracia en la alta sociedad rusa, dejó de estar sostenido por la vanidad de pertenecer a la clase privilegiada y pasó a estarlo por la conciencia de formar parte de una “élite espiritual”. Esta conciencia estuvo acompañada de un orgullo, resto de vanidad pueril, que, aunque combatido mediante una gran humildad, nunca se desvaneció del todo.

Junto al sentimiento de superioridad, estaba el de soledad. No era una sociedad como la de los Branitzki, más inclinada a buscar los placeres y las distracciones que a interesarse en un niño, la que hubiera podido disipar este sentimiento sacando a Nicolás de un aislamiento que se le hizo todavía más difícil de soportar después de la muerte de su institutriz, acontecida cuando el tenía catorce años.

El tercero es el sentimiento de vivir en un mundo malvado, hostil, repugnante, donde el odio triunfa sobre el amor, la injusticia sobre la justicia, el mal sobre el bien; donde reina el sufrimiento, donde la felicidad no es sino una palabra desprovista de significado.

El sentido de su existencia constituyó una interrogación que, en el umbral de su adolescencia, salvó a Nicolás Berdiaev. Estuvo en la raíz de “una metamorfosis vivida en el entusiasmo”. “Acababa yo de sentir un gran arrebato espiritual. Sentía nacer y crecer en mí una curiosa resistencia, una especie de fundamento de vida espiritual inconmovible, no porque hubiera encontrado la verdad, el sentido de la vida, sino porque había tomado la resolución de consagrarla a la búsqueda y al servicio de la verdad, a la búsqueda del sentido de la vida” (Ensayo de autobiografía).

Esta búsqueda tenía inevitablemente que llevar a Nicolás a plantearse cuestiones de orden religioso. Con la esperanza de encontrarles una respuesta, se volvió hacia la ortodoxia tradicional, que hasta entonces le había sido desconocida, porque sus padres nunca le habían hecho mención de ella. Pero no puede hablarse de conversión. Se trata solamente de una orientación tomada entre otras por un espíritu ávido de enriquecerse. En esa época, Berdiaev se familiarizó con Tolstoi y Dostoievski, particularmente con las extraordinarias conversaciones entre Iván y Alexei Karamazov en Los hermanos Karamazov. Aparece ante sus ojos la profundidad de la vida humana y decide consagrar su existencia a vivir intensamente ese misterio. Asimismo, se apasionó por las obras de filosofía.

En el Cuerpo de Cadetes su situación se había vuelto intolerable. Como sus profesores comprendieron que era absurdo empeñarse en retener a un joven tan poco hecho para el oficio de las armas, lo dejaron irse. Al sentirse entonces más libre, Nicolás, pese a su intención de buscar un sentido a la vida, no tuvo más que una idea: defender la libertad, contra la cual, según él, atentan todo agrupamiento social y todo vínculo. Sea lo que fuese, el compromiso estaba tomado. Berdiaev no cesará de afirmar la primacía de la libertad, y esto lo llevó a fundar sobre ella su Weltanschauung.

“Yo busco no la autonomía del Estado y de la sociedad respecto de la religión, sino el fundamento y la corroboración del Estado en la religión. Por nada del mundo quiero ser liberado de Dios; quiero ser libre en Dios y por Dios... Dios tiene que volver nuevamente a ser el centro de nuestra vida, nuestro pensamiento, nuestro sentimiento, nuestro único sueño, nuestra única espera, nuestra sola esperanza. Mi sed de una libertad sin límites tiene necesidad de comprenderse como un conflicto con el mundo, no con Dios”.[6]

La ruptura con la sociedad aristocrática y la entrada en el mundo revolucionario, éstos son, afirmaba Berdiaev, los hechos principales de su biografía.

Durante los pocos años que se sitúan entre estos dos acontecimientos, ocupados en la preparación del ingreso en el bachillerato, trabó relación con los pensadores populistas rusos, cuya entrega a la resolución del problema de las relaciones del individuo con la sociedad no podía dejarle de interesar en grado máximo.

Nicolás Mijailovski, fuertemente influido por Herzen y por su amigo, el escritor revolucionario Pedro Lavrov, lo aguijoneó hacia el personalismo, que debía convertirse en el gran tema berdiaeviano. En contacto con ellos, nuestro joven se alejó definitivamente de la nobleza. La indignación que le había despertado el desprecio a la plebe que mostraban muchos miembros de esta clase cortó los últimos lazos que lo podían retener. Por eso se volvió hacia los judíos, entre quienes estaba seguro de no encontrar ningún noble. Hasta el comienzo de su vida universitaria buscó la compañía de estos. Luego fue su defensor, y escribió artículos contra el antisemitismo, cuyas causas se esforzó por encontrar.   

Desde su infancia el joven Berdiaev presenció los feroces debates que azotaban la intelligentsia rusa en el final del siglo XIX: el pensamiento de Hegel que fructificó en los jóvenes rusos de aquello tiempos con una fuerza imparable, el socialismo marxista planteado desde mil interpretaciones, la Ilustración rusa tras la reforma de Pedro I, etc. Las tertulias promovidas por la aristocracia eran, en aquellos tiempos de asfixiante falta de libertad y de aplastante presión estatal, los únicos foros de reflexión medianamente libres, aunque sin repercusión política. Berdiaev también se vería influido por Visen, los místicos alemanes Boheme, Silesius y Vaan Baader.

Se matricula en Derecho, carrera que nunca finalizó, y toma contacto con un ambiente estudiantil extremadamente activo e inconformista. Antes de conocer directamente las corrientes ideológicas que florecían en las aulas ya se encuentran en el joven Berdiaev manifestaciones típicas de la intelligentsia rusa: sed de conocimiento, carácter autodidacta, formación filosófica poco sistemática, rechazo hacia su origen aristocrático, interés por los problemas sociales y políticos y un irreprimible deseo de cambiar las estructuras tradicionales a favor de los más necesitados.

En 1894 descubrió el marxismo. De inmediato, Berdiaev reprochará a los marxistas el quedarse en el ámbito material de la vida, en el menos rico, desconociendo las profundidades del ser humano. Aunque simpatizó con los ideales revolucionarios, no podía contentarse con la estricta filosofía materialista, estrecha y poco comprensiva en lo referido al arte o la religión.

En la universidad, no tardó en entrar en relación con algunos estudiantes marxistas, entre los cuales hay que citar a Lunacharski, futuro comisario del pueblo para la instrucción pública. Berdiaev se puso al lado de ellos. Sus conocimientos filosóficos y su cultura general no tardaron en distinguirlo de sus camaradas, y su influencia sobre ellos creció día con día.

Sus primeras conferencias las pronunció delante del comité socialdemócrata de Kiev, del que pronto llegó a ser miembro. Se le consideraba un “líder revolucionario”. Sus excelentes relaciones con los obreros, frente a los cuales, a pesar de la conciencia que tenía de la propia superioridad, no adoptó jamás –contrariamente a la mayoría de los intelectuales- una actitud altanera, consolidaron su popularidad.

Encarcelado pro primera vez por haber participado en una manifestación estudiantil, quedó en libertad a los pocos días y retomó con más ahínco sus actividades revolucionarias. Participó con frecuencia en las reuniones que se celebraban en casa de G. Chepalnov, profesor de filosofía en la universidad de Kiev y posteriormente uno de los fundadores del instituto de filosofía de Moscú. Las conversaciones que allí se desarrollaban enriquecieron y agudizaron su espíritu crítico.

Chepalnov, que poseía el don de la persuasión, era un brillante adversario del materialismo. Debió de tener ascendiente sobre Berdiaev, que poco a poco llegó a tomar en cuenta solamente el aspecto idealista y pragmático del autor de El Capital y a alejarse cada vez más del marxismo llamado ortodoxo.

Marx “había heredado del idealismo alemán esa fe en la actividad del hombre que es, en realidad, fe en el espíritu; es decir, que es incompatible con el materialismo. En este aspecto, uno toca en el marxismo los elementos de una verdadera filosofía existencial (...), que proclama el triunfo de la actividad humana (Las fuentes y el sentido del comunismo ruso).

Carlos Castillo Peraza señala que, sobre el materialismo histórico Efraín González Luna “afirma que ‘si la inteligencia rusa, no la burguesa ni menos la identificada con el zarismo, sino la positiva y sinceramente comunista tuviera derecho al pensamiento y a la expresión, estaría formada ya una metafísica del comunismo, rectificadora del rígido dogmatismo impuesto por la dictadura y con vistas inéditas hacia la religiosidad’. La influencia de Berdiaeff es obvia y el autor la hace explícita cuando cita: ‘son las energías del alma las que el comunismo pone al servicio de una ideología atea’”.[7]

Berdiaev se había lanzado con ardor a la lucha por las ideas nuevas porque había comprendido que la acción era la única posibilidad no sólo de salir de un aislamiento insoportable, sino también de cambiar el mundo.

Pero, al alejarse de una doctrina tal como la concebía la mayoría de sus camaradas, llegó a dudar del proletariado, percatándose de que, en el fondo, las aspiraciones de éste, viciadas por la venganza, tendían principalmente al establecimiento de una nueva burguesía, detrás de la cual se perfilaba la terrible silueta de un gran inquisidor.

Antonio Caso “indicaba que la metafísica de Marx era poco original y reunía al materialismo y a la dialéctica de Hegel en una ‘síntesis inconsistente, por no decir absurda’... Como bien lo había destacado el filósofo ruso Nikolai Berdiáiev (1874-1948), observaba Caso, en Marx había un prístino ‘mesianismo de clase’ que empujaba a desconfiar del conjunto de sus ideas”.[8]

“La moral de Marx no reconoce el valor de la personalidad humana; él también rompe con lo humano y predica la dureza para con el hombre, en nombre de la colectividad, en nombre del Estado futuro, del Estado socialista: La colectividad substituye en Marx al Dios perdido...

“Y Marx jamás fue un demócrata. Su tono es esencialmente antidemocrático”.[9]

Berdiaev continuó la lucha no tanto en nombre del pueblo como en nombre de los valores culturales y espirituales amenazados, y cuando viajó a Suiza para encontrarse con los dirigentes socialdemócratas emigrados, uno de ellos, G. Plejanov, le dijo que con las opiniones que expresaba no podría seguir siendo marxista. Esto sucedía poco después del arresto y la expulsión de Berdiaev de la Universidad de Kiev, hechos que tuvieron lugar en 1898, cuando la policía zarista logró, mediante una redada, apoderarse de todo el comité socialdemócrata de la ciudad. Permaneció cerca de cinco semanas en la cárcel.

Una vez dejado en libertad, recibió la orden de no salir de Kiev y de permanecer bajo la vigilancia de la policía, hasta que un tribunal competente se pronunciara sobre el caso. Lo que parecía iba a ser un rápido proceso judicial se transformó en un proceso administrativo que duró más de dos años y que finalizó sentenciando a Berdiaev y a otros socialdemócratas a la pena de tres años de exilio en la provincia norteña de Vologda, Siberia. Corría entonces el año 1900 y Nicolás contaba con 26 años.

“Su exilio, nuevamente gracias a las gestiones realizadas por su padre, es bastante menos duro que el de sus compañeros, llegándose a ofrecer el traslado a una residencia más meridional, que rechazó. Estaba autorizado a residir en una posada sencilla, pero protegida contra el largo invierno, que se llamaba El Ancla Dorada.

“En Vologda Berdiaev sufre dos profundas transformaciones. La primera es espiritual y se produce con la lectura de Visen y la relectura, más adulta, de Dostoievski y Tolstoi. Alejado de revueltas estudiantiles y del clima revolucionario de la universidad, posee un tiempo precioso para la vida interior. Pasea, siempre que es posible, alrededor de esta pequeña villa medieval, rezando en una pequeña capilla semiderruida. Desde ese momento lo que era un impulso personal hacia la vida espiritual se transforma en el punto capital de su filosofía: la primacía de los valores espirituales y de la belleza sobre las consideraciones materiales y, sobre todo, de la persona espiritual sobre los medios políticos o racionales.

“Se produce un alejamiento ya irreversible respecto al marxismo. Le pareció repulsiva la actitud del resto de exiliados consistente en decidir colectivamente cuestiones de conciencia personal. El ambiente se le hacía irrespirable frente a la profesión de fe ciega en el materialismo y de rechazo a toda creatividad e independencia personal. Intenta convencerlos de que el incremento del nivel de vida económico no podía ser un fin en sí. Influido por los últimos escritos de Herzen y Nietzsche, consideraba toda objetivación como peligrosa, y así intentaba mostrárselo a sus compañeros: el fin último no podía ser otro que la conquista de la libertad y su ejercicio efectivo por todo hombre. Incomprendido, sintió como la grieta que lo separaba de los marxistas e incluso de los socialdemócratas se incrementaba”.[10] 

“La moral de Nietzsche no reconoce el valor de la personalidad humana; rompe con lo humano, predica la dureza para con el hombre, en función de fines sobrehumanos, en nombre del futuro y de lo lejano, en nombre de la sublimidad. El superhombre reemplaza en Nietzsche al Dios perdido. No puede, no quiere mantenerse en lo humano, en sólo lo humano. Con el individuo sobrehumano de Nietzsche perece la imagen del hombre”.[11]

La Revolución de Octubre no sorprende a los intelectuales rusos. Las diferentes reacciones motivadas por la Revolución provocan una ruptura dentro de los intelectuales. Se forman dos frentes: los partidarios del comunismo recién implantado y quienes ven en él una tiranía irresistible. Esta fractura provocará la separación entre Berdiaev y muchos de sus amigos.

Inmediatamenbte la crueldad se apodera de las calles de Moscú. Durante esos días Nicolás se involucra en multitud de altercados. El más grave tiene lugar cuando Berdiaev, que había salido de su casa para apreciar la situación, desembocó en una plaza donde una muchedumbre revolucionaria hacía frente a un pelotón de soldados sobreexcitados. La descarga de fusilería era inminente. Sin escuchar otra voz que la de su coraje, Berdiaev no vaciló en adelantarse solo, e interpelando al comandante le pidió que no derramase la sangre de los que enfrentaban a la tropa. El instante fue decisivo. Pero la matanza no se produjo. “Hoy sigo considerando un milagro que Nicolás no haya sido derribado allí mismo de un tiro por el oficial”, comenta la señora E. Rapp, testigo de esta acción, de la cual Berdiaev nunca se jactó.

No tardó mucho en producirse la temida detención. En cada artículo, en cada panfleto, en cada alocución pública, Berdiaev se mostraba crítico con las actuaciones del nuevo gobierno, y proclamaba su fe cristiana frente al materialismo ciego y vulgar que llenaba la propaganda política. Por suerte, este primer arresto durará poco. Ayudan a su liberación el temido Dzerzinski y su antiguo camarada, ya Comisario del pueblo, Lunacharski.

“Con todo el fanatismo y el exclusivismo que los bolcheviques trataban de trasladar desde el campo político al literario, artístico y filosófico, la vida intelectual pudo desarrollarse con bastante libertad entre 1918 y 1922. Fue aquel un periodo, incluso, de renacimiento religioso, a pesar de las medidas que el gobierno tomaba contra la Iglesia. El teólogo Bulgakov y el poeta V. Soloviev, sobrino del filósofo, se ordenaron sacerdotes, y el príncipe Eugenio Trubetskoi publicó su libro El sentido de la vida (1918) en el que defendía la moral y la metafísica de la Iglesia ortodoxa, expresando puntos de vista optimistas con respecto al futuro desarrollo de la religión en Rusia.

“Aparecen también el cuarto tomo de las cartas de Vladimir Soloviev, un libro del teólogo Florenski (matemático de cultura enciclopédica, fue detenido en 1933 e internado en un campo de concentración al norte de Rusia,[12] donde murió al cabo de diez años) sobre Laura de San Sergio, el Tratado sobre Dios, el mundo, el hombre y los pecados capitales, por Karsavin, y otros libros representando opiniones situadas fuera del campo filosófico oficial y, muchas veces, directamente contrarias.

“Berdiaev escribe en 1918 su Filosofía de la desigualdad, inspirada por José de Maistre, libro curioso por más de una razón, ya que De Maistre había sido, después de la revolución francesa, el filósofo de la Restauración y había defendido en sus libros las instituciones tradicionales, mientras Berdiaev gozaba en los años postrevolucionarios de la confianza del gobierno soviético.

“Había sido nombrado profesor de la Universidad de Moscú, en 1920, dictaba un curso sobre la ética de la palabra en un instituto del Estado, e incluso inauguraba con un discurso la Libre Academia de la Cultura Espiritual. Sin embargo, su Filosofía de la desigualdad era un libro en el que el filósofo cristiano trataba de restaurar ‘los fundamentos ontológicos y religiosos de la sociedad’, en un momento en que estos fundamentos se derrumbaban bajo los golpes violentos de la revolución marxista.

“En su Autobiografía espiritual (obra póstuma editada en París en 1949) hay ecos lejanos de sus contactos con la desigualdad y con las ideas de De Maistre y que recuerdan también a Maritain: ‘Pienso todavía que la igualdad es una palabra vacía y que el derecho social tiene que basarse en la dignidad de la persona humana y no en la igualdad’. Según sus ideas de 1918, Rusia había sufrido el impacto de las potencias occidentales y que era, por consiguiente, la masonería la que, a través del bolchevismo, se había empeñado en destruir la Iglesia rusa. `Sustituir la Iglesia de Cristo por una pseudoiglesia de falso humanitarismo’, era el fin del racionalismo occidental, representado por la masonería y por el comunismo ateo, instrumento éste de aquélla”.[13]

Un día de 1920, después de horas angustiantes pasadas en el trabajo obligatorio (“una cosa justa pero mal organizada”), Berdiaev volvió enfermo a su casa. Se acostó temprano, pero fue bruscamente despertado por un grupo de soldados, dirigidos por un funcionario de la Checa, que venía a arrestarlo. El allanamiento duró toda la noche, y al amanecer, Berdiaev fue llevado a la cárcel. Su interrogador no lo interrumpió sino para hacerle algunas observaciones. Cuando terminó, Dzerjinski, tocado y seducido por su franqueza, se limitó a hacerle algunas preguntas antes de dejarlo en libertad, con la condición de que no saliera de Moscú sin su autorización. En verdad, Berdiaev había tenido mucha suerte. La temible Checa no dejaba escapar fácilmente a sus víctimas.

Pitrim A. Sorokin recuerda que “entre otros cargos, (Berdiaeff) ocupó la cátedra de Economía de la Universidad de Moscú y fue uno de los fundadores de la Sociedad Filosófico-Religiosa Rusa. En 1922, Berdiaeff fue detenido y expulsado de Rusia por el Gobierno soviético (en el mismo grupo en que yo he sido desterrado”.[14]

En 1922 la pena del exilio fue un mazazo terrible para Berdiaev, que amaba su tierra natal. Las condiciones del viaje resultaron terribles: con apenas una muda de ropa y veinte dólares en el bolsillo, sólo la ayuda del Estado alemán hizo la llegada a aquel país un poco más humana, infundiendo la esperanza de los comités de acogida y de la existencia de universidades libres que harían posible la subsistencia.

Los años que van desde 1922 a 1924 vieron a Berdiev en Berlín, donde fue nombrado decano del Instituto Científico Ruso, cuya existencia estaba asegurada gracias a los fondos aportados por el gobierno alemán. Enseñó allí historia del pensamiento y la moral rusos, consagrando sus horas de ocio a la fundación, que se hizo posible gracias a la ayuda de la YMCA, de una Academia de Filosofía y Religión. Ésta agrupó principalmente a los intelectuales rusos expulsados de su patria después de la Revolución de Octubre, y no tenía simpatía ninguna por los rusos blancos. Berdiaev mismo les reprochaba su mentalidad enteramente impregnada por la nostalgia de los bienes perdidos, su estrechez de espíritu engendrada por la obsesión del bolcheviquismo y, sobre todo, el hecho de haber huido de su patria.

Las malas relaciones que existían entre los numerosos emigrados que residían en la capital alemana (donde Berdiaev conoció a hombres eminentes como Max Scheler, Keyserling –quien hizo el prefacio de su libro El sentido de la historia-, Oswald Spengler) provocaron que tomara el camino hacia París, además de que Berdiaev prefiere la capital francesa a Berlín, rechaza las corrientes políticas que ve germinar en Alemania y especialmente la contraposición entre los movimientos de izquierda, el liberalismo decadente y la reacción de extrema derecha –nuevamente se ahoga entre filosofías que le son opuestas-, y, finalmente, París se comienza a convertir en el nuevo centro de la cultura rusa, lo que le resulta más atractivo.

En 1926 se instala en Clamart (París) –aunque ya llevaba casi dos años en la capital francesa-, donde vivirá en una modesta casa, hoy museo Berdiaev. Como la Academia lo había seguido a Francia, reinició allí sus actividades, ocupándose además de la redacción de la revista El camino.

Su reputación no tardó en extenderse, y su casa, acogedora y abierta para todo el mundo, se convirtió en un verdadero centro intelectual internacional. A partir de entonces, Berdiaev pasaría su vida meditando y escribiendo la mayor parte de su obra, sin interrumpir el trabajo salvo para dar conferencias, responder a invitaciones que le llegaban desde todos los países de Europa occidental o para participar en reuniones, coloquios y distintos congresos que le permitieron trabar conocimiento con pensadores y escritores célebres.

Entre ellos, Ch. Du Bos, E. Wilson, el padre Laberthonnière, Gabriel Marcel, Emmanuel Mounier, con quienes estuvo más o menos relacionado; R. Fernández, A. Gide, R. Martín du Gard, A. Maurois, J. Schlumberger, J. Wahl, asistentes habituales todos ellos a las Décadas de Pontigny, a las cuales Berdiaev fue frecuentemente convidado por P. Desjardins; K. Barth, L. Lavelle, R. Le Senne, A. Malraux.

Se hicieron sus amigos íntimos F. Lieb, al que ofreció su colaboración en los cuadernos Oriente y Occidente; Jacques Maritain, a quien conoció por intermedio de la señora de León Bloy; R. Rolland, M. M. Davy, E. Lampert.

La larga búsqueda orientada a dotar de un contenido ético a la revolución social le llevó hasta un personalismo comunitario, que pudo exponer en numerosas publicaciones y en sus conferencias por toda Europa: Inglaterra, Alemania, Austria, Suiza, Holanda, Bélgica, Hungría, Checoslovaquia, Letonia, Estonia...

Para un gran número de disidentes soviéticos, Berdiaev se convirtió en un verdadero maestro del pensamiento. A lo largo de la URSS se multiplicaron los círculos de estudio sobre Berdiaev, perseguidos implacablemente por un régimen que no tenía sino la fuerza bruta para oponer al resplandor de un pensamiento infinitamente más rico, más original y más profundo que todo lo que el marxismo-leninismo pudo ofrecer.

“Allí donde no hay Dios, tampoco hay hombre: tal es el descubrimiento experimental de nuestra época”.[15]

Actualmente su influencia sobre el personalismo está fuera de toda duda. Su participación es fundamental para la creación de la revista Esprit, estando presente en la reunión del 24 de junio de 1931 que dio lugar a su fundación junto con Jacques Maritain, Gabriel Marcel, Jean Hugo, Georges Izard, Déléâge, P. Van der Meer, O. Lacombe y Emmanuel Mounier. En el primer número de la revista (octubre de 1932), publica su estudio: Verité et mensonge du communisme, que causa una honda impresión en la izquierda francesa.

Las reuniones, los grupos de trabajo y las publicaciones de aquella época se ven afectadas por la convulsión social que desencadena la Segunda Guerra Mundial. Berdiaev sufre la ocupación de París por parte de los nazis, no queriendo aceptar ninguna de las invitaciones que le llegaron desde América. En varias ocasiones miembros de la GESTAPO interrogan a Berdiaev, quien había escrito, y mucho, contra Hitler, el nacionalsocialismo y todo tipo de totalitarismo, pero nunca es arrestado.

Ante la nueva situación política, la vigilancia a la que se veía sometido para que no realizara ningún pronunciamiento ni publicara ningún escrito, y el peligro nazi, Berdiaev dedica todas sus fuerzas, dentro de la asociación que había creado para acoger a los emigrados rusos, “Acción ortodoxa”, a salvar numerosos judíos de los campos de concentración nazis. Muchos de los dirigentes de esta organización son conducidos a la muerte por las SS.

En 1945 su esposa Lidia se ve afectada por una enfermedad degenerativa muy rápida, que la lleva a la muerte, la cual le mostró a Berdiaev una fe inmensa, la de una mujer que enfrenta a su destino con el alma serena y la confianza en Cristo.

En 1947, y desbancando a otros candidato (nada menos que K. Barth y J. Maritain), recibirá el único título académico que poseyó en toda su vida: el doctorado honoris causa en Teología por la Universidad de Cambridge, merecido reconocimiento a su labor de recuperación de la patrística oriental y, sobre todo, a sus ingentes esfuerzos por la reunificación del cristianismo en una sola Iglesia bajo la luz de un mismo Espíritu. En la misma época se le comunica que ha sido propuesto para el premio Nobel.

“En el catolicismo había una colosal actividad humana que tenía por manifestación la soberanía del Papa, la dominación del mundo por la Iglesia católica, la creación de una inmensa cultura medieval. Esto es lo que distingue al catolicismo de la ortodoxia oriental. El catolicismo no sólo conducía el hombre al cielo, sino que también suscitaba la gloria y la belleza en la tierra. He aquí su gran secreto...

“La tendencia al cielo y a la vida eterna engendra la belleza y produce la potencia en la vida terrestre y temporal. El ascetismo del mundo católico medieval era una excelente preparación para obrar. Protegió, concentró las energías creadoras del hombre. La ascética medieval era una extraordinaria escuela para el hombre; daba a su espíritu un temple sublime.

“Y el hombre europeo de toda la historia moderna ha vivido de lo adquirido espiritualmente en esta escuela. Le debe todo al cristianismo. Ninguna otra escuela de espiritualidad lo ha podido disciplinar y poner a prueba de tal forma. El hombre europeo malgasta sus fuerzas, se ha prodigado y consumido. Y si aún sigue espiritualmente viviente, esto se debe únicamente a los cimientos cristianos de su alma. El cristianismo sigue viviendo en él bajo una forma secularizada, y lo ha preservado, de esta manera, de la descomposición”.[16] 

Su primer título universitario lo recibió nueve meses antes de entregar el alma a Dios.

Berdiaev lega a la Iglesia rusa su casa en Clamart, en la que había mandado construir, significativamente, una capilla dedicada al Espíritu Santo.

Los cristianos tienen que dirigir su voluntad hacia la creación de una sociedad cristiana y de una cultura cristiana, poner por encima de todo la búsqueda del Reino de Dios y de su verdad (Una nueva Edad Media).

En el cementerio, cuando llegó el momento de inhumarlo, la fosa resultó demasiado pequeña: “¿No es esto, como alguien ha pretendido, una imagen impresionante de este hombre genial, que rebasó todos los marcos rígidos en que el mundo quería encerrarlo?”

Las profecías de Berdiaev

El Renacimiento ha fracasado; la Reforma ha fracasado; las “Luces” han fracasado. Fracasaron igualmente las revoluciones inspiradas en las “Luces”; y disipadas están las esperanzas que ellas contenían. De igual manera fracasará el socialismo en acción.

El bolchevismo no es una realidad ontológica independiente, no tiene entidad en sí mismo. Es sólo una alucinación del espíritu popular enfermo. El bolchevismo corresponde al estado moral del pueblo ruso, expresa exteriormente crisis morales internas, el abandono de la fe, la profunda desmoralización del pueblo.

El bolchevismo tiene que ser vencido ante todo desde el interior, es decir, espiritualmente, y sólo luego por la política. Hay que encontrar un nuevo principio espiritual de organización del poder y de la cultura.

Si los bolcheviques nos sorprenden por su fuerza, ello es sólo exteriormente. Pero son tremendamente impotentes y sus obras están marcadas de trivialidad y de tedio. Imitan a los hombres de poder. Pero detrás de todo esto está el pueblo ruso, y a éste no podrá impedírsele que viva y que siga siendo un gran pueblo, con dones elevados.

Y hay algo de positivo en que el bolchevismo dure tan largo tiempo, en que no sea derribado desde el exterior y por la fuerza.

Habrá muchas sorpresas. Y la liberación vendrá no de donde los hombres la esperan sino de donde Dios haya de enviarla.

El espíritu moral tiene siempre la prioridad sobre la política.

Tenemos poderosas razones para creer que las potencias creadoras del hombre sólo pueden regenerarse y su identidad reconstituirse mediante una nueva época de ascetismo religioso. Sólo una época así, que retorne a las fuentes espirituales del hombre, podrá centrar sus energías y evitar que su identidad se reduzca por completo a cenizas.

Y algunos espíritus dotados de cierta intuición se dirigirían de buena gana a la Edad Media para preguntar nuevamente por el verdadero origen de la vida humana; en una palabra, para volverle a preguntar por el hombre.

Nuestra época exige ante todo obras semejantes a las de san Agustín. Necesitamos tanto la fe como la idea. La salvación de las sociedades que actualmente están en trance de perecer provendrá de grupos animados por la fe. Su trama es la que formará el nuevo tejido de la sociedad, ellos consolidarán los vínculos sociales en el momento de la decadencia de los Estados antiguos. Y los antiguos Estados se derrumban. La historia moderna llega a su desenlace. Y nos acercamos, lo he dicho ya, a una época análoga a lo que fue la Edad Media en sus comienzos. 

El centro espiritual, en un porvenir inminente, lo será, como lo fue en la Edad Media, sólo la Iglesia. Y la vida de la Iglesia se desarrolla actualmente por caminos que no son oficiales, sino invisibles desde fuera. Las fronteras de la Iglesia no aparecen claramente, no se las puede mostrar con el dedo, como si fuera un objeto material. La vida de la Iglesia es misteriosa, y sus vías no son comprensibles para la razón. El espíritu sopla hacia donde quiere.

La nueva Edad Media triunfará sobre el atomismo de la historia moderna. Este atomismo es vencido mentirosamente por el comunismo y verazmente por la Iglesia y el espíritu ecuménico. (Una nueva Edad Media, obra escrita en 1924)

NOTAS




[1] Cf. Esteban Ierardo, Presentación de Nicolás Berdiaev, http://www.temakel.com/texolvberdiaev.htm
[2] Pedro M. Gasparotto, M.C.C.P., Vías de acceso al ser, al hombre, a Dios, Sugerencias para una meditación filosófica, en Revista La Cuestión Social, Año 5, No. 2, Verano, julio-septiembre, México, 1997, pp. 129-130
[3] Alexis Klimov, Nicolás Berdiaev, Introducción a su vida y obra, Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1979, pp. 134-136
[4] Vintila Horia, La rebeldía de los escritores soviéticos, Libros de bolsillo, RIALP, Madrid, 1960, pp. 99-100
[5] Cf. Bruno Gelati, Lo metafísico y lo histórico en el drama del hombre y su destino. El sentido de la historia en Berdiaev, Tesis de licenciatura en filosofía, Universidad Pontificia de México, 1993, p. 37
[6] Nicolás Berdiaev, Una nueva Edad Media, Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1979, pp. 83-84
[7] Carlos Castillo Peraza, Efraín González Luna, precursor del documento de Puebla, en El ogro antropófago, EPESSA, México (s.f.), p. 103
[8] José Hernández Prado, La filosofía de la cultura de Antonio Caso, Universidad Autónoma Metropolitana, Azcapotzalco, México, 1994, p. 120. Ver también el análisis de Antonio Caso a la filosofía de la historia de Berdiaev en La persona humana y el Estado totalitario, obra publicada por la UNAM  
[9] Nicolás Berdiaev, Una nueva Edad Media, op. cit., pp. 29 y 137
[10] Marcelo López Cambronero, Nikolái A. Berdiáev: la libertad creativa, en Personalismo existencial. Berdiáev, Guardini, Marcel, colección persona, no. 20, IMDOSOC, Fundación Emmanuel Mounier, Madrid,  2006, pp. 17-18
[11] Nicolás Berdiaev, Una nueva Edad Media, op. cit., p. 29
[12] Cf. Tatiana Góricheva, La fuerza de la locura cristiana, Mis experiencias, Herder, Barcelona, 1988, p. 24
[13] Vintila Horia, op. cit., pp. 97-99
[14] Pitrim A. Sorokin, Las filosofías sociales de nuestra época de crisis, Aguilar, Madrid, 1966, p. 178
[15] Nicolás Berdiaev, Una nueva Edad Media, op. cit., p. 63
[16] Ibid., pp. 19-20

Un político austero Alcide De Gasperi (1881-1954)

Un político austero
Alcide De Gasperi (1881-1954)


Por Bernardo López Ríos *

* Católico, Apostólico y Romano, fiel a las enseñanzas de Su Santidad el Papa Francisco, de Su Santidad Benedicto XVI, Papa Emérito, del Concilio Vaticano II y del Magisterio de la Iglesia Católica

“Austeridad y Trabajo”, lema universitario del Rector Gómez Morín


Introducción

Richard M. Nixon, ex presidente de los Estados Unidos, da cuenta de los grandes contrastes que separaban a Alcide De Gasperi del líder comunista italiano Giuseppe di Vitorio. Este era el secretario general de la Confederación Italiana del Trabajo y uno de los más importantes líderes de la Italia de posguerra. 

Nixon lo visitó en su oficina, la cual estaba lujosamente amueblada con mobiliario de la época, magníficas cortinas de color rojo y una gruesa alfombra del mismo color. En cambio, la oficina de De Gasperi era cómoda pero no lujosa. Así como Di Vittorio era un hombre extrovertido, vibrante, ágil, hospitalario y de risa fácil, De Gasperi era un introvertido típico. Había en sus ojos una mirada casi melancólica. Esta era una característica bastante común entre lo grandes líderes.

Un observador superficial hubiera apostado que Di Vittorio derrotaría a De Gasperi sin dificultad alguna en una campaña política, en virtud de que el primero podía proyectar una personalidad abierta con gran atractivo para la vivacidad del pueblo italiano, mientras que De Gasperi era incapaz de hacer algo semejante.

Sin embargo, el propio Nixon se asombró ante una cualidad que resultaba imposible de definir pero que todos reconocían en él: De Gasperi irradiaba una fuerza interior y, cuanto más baja era la voz con que hablaba, mayor peso adquiría sus palabras. Se notaba que era un hombre con una profunda fe en su pueblo, en su país y en la Iglesia Católica.

Los oradores brillantes triunfan con frecuencia en las campañas políticas, pero De Gasperi, hombre tranquilo y poco impresionante, no era un orador con carisma visible y sólo muy de vez en cuando mostraba su genio político, pues poseía la fuerza, la inteligencia y la personalidad característica de los grandes líderes. 

Su porte era modesto y esta seguro de sí mismo y de su talento. Todos sabían que estaba dispuesto al compromiso con sus adversarios políticos, pero también estaban seguros de que De Gasperi siempre se mantendría fiel a sus principios éticos, morales y políticos fundamentales. 

Aunque se decía que era “el menos notable hombre notable de nuestros tiempos”, Nixon afirma que fue el más grande de los líderes políticos elegidos popularmente con quienes contó Italia desde la caída de la República Romana hace dos mil años.

Un hombre de dos culturas


De Gasperi nació bajo el dominio austriaco y hablaba perfecto alemán. En 1938, De Gasperi, entonces primer ministro de Italia y Robert Schuman, primer ministro de Francia, se reunieron por primera vez para tratar el tema de la unidad europea, de la cual serían, años más tarde junto con Konrad Adenauer en Alemania, sus principales impulsores. 

Católicos al igual que Adenauer, ambos estadistas comenzaron su conversación en francés, pero De Gasperi ya no lo recordaba muy bien. Entonces intentaron platicar en italiano, pero Schuman comenzó a tener dificultades. 

Luego de unos instantes de reflexión, De Gasperi propuso con timidez: “¿Por qué no hablamos en nuestra lengua materna?” Y con un suspiro de alivio ambos comenzaron a hablar con impecable fluidez en alemán.

Al igual que Schuman, que nació en Luxemburgo y se educó en Alemania, De Gasperi creció entre dos culturas. Súbdito del emperador Francisco José de Austria, fue diputado del Reichstag austriaco por su provincia nativa en el bajo Tirol que pasó a formar parte de Italia por el Tratado de Versalles. 

Las opiniones internacionales que lo hicieron campeón de la unidad de Europa, así como de la democracia, nacieron en los días en que combatió a los Habsburgos, luego a la Casa de Saboya y finalmente a los fascistas de Mussolini.

Mística e identidad cristiana


A lo largo de su vida De Gasperi procuraba asistir diariamente a Misa. Paul Johnson recuerda la notable y poética carta en la que le propuso matrimonio a su futura esposa, Francesca Romani, en 1921:

“La personalidad de Cristo vivo me atrae, me subyuga y me conforta como si yo fuera un niño. Ven, deseo que me acompañes, que sientas la misma atracción, como si te asomaras a un abismo de luz”.

Incluso cuando era primer ministro, De Gasperi llevaba una vida sencilla y devota. Cuando accedió por vez primera al cargo, tuvo que pedir un adelanto de su sueldo para poder comprarse un traje nuevo. 

De Gasperi comenzaba su jornada de trabajo dando un paseo, acompañado de su secretario de prensa cargado con un bloc de notas y un montón de caramelos que regalaba a los niños que iba encontrando por las colinas de Roma. Trabajaba hasta las nueve y media de la noche y con frecuencia apagaba las últimas luces de las oficinas del gobierno.

Durante varios años a partir de su llegada al poder, De Gasperi vivió con su esposa Francesca y con sus cuatro hijas en el mismo departamento (amueblado a plazos) que ocupaban cuando él era un sencillo funcionario del Vaticano. 

En su dormitorio toda la decoración se reducía a un Crucifijo y un cuadro de la Virgen.

El poder que De Gasperi llegó a tener en sus manos le permitió brindar a su familia un mayor bienestar, pero no llegó a la opulencia, pues cuando Nixon visitó Italia después de la muerte de De Gasperi, fue a visitar a su viuda y la encontró viviendo en un modesto departamento ubicado a las afueras de Roma.

Comienzos de una vocación política


En la Universidad de Viena De Gasperi había admirado a Karl Lueger, el famoso alcalde de la ciudad, pues veía que Lueger había indicado los modos de aplicación a la vida social, económica y política de las encíclicas sociales de los Papas para el progreso y el mejoramiento del pueblo. 

Por consiguiente, su formación pasaba por la vertiente del catolicismo social alemán y sus primeros escritos fueron publicados en el “Reichpost”, periódico católico austriaco.

La pasión política de De Gasperi se remonta al año de 1891 cuando un grupo de socialistas de la cercana Trento se enfrenta en Civezzano con un grupo de católicos, aunque sin mayores consecuencias. 

Sin embargo, Amedeo De Gasperi, padre de Alcide y jefe de la gendarmería austriaca local, fue acusado por los socialistas de no haber sabido mantener el orden público, por lo que tuvo que recurrir a la Magistratura para defenderse.

En 1892 De Gasperi entra en el colegio Obispal de Trento y durante cinco años aprende a regular su vida de acuerdo con los cánones de la disciplina moral más severa.

El eco de los acontecimientos eclesiales también resuena dentro del colegio y Alcide lo siente más cercano cuando regresa a su pueblo. Son famosas las audaces iniciativas del Padre Guetti y de sus colaboradores a favor de los campesinos y de los pobres, mediante la creación de la cooperación. 

Asimismo, el entusiasmo que el Padre Celestino Endrici está suscitando en los jóvenes con la exposición del pensamiento social cristiano expuesto en la encíclica “Rerum Novarum” (1891), despierta en De Gasperi un vivo interés.

En 1898 en Cles y en 1899 en Pergine, De Gasperi, con 18 años de edad, se presenta con el conocimiento de las iniciativas promovidas activamente en la diócesis tridentina para sacar a la población del estado de indigencia y explotación, sobre todo de la usura, y comprende la necesidad de contar con jóvenes energías que se pusieran a disposición de una causa tan noble como la de interesarse por los pobres, con el fin de darles voz y esperanza.

En 1899, en Pergine, De Gasperi se adhiere a la Asociación Universitaria Católica Tridentina (AUCT).

Una vez concluidos los estudios de bachillerato,, De Gasperi se va a Viena con  gran entusiasmo y compromiso social, de lo cual se darán cuenta los trabajadores emigrantes de Viena y los del Volberg.

De Gasperi no se contagió del ambiente de nacionalismo étnico ni de la creencia de que los Estados basados sobre él podían convertirse en utopías. En su primer discurso, pronunciado en Trento en 1902, proclamó: “¡Sed primero católicos, después italianos!” y deploraba el “endiosamiento” de la nación. Su lema era: “¡Católico, italiano, demócrata!, en ese orden.

En 1905, recién licenciado, deja Viena y vuelve a Trento donde al gran Obispo Eugenio Valussi le ha sucedido un amigo: don Celestino Endrici, quien conoce bien a Alcide y a su entusiasmo, pasión política y tenaz temperamento, por lo cual le confía el diario diocesano “La Voce Cattolica”. 

Así comienza la misión del joven de Gasperi a la edad de 24 años. Una misión que no sólo constituiría una profesión sino una toda una “vocación”.

Experiencia y madurez


De Gasperi era el antípoda natural de Mussolini y tuvo un debate con éste en 1909 sobre “el socialismo en la historia”, en una cervecería de Merano. Mussolini subrayaba la necesidad de la violencia y De Gasperi la necesidad de fundar la acción política en un principio absoluto, o como diría Giulio Andreotti: lo definieron genio del compromiso, lo que en él quería decir intransigencia férrea en los principios y líneas estratégicas, pero gran paciencia y flexibilidad en la búsqueda de mayor consenso. 

De Gasperi siempre pensó que Mussolini era un extremista destructivo en términos de “el bolchevismo de negro”.

Militante de l’Unione política popolare, de inspiración católica, es elegido diputado de la Cámara Austriaca por el Colegio de Val di Fíeme, ubicándose constantemente en la oposición y pronunciando valientes discursos para defender la italianidad de su provincia. 

Paul Johnson señala que su “Partido Popolare Triestino fue bien recibido por Don Luigi Sturzo en el Partido Popular Católico, que quizás hubiera gobernado a Italia entre las dos guerras, de no haber sido por el putsch de Mussolini”. 

Después del regreso del Trentino (de donde Alcide era originario) a Italia, De Gasperi es llevado a la presidencia del Partido Popular Italiano por el primer congreso de Bolonia en 1919. En 1921 es elegido diputado y preside en la Cámara al grupo de los popolari.

Dando muestras de una gran valentía, De Gasperi combatió al gran Estado totalitario de corte fascista. En 1925, durante el último Congreso del Partido Popular Italiano, De Gasperi resaltó: 

“Los principios teóricos y prácticos del fascismo son la antítesis del concepto cristiano del Estado, que establece que los derechos naturales de la personalidad, la familia y la sociedad son anteriores al Estado”. El fascismo es “el antiguo Estado policial disfrazado, que pende sobre las instituciones cristianas como la espada de Damocles”.

De Gasperi fue obligado a comparecer ante un tribunal fascista en 1926 e insistió: “Lo que no puedo aceptar es el concepto mismo del Estado fascista. Pues existen derechos naturales que el Estado no puede pisotear”. 

Después de la disolución de los partidos políticos y del derrocamiento de los miembros de la oposición de sus cargos de elección en 1926, el dictador Mussolini lo envió a la cárcel de Regina Coeli y es condenado a cuatro años de prisión en 1927. 

A su esposa, Francesca Romani, la encarcelaron no muy lejos, en Mantellate, lugar en donde permanecería durante veinte largos días con prostitutas y delincuentes.

En 1928, desde la clínica Ciancarelli de Roma, donde continúa detenido, reflexiona sobre su vida comenzando por la experiencia de la prisión que Alcide describe a su mujer, de acuerdo con la información recogida por el Padre Tito Sartori, postulador de la causa de canonización de De Gasperi:

“En mi vida de soledad hay que distinguir dos periodos. En el primero fui eremita – y el yermo estaba dedicado a la Reina del Cielo -. Entonces , por la particular solicitud del Gobierno, gocé de una soledad tan completa y de un silencio tan profundo que me pude dedicar con todo mi ser a la vida interior y a un trabajo de instrospección. (...) 

Al principio, yo estaba en el centro y todo lo demás se hallaba en la circunferencia: Dios, la familia, los amigos. ¿Dios? ¿Por qué había dejado que me tratasen así? ¿Qué hará la familia sin mí? ¿Qué dirán de mí los amigos? 

Este era entonces el modo de ver las cosas, como se ven normalmente en la vida, desde el centro del propio yo, es decir, desde nuestro punto de vista personal. (...) Luego, lenta, fatigosamente, gimiendo y suspirando bajo la presión de la experiencia, el centro se movió: ahora en el centro estaba Dios y yo me hallaba en la periferia, con el resto del mundo; una partícula de polvo en un torbellino inexplorable. Entonces traté de explicarme los acontecimientos desde su punto de vista. (...) 

Con gran esfuerzo y algunos intermitentes extravíos, intenté ver y explicar las cosas desde dentro. La vida de aquí abajo... un breve trazo de una trayectoria larguísima que se pierde en un diseño eterno, que se prolonga más allá de todo horizonte y de toda experiencia”.

El 27 de julio de 1928, gracias a la mediación de Monseñor Endrici ante el rey, llega por fin la liberación, pero llena de fuertes deberes y con una vigilancia a veces asfixiante. Además, debe quedarse en Roma y no puede establecerse en Trento o en Borgo Valsugana, con su mujer y sus hijas. No tiene dinero para pagar el hotel y comienza el calvario de buscar empleo. 

Las traducciones del alemán no rinden suficiente salario y recuerda los días en que, a los veinte años de edad, hacía fila en el convento de los frailes para recibir un pedazo de pan y un plato de sopa.

Alcide tiene un amigo joven y valiente: Igino Giordani, quien se compromete a buscarle un puesto en la Biblioteca vaticana. 

La firma del Tratado de Letrán, en 1929, permitió que S.S. Pío XI rescatara de la custodia a De Gasperi y lo enviara a la Biblioteca del Vaticano, donde estuvo refugiado durante los siguientes catorce años. Así, un impasible señor de cuarenta y ocho años comienza desde el último puesto la carrera de bibliotecario con un salario mensual de mil liras para él y su familia.

Alcide medita todos los días con la lectura de “La Imitación de Cristo” de Tomás de Kempis y dirige a Dios su agradecimiento pleno. Cuando comienza a preparar la exposición mundial de las revista católicas en 1934, su familia está integrada por Francesca, su esposa y por sus hijas María Romana, Lucía (quien posteriormente vestiría el hábito de las Hermanas de la Asunción), Cecilia y Paola. 

De Gasperi coopera libremente en la Ilustrazione Vaticana y consigue, usando un seudónimo, publicar un libro sobre la encíclica Rerum Novarum.

Democracia Cristiana

 

En 1942, De Gasperi comienza a tomar parte en reuniones clandestinas antifascistas, preparando el documento conocido como Ideas Reconstructoras de la Democracia Cristiana, que sería como el acta de nacimiento del nuevo partido católico.


La retirada de la estepa Rusa en 1942 y el desembarco en Sicilia de julio de 1943 terminan con la caída de Mussolini el 25 de julio de este año. El 8 de septiembre de 1943 se proclama el Armisticio y al día siguiente los partidos democráticos constituyen el Comité de Liberación Nacional (CLN), pero en Roma los miembros de la cúpula deben esconderse. 

Durante la dictadura, De Gasperi se había dedicado a reconstituir el Partido Católico Popular que desde la liberación tomará nuevamente su antiguo nombre de Democracia Cristiana. Secretario general de esta formación, De Gasperi figura entre los miembros del CLN surgido de los diversos grupos de resistencia.

“Cuando el fascismo se derrumbó, De Gasperi – afirma Paul Jonson - era la única figura importante que no estaba manchada y que podía ofrecer al pueblo italiano una alternativa que no fuera otra forma de estatismo”. 

En 1944, a sus sesenta y cuatro años de edad, Alcide fue llamado a vivir la tercera y más sorprendente fase de su intensísima vida: reconstruir un país destruido para garantizar la libertad a millones de ciudadanos que lo invocaban desde lo más hondo de sus corazones, después de tantas lágrimas y de tanta sangre.

Mussolini había sometido a los italianos a un régimen retórico y duro, por lo que De Gasperi sentía que los italianos preferían en aquel momento que Il Professore les diera conferencias – afirma Nixon – a seguir soportando las exhortaciones que habían sufrido durante veintitrés años con Il Duce. 

Cuando hablaba en público, De Gasperi se perdía a menudo por las ramas y pronunciaba los discursos como si estuviera aturdido y en lugar de amplios ademanes del brazo, hacía gestos de corto alcance, casi agarrotados; en lugar de matáforas floridas, llenaba sus discursos de razonamientos meticulosos e impecables. 

A veces hacía una pausa para buscar entre sus papeles el dato exacto para confirmar sus palabras. Si, tras unos momentos, no lo encontraba, suspiraba y murmuraba: No importa, sigamos. Sin embargo, De Gasperi compensaba sus limitaciones como orador con su brillantez en el manejo democrático de los votos.

El gobierno de la Italia de posguerra fue un auténtico ejercicio de perseverancia. A diferencia de Alemania Occidental y de Japón, Italia quedó abandonada a sus propios recursos casi inmediatamente. 

No obstante, a pesar de los gravísimos problemas económicos y de las tácticas salvajes empleadas por los comunistas, el astuto y decente De Gasperi fue capaz de mantenerse en el poder desde 1945 hasta 1953, periodo durante el cual formó ocho gabinetes sucesivos basados en coaliciones dominadas por el Partido Demócrata Cristiano.

Cuando De Gasperi se convirtió en primer ministro en 1945, la producción agrícola e industrial se encontraba en niveles peligrosamente bajos y había un tremendo desempleo. Las reservas de alimentos llegaron a ser suficientes sólo para dos semanas. Sin embardo, al término de sus seis años de liderazgo, el sector agrícola se había recuperado y la producción industrial era más elevada que antes de la guerra. 

En efecto, mejoró la legislación social y para granjearse el apoyo de la clase media de pequeños propietarios, opera una reforma agraria que a partir de 1950 expropia más de 600 mil hectáreas en beneficio de campesinos sin tierra. También logró estrechar lazos con los Estados Unidos y con los otros países de Europa Occidental.

Al igual que Adenauer, De Gasperi creía que la única forma de proteger la libertad de sus respectivos pueblos consistía en la creación de una Europa unida capaz de resistir a la amenaza del comunismo de Europa oriental. 

También pensaban que una Europa unida podría reducir la amenaza interior a la paz europea derivada del nacionalismo y de la xenofobia. De Gasperi se reunió en múltiples ocasiones con Robert Schuman y Konrad Adenauer, como él demócratas cristianos de formación germánica, para dar el impulso definitivo a las primeras etapas del proceso de integración europeo. 

Junto con Charles de Gaulle, estos titanes europeos constituyen la maduración del activismo católico en la política.

Durante “la era De Gasperi” (1945-1953) Italia alcanzó prestigio político como miembro centrista de la sociedad europea (tanto para Adenauer como para De Gasperi, la política cristiana era centrista por naturaleza), aceptó el Plan Marshall, ingresó en la OTAN, se incorporó al Consejo de Europa y a la Comunidad Europea del Carbón y el Acero y promovió su propio “milagro económico”. 

El éxito de De Gasperi contribuiría a allanar el camino de Konrad Adenauer en Alemania. De Gasperi fue para la Italia contemporánea el presidente de la reconstrucción.

En 1945 De Gasperi tenía sesenta y cinco años de edad y Adenauer sesenta y nueve. Ambos provenían de las regiones de fronteras, hombres que reverenciaban a la familia como unidad social y estaban convencidos de que la característica más importante de la sociedad organizada debía ser el imperio del derecho, que a su vez debía reflejar el Derecho Natural, es decir, el predominio de valores absolutos.

De Gasperi sentía que su obligación mayor era la de construir un país moralmente renovado. 

Desde sus años juveniles, bajo el imperio austriaco, estaba convencido de que la democracia nacía del sentimiento de fraternidad, la cual tenía su fuente más importante en el Cristianismo. A su hija Romana le decía que “el sistema democrático necesita hombres de fe y de integridad moral”.

El 20 de noviembre de 1948, De Gasperi pronunció estas palabras en Bruselas:

“Si – como escribía Bergson – la razón de ser de la democracia es la fraternidad, hemos de admitir como hacía él que ‘la democracia es por esencia evangélica’. Podemos, pues, estar seguros de que en un régimen democrático libremente realizado, el fermento evangélico fecundará la democracia y renovará la civilización. 

Por consiguiente es nuestro deber ofrecer a la democracia la contribución de nuestra filosofía, de nuestra moral y de nuestra tradición”.

De Gasperi estaba convencido de que se debería dar la primacía a la conciencia moral, entendida como lealtad al patrimonio de valores que el Cristianismo había transmitido de generación en generación. 

Por este motivo quiso que fuera claramente escrito en el programa de la Democracia Cristiana, redactado mientras todavía se escuchaban los estruendos de las armas de la Segunda Guerra Mundial:

“Las reformas políticas, sociales y económicas, las garantías constitucionales, los controles administrativos, e incluso las mismas sanciones penales son ineficaces si no está viva y obra la conciencia moral. 

El carabinero, el policía, el revisor, el juez no son suficientes para frenar y acabar con la corrupción. Es necesario que controladores y controlados, custodios y custodiados, gobierno y gobernados se sientan responsables ante el supremo Creador y Moderador de todas las cosas.

“Los conflictos sociales no se pueden arreglar sin el sentimiento de fraternidad que es fermento de la civilización cristiana; los pactos internacionales son papel mojado si no tienen la salvaguardia de la conciencia moral. 

La libertad política de un pueblo sucumbe sin los frenos de una vida moral, porque si estos frenos no entran en acción, el gobierno estará obligado a una constricción excesiva e incluso a una dictadura férrea y sangrienta para llevar a cabo sus reformas”.

Un año crucial para Italia, para Europa y para el mundo lo fue 1948. El partido comunista italiano era el más numeroso y más rico de todo el mundo fuera del bloque soviético y los analistas predecían una victoria de los comunistas en las elecciones.

En México, la revista “La Nación” daba cuenta en ese importante año de lo ocurrido en Italia: Todo el domingo 18 y la mitad del lunes 19 de abril votaron los italianos. 

Desde los primeros recuentos se empezó a ver que el Frente Popular formado por los comunistas había sido derrotado en toda la línea y que no sólo no había logrado la mayoría necesaria para llegar al poder sino que ni siquiera había obtenido una mayoría suficientemente numerosa para exigir una participación en el gobierno. En cambio, la victoria de los demócrata cristianos era aplastante.

En estas cruciales elecciones el pueblo italiano dio al Partido Demócrata Cristiano, y por lo tanto a su coalición anticomunista, una abrumadora victoria de doce millones de votos que llevaron a De Gasperi a formar un gobierno demócrata cristiano con mayoría absoluta en el Congreso.

El victorioso Premier Alcide De Gasperi habló ante 30,000 personas congregadas frente a las oficinas del Partido Demócrata Cristiano:

“Acabamos de dar el ejemplo de un gran pueblo libre y nuestra victoria ha sido la de la dignidad de todo un pueblo... Esta manifestación triunfal no debe ser homenaje para un solo hombre sino para la causa por la cual hemos luchado y la que queremos seguir defendiendo. 

Las fuerzas del orden estuvieron al servicio del pueblo. Este es el camino que hemos seguido hasta ahora y el que pensamos seguir: libertad para todos los partidos, para todas las reuniones, para todos los organismos sindicales.

“En materia de política exterior buscaremos siempre la colaboración económica de Italia con los pueblos más fuertes y la solidaridad con todas las naciones democráticas. No somos reaccionarios porque no miramos hacia atrás sino hacia delante; queremos reformas sociales y las realizaremos. 

Los obreros italianos nada tienen que temer por nuestra victoria, pues no somos reaccionarios y por el contrario el Partido y sus hombres se proponen lograr reformas en gran escala, inclusive la reforma agraria, y garantizar el orden y la disciplina necesarios para la rehabilitación de la nación”.

Luego, a los jefes de los grupos juveniles obreros del Partido Demócrata Cristiano, les dijo De Gasperi:

“Todos vosotros luchasteis e hicisteis frente a las mayores dificultades y riesgos. Vuestro espíritu y vuestros sacrificios pueden compararse a los de los primeros cristianos”.

S.S. Pío XII y la Acción Católica


Un factor clave de las elecciones fue la decisión de S.S. Pío XII de movilizar a los voluntarios de la Acción Católica de las 24,000 parroquias de toda Italia en apoyo de De Gasperi y del anticomunismo. Nixon recuerda que se entrevistó con el Papa y comprobó que, al igual que De Gasperi, combinaba una intensa compasión humana con una comprensión realista de los asuntos de la política secular. 

En sus conversaciones, Nixon comprendió que el Romano Pontífice consideraba al comunismo como una amenaza para la Iglesia y para la libertad política italiana.

A medida que se acercaban las elecciones – reportaba en México la revista “La Nación” – cada día se hacía más evidente que la fuerza que podía decidirlas no era el Partido Demócrata Cristiano de Alcide De Gasperi sino la Acción Católica, cuyos miembros recorrieron casa por casa y pueblo por pueblo urgiendo a la población a que votara por los demócrata cristianos o por otros partidos anticomunistas, pero sin apoyar a los neofascistas.

En México, el régimen del PRI-gobierno prohibió la transmisión por radio de cualquier ceremonia religiosa durante la Semana Santa y se impidió la retransmisión del discurso de S.S. Pío XII glosado por la revista “La Nación”:

“En este año de zozobra y peligros, en este momento, heraldo de acontecimientos mundiales, tal vez definitivos o irreparables, sobre esta multitud de la Roma creyente, ciérnese una gran sombra de singular gravedad, un sagrado sentido de expectación. 

El que no está ciego ve; el que no es espiritualmente insensible siente; Roma, madre, maestra, heraldo de la civilización y de los valores eternos de la vida... se encuentra ahora frente, o más bien dentro de un cambio de los tiempos que exigen de la cabeza y miembros de la Cristiandad vigilancia suprema, preparación incansable y actividad incondicional. 

Ha sonado la gran hora de la conciencia cristiana... Vosotros sabéis lo que esa encrucijada significa y entraña para Roma, para Italia, para el mundo”.

A estas grandes acciones también se unieron las predicaciones radiofónicas del Padre jesuita Ricardo Lombardi, conocido popularmente como “el micrófono de Dios, lo cual nos da una mejor imagen de aquel intenso ambiente electoral.

Oscar Luigi Scalfaro, presidente de la República Italiana de 1992 a 1999, quien era un joven magistrado y presidía la Acción Católica en 1946, agradece a la Divina Providencia por haber puesto en su camino a dos grandísimas figuras: S.S. Pío XII y Alcide de Gasperi. Del Papa Pacelli ha dicho que tenía una inteligencia y una caridad extraordinarias, un hombre amable y extraordinario. 

Sobre De Gasperi afirma que es uno de los padres de la Constitución italiana y del proceso de integración europeo, forma parte de su vida y le reza todos los días. Trabajó por el bienestar de la gente, sobre todo de la gente pobre y en servicio de la paz. 

Fue un pensador y n estratega político de altísima estatura, reconocido por Italia, por Europa y por el mundo. De Gasperi dijo en una ocasión a los parlamentarios de la Asamblea Constituyente que tuvo lugar tras la Segunda Guerra Mundial que “Es necesario que vuestra vida personal también sea coherente con los principios que afirmáis en la vida pública”.

No sólo de pan vive el hombre


De Gasperi comprendía el hambre que sufría su pueblo y los comunistas apenas les hablaban de otra cosa. Sin embargo, la gente del pueblo estaba acostumbrada a cantar, por lo cual, consciente de que no sólo había necesidad de alimentos, De Gasperi aprovechó una parte del presupuesto para restaurar el símbolo de la tradición cultural italiana: La Scala de Milán. 

No solamente hacía falta sustento para los cuerpos, sino también para los espíritus de los italianos.

Un hombre de Dios


El 17 de agosto de 1954 en su casa a la sombra de los Alpes Dolomitas, el anciano estadista llamó por teléfono al primer ministro Mario Scelba que iba a Bruselas a la conferencia de la Comunidad de la Defensa de Europa (CDE). De Gasperi, quien había sido primer ministro de Italia durante siete decisivos años después de la guerra, le imploró con lágrimas que se mantuviera firme en su defensa del Tratado. Al día siguiente cayó en cama presa de preocupación y aprensión. 

El jueves, pocas horas antes de la conferencia de la CDE el gran estadista católico murió a los 73 años de edad. Su muerte provocó sincero duelo en el pueblo italiano y en todo el mundo católico.

En sus últimos días – relata el Padre Tito Sartori -, la enfermedad de De Gasperi empeoraba y se quedaba en la cama mucho tiempo. En su prado había mandado poner, muchos años antes, un gran Crucifijo de madera de unos dos metros. 

Durante esos días pidió que le colocaran la cama de manera que pudiera verlo desde la ventana. Y aquella noche del 19 de agosto de 1954, después de repetir el dulce nombre de Jesús, se “encontró en un abismo de luz “. Como bien lo afirmó Santo Tomás de Aquino: “moriremos contemplando la Cruz de Cristo”.

Algunos pensamientos


La revista “La Nación” publicó una selección de pensamientos y expresiones de De Gasperi:

Sobre Europa unida: “Es necesario despertar y nutrir la idea de una Europa unida. Debemos tomar la ofensiva en la propaganda”.

Acerca de la democracia: “Estoy segurísimo de que si el Partido Demócrata Cristiano se desmoronara, la democracia caería por tierra en Italia e Italia estaría en peligro”.

A los comunistas: “Sigan silbándome. Las broncas son una demostración de democracia”.

Respecto a su catolicismo: “Yo no oculto en el misterio mi devoción a la Iglesia. Si triunfo será la idea la que habrá triunfado. Si caigo se deberá a mi propia incapacidad”.

La Fundación “Alcide De Gasperi”


El 13 de febrero de 1999, S.S. Juan Pablo II dirigió un mensaje a los miembros de esta importante fundación, en el cual, entre otras cuestiones les dijo:

Desde hace más de un cuarto de siglo, vuestra fundación, inspirándose en el pensamiento y en la obra del gran estadista italiano Alcide De Gasperi, se esfuerza por promover la paz y la cooperación entre los pueblos, con el estudio de los problemas de la sociedad internacional y colaborando con instituciones análogas presentes en Europa y en el mundo. 

En vuestras meritorias iniciativas habéis elegido como punto de referencia fundamental los perennes valores de la fe cristiana, esmerándoos por conjugarlos con la clara conciencia de que el camino de la paz pasa por un fuerte y constante compromiso cultural, realizado en unión con cuantos comparten vuestros nobles objetivos...

En el reciente Mensaje para la Jornada de la Paz, recordé que «ningún derecho humano está seguro si no nos comprometemos a tutelarlos todos. (...) Es indispensable, por tanto, un planteamiento global del tema de los derechos humanos y un compromiso serio en su defensa. 

Sólo cuando una cultura de los derechos humanos, respetuosa con las diversas tradiciones, se convierte en parte integrante del patrimonio moral de la humanidad, se puede mirar con serenidad y confianza al futuro. (...) 

El respeto integral de los derechos humanos es el camino más seguro para estrechar relaciones sólidas entre los Estados. La cultura de los derechos humanos no puede ser sino cultura de paz» (n. 12: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 18 de diciembre de 1998, p. 7).

Bibliografía

Enciclopedia Universalis, Enciclopedia Universalis France, Editeur a Paris, 1975. Artículos consultados:
Volume 18, (Thesarus Index), Alcide De Gasperi
Volume 5, Démocratie Chrétienne
Volume 9, Italie
Volume 6, Europe, Histoire de I’idée europénne
Volume 1, Konrad Adenauer
Volume 20, (Thesarus Index), Robert Schuman

Gianni Valente, El arte de la mediación, Entrevista al senador italiano Giulio Andreotti, en revista 30 Días, año VII, No. 70/71, Madrid 1993, pp. 50-54

Giulio Andreotti, Dossier 1948, una transición memorable, en revista 30 Días, año XVI, No. 3, Madrid 1998, pp. 4-7

Gumersindo Galván Jr.  Vaticano, Italia, en revista La Nación, al servicio de México, año VII, No. 338, 3 de abril, México 1948, pp. 14-16

- Italia, en revista La Nación, al servicio de México, año VII, No. 341, 24 de abril, México 1948, pp. 14-15

- Italia, en revista La Nación, al servicio de México, año VII, No. 342, 1 de mayo, México 1948, pp. 14-15

- Muere el gran estadista católico italiano Alcide De Gasperi, en revista La Nación, al servicio de México, año XIII, vol. XXVI, No. 672, 29 de agosto, México 1954, pp. 14-15

Paul Johnson, Tiempos modernos, La historia del siglo XX desde 1917 hasta la década de los 80, Javier Vergara Editor, Buenos Aires 1992

Richard M. Nixon, Líderes, Perfiles y recuerdos de los hombres que han forjado el mundo moderno, Planeta, Barcelona 1983

The New Encyclopaedia Britannica, Encyclopaedia Britannica, Chicago 1995
Volumen 5, Alcide De Gasperi

Tito Sartori, Historia de un político católico, El postulador de la causa de canonización rememora la vida del estadista fallecido hace 40 años: su fe, los años de la guerra, la Reconstrucción, su muerte en olor de santidad, en revista 30 Días, año VIII, No. 84, Madrid 1994, pp. 50-56

www.elvaticano.com (sección de discursos de S.S. Juan Pablo II)

www.ewtn.com (sección en español de noticias católicas)